Jueves, 20 Diciembre 2018 00:00

Misterio insondable

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Si acaso faltaba una prueba cabal de por qué el partido disputado en el estadio Santiago Bernabeu, de la ciudad de Madrid, no era conveniente jugarlo en el Monumental de Núñez, los episodios ocurridos alrededor del obelisco porteño entre las últimas horas de la tarde y las primeras de la noche del domingo despejaron cualquier duda.

 

En la capital española el equipo dirigido por Marcelo Gallardo superó de manera contundente al de Boca sin que hubiera que lamentar ningún incidente. Ni antes del encuentro -en la Puerta del Sol- ni inmediatamente después de finalizado hubieron corridas, choques con la policía, vidrieras rotas o negocios saqueados. Los argentinos que viajaron a la Madre Patria se portaron como señoritos. En cambio, aquí pasó lo que es costumbre.

Cuando en la ciudad de Buenos Aires las cosas se calmaron, el espectáculo que se vio por televisión en el mundo entero resultó poco menos que dantesco. Cuanto se apreciaba era tierra arrasada por los vándalos, conscientes de que 24 horas más tarde, quienes cayeran presos, serían liberados de inmediato y que -más allá de los discursos de compromiso de las autoridades, la clase política y buena parte del periodismo- todo seguiría igual. Dicho y hecho.

Por supuesto que la inevitable vuelta a la normalidad hará olvidar tamañas muestras de salvajismo. La pregunta que deberíamos formularnos es qué piensan los mercados y los capitales que buscan dónde invertir cuando perciben estas muestras de barbarie, repetidas hasta el cansancio entre nosotros. Alguien podría argumentar que, después de todo, resulta imposible trazar una comparación entre los desbordes de los barras bravas de River Plate y el alzamiento civil -o poco menos- de los chalecos amarrillos en Francia. Cierto, los bárbaros de estas tierras parecen monaguillos al lado de los galos. Pero Francia es la segunda economía de Europa y no requiere los auxilios financieros que un país, subdesarrollado como el nuestro, necesita como el aire que respira. Pequeña diferencia.

La reunión del Grupo de los 20 tuvo lugar una vez y nunca más se realizará en la capital del Plata. Los hechos de violencia, en cambio, que exceden con crecer lo específicamente futbolístico, se repiten desde hace décadas, sin que ningún gobierno haya acertado con el remedio apropiado para ponerles fin. Es como si tuviéramos dos caras diferentes. En Estados Unidos manejamos sin violar ninguna regla de tránsito. De puertas para adentro de nuestro país conducimos como locos. En el Bernabeu parecíamos suizos. En la 9 de julio, animales sueltos.

Quienes defienden a la administración de Cambiemos -al cabo de los primeros tres años de su mandato- y tratan de encontrarle una explicación seria a su notable falta de resultados, coinciden en lo difícil que es gobernar una sociedad como la nuestra. El presidente hace lo que puede, dicen; y, en cierta medida, llevan razón. Sólo que delante de los desafíos que deberá enfrentar en el curso de 2019, reconocerle su voluntad -aunque fuese de hierro- no basta. El fenómeno de la violencia cotidiana, de la cual la mayoría de la sociedad está harta, no puede combatirse con discursos, protocolos o resoluciones que, en teoría, le dan mayor margen de acción a las fuerzas de seguridad, pero, en la práctica, naufragan ante la primera prueba de fuego. La comedia de enredos que, en los últimos días, protagonizaran algunas de las principales figuras de la alianza gobernante merecen por eso repasarse.

Macri poco o nada tiene en común con Jair Bolsonaro. Se espantaría si se lo comparase con el brasileño en punto a la tolerancia cero respecto del delito. No obstante, lo cual -como hizo en otras oportunidades- reaccionó en consonancia con el clamor de la gente. Lo que no hubiera aceptado antes, ahora lo avaló. Patricia Bullrich fue la encargada de generar un cambio en el protocolo policial que levantó críticas del arco opositor -algo enteramente lógico- y en sus propias filas. Cosa inaudita, si antes de anunciarlo el

Poder Ejecutivo -cual correspondía- hubiese puesto en autos del asunto al radicalismo, a Elisa Carrió, a la gobernadora de Buenos Aires y a Horacio Rodríguez Larreta. Sin un acuerdo previo entre todos estos actores, lanzar la propuesta suponía un error.

Patricia Bullrich tiene agallas, sabe lo que quiere y no se calla la boca a la hora de explicar las razones que la llevaron a fijar unas mínimas reglas de juego novedosas para la policía. Sólo que lo suyo no alcanza si -por las razones que fuere- María Eugenia Vidal esquiva la iniciativa. En cuanto a Lilita, se despachó con un disparate: olfateó fascismo en el protocolo.

En resumen, una decisión que apenas modificaba la forma en que deben actuar las fuerzas de seguridad -y que, por lo tanto, no era nada del otro mundo- se convirtió en un problema dentro de Cambiemos. Una vez más quedó al descubierto que la jefa de Coalición Cívica despotrica sin que Macri se anime a llamarle al orden. Por lo que hace a María Eugenia Vidal, cuesta trabajo imaginar que no fuera consultada. Y si lo fue y confesó no estar de acuerdo, ¿por qué el presidente y Bullrich aceptaron meterse en tamaño berenjenal? Misterio insondable.

Vicente Massot

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