Miércoles, 02 Enero 2019 00:00

¿Cómo es posible?

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Que los argentinos estamos en problemas desde hace años no es una novedad. Más bien habría que agregar que no hemos descuidado un instante en crearlos cuando no los había a la vista.

 

Nuestro “estilo” de vivir siempre en un escenario plagado de incertidumbre, ha repercutido en todos los ámbitos del quehacer nacional: la política, la economía, la elección de aquellos en quienes depositamos nuestra fe pública, ignorando la realidad sistemáticamente con la pretensión de amoldarla a nuestros deseos personalísimos.

Detengámonos un instante en la historia política reciente.

El kirchnerismo se batió en retirada –masticando “bronca” por lo bajo-, luego de perder las elecciones de 2015 con Cambiemos, y los que vinieron supuestamente a “redimirnos” cayeron al poco tiempo en los consabidos: “ahora sí se arreglará todo”, “esto es muy fácil de solucionar”, “estábamos ahogados por la corrupción”, pero “ha aparecido una nueva luz en el túnel” y “es el tiempo de establecer políticas de Estado”.

Al poco tiempo –no mucho más de un año o año y medio-, se vio que los residuos del barro K se iban quedando pegados en la suela de nuestros zapatos y no podíamos sacarlo de ellos ni raspando la misma con un cuchillo afilado.

El nuevo gobierno comenzó a darse cuenta de que una parte del pantano también lo alcanzaba y que, de una manera u otra, las cosas no iban a ser ni tan fáciles, ni tan placenteras.

¿Qué hizo su plana mayor?

Para ser justos, un puñado de cosas efectivas. Entre otras: puso en marcha nuevas obras de infraestructura EN FORMA TRANSPARENTE; reordenó la deuda externa contando con la buena voluntad de acreedores hartos de nuestros incumplimientos proverbiales; proclamó su objetivo de reducir la pobreza y habló de ella (algo prohibido durante el kirchnerismo para no “estigmatizarla” como decía Kicillof); introdujo en la formalidad a quienes tenían algún dinerillo fuera de la vista de la AFIP; corrigió algunos impuestos distorsivos en materia aduanera desguazando algunos de sus nichos de corrupción; normalizó las estadísticas del INDEC; comenzó a “limpiar” el descalabro producido por La Cámpora en el PAMI; transparentó las tarifas de servicios públicos (aunque doliese) y proclamó

su firme convicción de “amigarnos” con el mundo.

Sin embargo, olvidó quizá lo principal: hacer un balance público exhaustivo de lo que encontró en el “trasfondo” de la administración saliente –una suerte de “juicio de residencia”-, para que advirtiésemos que lo mejor NO HABÍA COMENZADO EN REALIDAD NI POR PIENSO.

En efecto, no aclaró con suficiente énfasis que estábamos frente a lo que serían los efectos residuales de una tormenta devastadora que había dejado bolsillos vacíos, delincuentes traficando droga con armas en la mano enquistados en las barriadas populares y corporaciones de tercer grado con muy pocas ganas de ceder parte del botín que habían disfrutado.

Cometió además dos errores garrafales: 1) el 28 de diciembre de 2017, el Jefe de Gabinete Peña dio una conferencia de prensa ladeado por el Presidente del Banco Central y el Ministro de Economía, y sin dejarlos decir “agua va” habló de “metas de inflación” (que jamás pudieron ser cumplidas y nunca deberían haber sido anunciadas con pompa y circunstancia), en términos más propios de un diletante; 2) el gobierno decidió aplicar el año que termina un “impuesto a la renta financiera”, a instancias del massismo, lo que fue celebrado públicamente por algunos funcionarios populistas (¿nuevamente Peña?), con el pretexto de que había que reducir el ingreso de los “capitales golondrina”, haciéndolo en el peor momento y cuando NO HABÍAMOS ALCANZADO NINGÚN PUNTO DE EQUILIBRIO FINANCIERO.

Fue así que la magia “del arribo” se fue evaporando, y causó la sensación (aún subsiste), que en algunas cuestiones macroeconómicas “tocaba la guitarra”, derrumbando el capital de confianza popular que se había dispensado al “mejor equipo de los últimos cincuenta años” (Macri dixit).

Gracias a los errores y vacilaciones inexplicables de Cambiemos, la anacrónica oposición peronista vuelve a prometernos hoy -¡una vez más!-, un escenario de bienaventuranzas que desarrollarían en caso de acceder nuevamente al poder, mientras el gobierno se ve forzado a decirnos que el viento de frente fue más fuerte de lo intuido y el pantano a vadear es muy pegajoso; agregando, además, que el mundo ha entrado en un escenario de gran imprevisibilidad (chocolate por la noticia).

Comenzó así la clásica “siembra” de los rumores históricos acerca de quién tenía verdaderamente la culpa, sin que nadie explicase bien cuál era la esencia de un escenario plagado de silencios y complicidades, lo que propició el retorno de los tradicionales títulos catástrofe a los medios audiovisuales.

Uno de ellos es la eventual presentación a elecciones de la multiprocesada e ineficiente Cristina Fernández, lo que, lógicamente, espanta a toda la gente sensata y demora cualquier expectativa favorable de cara al futuro inmediato.

Porque esta eventualidad –aunque no sea más que una cortina de humo-, permite presumir que un nuevo gobierno de la “abogada exitosa” nos sumiría en un caos político terminal, ya que desembarcaría en el poder rodeada de lo peor que ha producido el peronismo desde su fundación en los 50.

En nuestra opinión, no creemos que nos pueda pasar nada más terrible que no sepamos ya. Estamos muy pobres (como lo indican desde hace años las cuentas del debe y el haber, aunque no hayamos querido reconocerlo), tendremos que pagar las fiestas sucesivas y el champagne puesto en la nevera no alcanzará para todos.

Solo sería necesario perdonar el exceso de optimismo del gobierno del comienzo y despertar de nuestros sueños recurrentes de grandeza: SOMOS UN PAÍS EMINENTEMENTE SUBDESARROLLADO.

Aunque Cambiemos haya olvidado que “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”, tuvo sin duda alguna el coraje (¿y la inconciencia?) necesario para agarrar la sartén por el mango y sus funcionarios se aplicaron a “salvar”, como pudieron, una tortilla muy mal revuelta por exceso de huevos en mal estado por parte del kirchnerismo.

“Los tiempos de plenitud”, sostenía Ortega y Gasset, “se sienten siempre como resultado de otras muchas edades preparatorias, sobre las cuales va montada esa hora bien granada. Vistos desde su altura, aquellos períodos preparatorios aparecen como si en ellos se hubiese vivido de puro afán e ilusión no lograda; tiempos de solo deseo insatisfecho, de ardientes precursores, de TODAVÍA NO, de contraste penoso entre una aspiración clara y la realidad que no le corresponde. Pero por fin llega un día en que ese viejo deseo, a veces milenario, parece cumplirse y la realidad lo recoge y obedece. ¡Hemos llegado a la altura deseada, a la cima del tiempo! AL TODAVÍA NO, LE HA SUCEDIDO EL ¡POR FIN!”

Creemos que frente al discurso de los integrantes de la “Alternativa Federal” (eufemismo político de un peronismo irredento) de Urtubey, Massa, Schiaretti, Alperovich, Manzur, Rodríguez Saá, Alberto Fernández, Felipe Solá, Miguel Pichetto y compañía, que tienen el “tupé” de decirnos - como si vinieran de Marte-, que ellos son “una salida al fracaso del presente y del pasado” (sic), o el fanatismo del séquito “real” de la arquitecta egipcia, no habrá más remedio que seguir apostando a Cambiemos en 2019, esperando que, eventualmente, corrija sus errores y se constituya en esa “edad preparatoria” que señalar el filósofo madrileño.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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