Domingo, 06 Enero 2019 00:00

La hegemonía que prepara el Instituto Patria

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Perón y Kirchner despreciaban parejamente las ocurrencias de los intelectuales, aunque luego en los días aciagos -el exilio, la derrota electoral- condescendieron a sus alquimias narrativas para convertir a victimarios en víctimas, a venales en honestos, a ineptos en eficaces y a fracasos sonados en éxitos de epopeya.

 

La Pasionaria del Calafate, en cambio, se tomó casi siempre en serio a los pensadores del palo, y se mantuvo fiel a sus ensoñaciones. Ha recibido, últimamente, los consejos jacobinos de la filósofa belga Chantal Mouffe, pero sin perder por un segundo la contraria voluntad de irradiar hacia afuera una imagen pasteurizada de sí misma, acorde con la idea de que regresa dialoguista, autocrítica y amplia; sin sectarismos ni corrupciones y sin ánimo de violentar las reglas democráticas ni "limpiar" a los disidentes.

Mordiendo ese anzuelo pueril, desfilan como sonámbulos por su elegante búnker peronistas arrepentidos, militantes clericales, empresarios sin escrúpulos y progres de diversa neurosis que la combatían hasta hace cinco minutos por negligente, por autoritaria y por comandar una asociación ilícita.

Algunos emergen de esas aguas bautismales con la cara plácida y dispuestos a misionar la buena nueva: Cristina ya no muerde. Conviene, sin embargo, desmenuzar el verdadero proyecto fáctico e ideológico que la doctora esconde y premedita en las salas más herméticas del Instituto Patria, o al menos el marco conceptual que el gran traductor de Laclau susurra en sus oídos. Me refiero al politólogo Edgardo Mocca, articulista interesante, autor del reciente ensayo "El antagonismo argentino", ex marxista-leninista, enemigo de la socialdemocracia y nacionalpopulista ilustrado, algo que se echa de menos en ciertos kirchneristas de renombre, más afectos al panfleto que a los libros.

De Mocca ha dicho la propia Chantal: "Es uno de los mejores analistas de la política argentina". Se sabe que este ortodoxo del cristinismo, muy cercano a la gran dama, coincide con Carlos Zannini y con quienes labran el verdadero disco rígido para un eventual retorno al poder. Que, por supuesto incluye la eliminación de los "medios hegemónicos", una colonización a fondo de la Justicia y una reforma constitucional: hay que librar a nuestra Carta Magna de las rémoras liberales.

A Mocca el kirchnerismo lo obligó a releer en profundidad la historia vernácula, y a reconocer que sigue sobreviviendo aquella vieja división sarmientina aunque aggiornada a nuestros tiempos y enriquecida por corrientes y experiencias modernas. Dos proyectos heterogéneos en pugna, que más allá de chicanas folclóricas representan dos enfoques genuinos, diferentes y tal vez complementarios, aunque Cristina rechaza por supuesto esta última posibilidad.

No puede concebir un nuevo bipartidismo, a la manera de la Transición, donde las dos Españas cedieron los extremos para acordar un sistema común, base real de su impresionante prosperidad. Mocca lo dice con todas las letras: "La solución no es un consenso racional basado en la mutua comprensión. El antagonismo desemboca en la hegemonía. Es decir, en una situación tal en la que una de las partes logra constituirse en la expresión del conjunto". Cuando un periodista de Página/12 le pregunta, con toda lógica, si este desenlace hegemónico puede dar lugar en algún momento "a la eliminación del otro", Mocca rechaza la violencia física, porque como setentista la sufrió en carne propia; olvida que su generación también la infligió y de la manera más cruel.

A continuación, sin embargo, hace un parangón inquietante: la concepción del liberalismo debe ser "derrotada definitivamente, así como Estados Unidos resolvió en la segunda mitad del siglo XIX la hegemonía de la burguesía del norte frente al esclavismo del sur. Ojalá nuestro modo no pase por una guerra civil destructiva, ni por ninguna otra forma de violencia generalizada". Si el listón se pone tan alto, si aunque para rechazarla, esa comparación es con una conflagración sangrienta, todas las medidas hostiles que luego se apliquen desde el gobierno con el objeto de crear un nuevo régimen resultarán suaves y lícitas para la militancia. La revolución es así.

La argumentación viene además con una trampa: así como para Bolsonaro todo lo que no sea propio es ridículamente "comunista", para Cristina todo lo que no sea populista es maníacamente "neoliberal".

En el Instituto Patria, el liberalismo que debe ser aplastado para siempre incluye a republicanistas independientes, a liberales de izquierda, a socialdemócratas (llamados "socialistas gorilas"), a centristas, a radicales, a desarrollistas y a derechistas de la ortodoxia. Incluso también a "peronistas del orden", tal como denomina despectivamente Mocca a los justicialistas que renunciaron a los aspectos más autoritarios del otrora Movimiento de Perón.

Esta visión simplificadora, que menta al pueblo y que prefiere doblegar a convivir, se basa en la idea de que el liberalismo político es necesariamente sinónimo de oligarquía y en todo caso representativo de sectores sociales minoritarios. Por ahora las dos últimas elecciones y las encuestas de diciembre solo muestran exactamente lo contrario: el chavismo argentino sigue en clara minoría. A tal punto que precisa aliarse con otros sectores moderados (meterlos en la "red", como dice Mocca) para ganar en las urnas.

La idea de que la democracia liberal fabrica "esclavismo" sirve para la desafortunada alegoría de la Guerra de Secesión, pero resulta una falacia: tras doce años de viento de cola y poder absoluto, los kirchneristas dejaron un Estado quebrado y una pobreza consolidada y penetrada por la droga. Uno de cada tres argentinos era pobre cuando "la nueva abanderada de los humildes" se retiró de Balcarce 50. Presentar las actuales penurias como resultado de un liberalismo caricaturesco y no de la aplicación de un traumático programa de normalización económica es un truco que permea el sentido común y ciertos medios de comunicación. Se confunden allí las dificultades y los errores del jefe de la Brigada de Explosivos con la responsabilidad de quien dejó la bomba atómica y reza desde el primer día para que todo estalle por el aire.

En el corazón del búnker de la calle Rodríguez Peña se observa con mordaz indulgencia el regreso al pago de viejos enemigos acérrimos que limaron durante siete años la autoridad de la arquitecta egipcia. Son un mal necesario. "En el Instituto Patria, pusieron un talonario, como en las farmacias, donde todo el mundo saca número para verse con Cristina -ironiza Mocca-. Después van a la televisión a contar lo que hablaron".

Para convencer a los hijos pródigos y aventar el miedo (que no es zonzo) de los conversos, en ese círculo áulico se relativiza lo único cierto: la radicalización del proyecto. Aunque se hace de un modo significativo: "¿En qué sentido fue un extremo Cristina? ¿Qué estructuras, qué sector social privilegiado fue condenado, expropiado, maltratado, perseguido, puesto preso? -le pregunta públicamente el politólogo a Felipe Solá -. Agarrá hoy a los grandes empresarios y te dicen: 'Ganaba más guita con Cristina'". Tal vez sin querer esa refutación encierra el carácter punitivo, pero farsesco que tuvo aquella "revolución imaginaria" (Asís dixit), aunque la verdad es que el proceso kirchnerista solo sabe redoblar apuestas y fanatizarse, en una peligrosa espiral ascendente. Ese secreto a voces, esa amenaza concreta, es el gran drama que mantiene en vilo a toda la política nacional.

Jorge Fernández Díaz

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