Viernes, 18 Enero 2019 00:00

Cualquier similitud es o no casualidad

Escrito por 
Valora este artículo
(4 votos)

 

Historia de cómo la Cosa Nostra se quedó con la obra pública asociándose a la política.

 

Se dijo muchas veces y vale una más: cualquier coincidencia con la realidad es pura casualidad. Por ejemplo: Sicilia está al sur de Italia, como Santa Cruz de la Argentina. Otra casualidad o no tanto: el uso de la obra pública para grandes ganancias sucias.

Durante larguísimos 43 años, Bernardo Provenzano, alias U Tratturi (El tractor) y nacido en Corleone, se las arregló, por supuesto con arreglos, para montar y explotar desde la clandestinidad un monumental negocio de contratos con el Estado.

Era uno entre muchos y casi todos muy pesados, pero logró manipular la adjudicación de obras y cobrarles peaje a todas las empresas. ¿Hay algo que le suena conocido ahí?

Aclaremos una cosa: detrás de todo estaba todo el poder del fuego mafioso. A las coimas que el kirchnerismo llamaba aportes para la campaña, Provenzano las llamaba ponerse en regla, como hace la DGI con los impuestos. Ponerse en regla era una comisión poco menos que regalada con relación a los aportes K: 2% frente al 20%.

Provenzano fue capo di tutti i capi. Y una especie de estadista de la mafia, a la que aggiornó pasando del crimen liso y llano a nuevos acomodos con la política. Había heredado la jefatura de Toto Riina, alias La Belba (La bestia), del viejo estilo: pocas pulgas y mucha bala. O dinamita, como la que usó contra el juez Giovanni Falcone.

Provenzano se dio cuenta mucho antes que el resto de sus colegas que los tiempos cambiaban y que la violencia encontraba cada vez más resistencia. Hasta mandó a encuestar a políticos y empresarios con una sola pregunta: ¿qué piensa usted de las matanzas? No difundió los resultados, pero pudo convencer a sus socios que había que cambiar el negocio e ir por la obra pública.

Reformó la mafia, mejor dicho, sus sistemas. Del apriete a adueñarse de contratos con el Estado. Sólo entre 1959 y 1963 consiguió en Palermo 4.205 licencias de construcción, el 80% para cinco empresas de dueños poco o nada conocidos en la obra pública. De nuevo, cualquier semejanza con la Argentina no es pura casualidad.

De la violencia en la superficie a la inmersión: así llamó Provenzano al cambio de estilo. No era un hombre muy instruido, apenas poco menos que analfabeto. Pero articuló un formidable sistema de comunicación con correos escritos a máquina para escaparle al espionaje policial de los teléfonos.

Esos correos o pizzini para comunicarse con sus secuaces nunca tenían nombres sino números. Eran papelitos intrincadamente doblados y a veces incompletos que debían completarse con otro o con otros. Allí no daba órdenes sino consejos que eran órdenes disfrazadas. En uno dice: “Recuerda que nunca es suficiente tener una sola prueba para afrontar un razonamiento, para estar seguro se necesitan tres pruebas”. Ordena usar un procedimiento más seguro. En otro: “Tú me preguntas si yo tengo algún consejo al respecto, busco lo mismo de ti, que tú pudieras aconsejarme a mí”. Capaz de las peores cosas, pero diplomático para decir que no está de acuerdo.

El círculo que había cambiado de bala limpia a contratos sucios incluyó sacerdotes a los que Provenzano reclutaba para contener y aliviar la necesidad de algunos mafiosos de contar sus crímenes. Parecido y diferente: las maniobras de Provenzano están en un libro de Andrea Camilieri, Vosotros no sabéis. Las del kirchnerismo o buena parte del kirchnerismo están en los cuadernos de Centeno.

Ricardo Roa

Visto 473 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…