Martes, 22 Enero 2019 00:00

La reina está desnuda

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Robert Hare, prestigioso psicólogo de la Universidad de Columbia, sostiene que los psicópatas tienen una comprensión muy superficial de sus palabras y sus gestos emocionales, porque su mente explora cada experiencia de su vida EN BUSCA DE PROBLEMAS.

 

Se trata de personas, señala, con juicios de valor deficientes y muchas dificultades para aprender, gran insensibilidad en sus relaciones interpersonales, una autoestima exagerada y manifiesta falta de control sobre su conducta, que las lleva a alternar actitudes de gran frivolidad con enojos abruptos, a veces muy violentos.

¿Quién puede dudar que son características que “encajan” a la perfección en la personalidad de nuestra “abogada exitosa” y “faraona egipcia”? (Cristina dixit)

Su ya demostrada incapacidad “empática” -malos tratos a colaboradores que disienten con la “majestad” de su palabra, como ha trascendido por testimonios y audios que se han hecho públicos-, y una conducta ausente de remordimientos, la exhibe como un ser antisocial que suele manejarse en círculos muy reducidos, en los que busca rodearse de halagos, exhibiendo casi siempre actitudes extravagantes.

La falta de remordimientos y de vergüenza de un psicópata, sigue diciendo Hare, lo convierte más temprano que tarde en una persona que se va aislando progresivamente, hasta adoptar un estilo de vida parasitario que lo inhibe de aceptar responsabilidades por las consecuencias de sus actos irreflexivos.

Por la misma razón, en los escenarios por los que transita, se comunica con quienes le rodean en forma deficiente y sus tácticas sociales quedan anuladas por sentimientos confusos que le impiden comprender los límites entre el bien y el mal, lo útil y lo innecesario.

Cristina Fernández cumple con todos y cada uno de estos requisitos, sin que muchos se animen a decirlo con pelos y señales (¿por temor? ¿por conveniencia?), a pesar de haber estado a la vista durante todo el fatídico ciclo “K”.

Alguna vez señalamos antes de ahora, que la única persona que la contenía (y el primero en usarla), fue su fallecido esposo Néstor. Sus íntimos recuerdan la insistencia de éste en recomendarles invariablemente: “no le lleven problemas a Cristina”. La continuidad de este pedido sería seguramente: “porque no tiene equilibrio emocional para enfrentarse con ellos”.

El objetivo de estas reflexiones es desmitificar el valor político de la hoy senadora, desde el punto de vista de la organización de un posible movimiento opositor al gobierno actual, si nos atenemos a los dos principales errores que cometió cada vez que debió encabezar una campaña electoral: 1) un desconcertante comportamiento ambivalente y manipulador de su entorno; 2) una absoluta irresponsabilidad, digamos “académica”, al momento de elegir candidatos a acompañarla en los distintos cargos electivos en juego.

Ambos errores la catapultaron finalmente al fracaso, cuando sus votantes comprendieron el peligro que conllevaba confiar en apuestas impulsivas, retirándole su apoyo.

Estamos convencidos que hoy es solo un “instrumento” de quienes se le acercan para adularla y la aconsejan (¿) sobre las chances futuras de ser ungida nuevamente. Los primeros, son los cuadros de La Cámpora y algunos dirigentes sindicales radicalizados (que también “manejan” a Máximo); los segundos, son los que dicen asesorarla (¿) sobre cuestiones que, supuestamente, la beneficiarían para afirmar su “renacimiento” político.

Estas presiones subliminales deben repercutir sin duda alguna sobre una persona cuya conducta se ha basado siempre en una cadena de fragmentos de información sensorial, que no ha sabido seleccionar apropiadamente para que se integrasen con un objeto reconocible para ella.

Dicho todo esto, creemos que su silencio actual no es una táctica, sino la consecuencia de estar rodeada por un círculo estrecho que la confunde y hallarse -aunque jamás llegará a admitirlo–, en una situación de manifiesta incapacidad para comprometer con acierto el área de sus razonamientos.

Cristina fue esencialmente la víctima de una “construcción” política de Néstor Kirchner. No de los jueces que la condenan, ni del maquiavelismo de Cambiemos, como ella sostiene, sino del mundo que fue creando a su alrededor su difunto marido, para sostener bien alimentado un súper ego que contribuyera a crear el mito de la invencibilidad K, con la promesa - jamás cumplida y muy hipócrita-, de desarrollar una nueva etapa de calidad institucional para la política vernácula, personificada en las excelsas virtudes (¿) de su esposa.

Salvando las distancias, su historia personal de frustraciones familiares tempranas nos recuerda los casos de Hugo Chávez y Correa, trayéndonos a la memoria, al mismo tiempo, una escena de la historia de Blanca Nieves –inmortalizada por Disney y basada en una obra de Charles Perrault-, donde una bruja le pide a un espejo que le diga lo que quiere oír: que sigue siendo el hada más bella y mágica de la comarca.

Aquellos que barruntan sobre el valor de su eventual estrategia política, deberían recordar que los psicópatas no pueden encontrar nunca un equilibrio inteligente entre la emoción y el razonamiento, y aún los más brillantes (extremo que no cumple CFK ni por pienso), pueden hundirse en los peligros de pasiones e impulsos incontrolables, resultando ser pilotos increíblemente malos para su vida pública, como sostienen Charles Murray y Richard Herrnstein en su obra “The Bell Curve”.

Por lo tanto, estamos convencidos que su candidatura no es más que un “bluff” de dos corrientes políticas que buscan “rearmar su nido” a como dé lugar: la izquierda radicalizada, por un lado, y las “viudas del poder” por el otro. De allí la competencia verbal de camporistas y nostálgicos Albertos Fernández, Rossis y compañía, para hacernos creer que Cristina dirige algo, ha cambiado y es “otra”.

Aunque no convenga a las expectativas reeleccionarias de Cambiemos (a quien le vendría bien un enemigo cuestionado para confrontar), es muy posible que la ex Presidente -que teme a una justicia que la tiene acorralada-, no sepa afrontar con éxito las consecuencias de sus tropelías, porque advierte instintivamente que “correr siempre de un lado a otro es sólo una manera de perder la cabeza” (Pascal).

Un niño, sin filtros verbales por su edad, diría de ella, parafraseando la conocida anécdota del soberano que paseaba muy orondo sin ropa por su comarca: “la reina está desnuda”.

A buen entendedor pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
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