Martes, 26 Febrero 2019 00:00

Sobre “cisnes negros”, la rabia y el orgullo

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La desesperación de muchos peronistas, que no están dispuestos a pagar ningún precio (como siempre ha ocurrido) por la crisis que desencadenó su variante kirchnerista delirante y despilfarradora, se palpa en su negativa a aceptar que habrá una tarea titánica a celebrar POR MUCHOS AÑOS para que volvamos a los índices de crecimiento y desarrollo que tuvimos alguna vez.

 

Para que esto ocurra habrá que establecer reglas de juego totalmente diferentes a las utilizadas por un movimiento fascista, corporativo y prebendario que monopolizó el escenario político nacional desde 1943.

Ese camino, con algunos altibajos es cierto, es el que ha intentado transitar Cambiemos y debería seguir cualquier otro partido político que comprenda los límites que impone la realidad por sí misma para que ello sea posible, venciendo la resistencia psicológica de una sociedad esencialmente vociferante y gattopardista.

Mientras tanto, los discípulos del General Perón hablan sobre la necesidad de adoptar ciertas “políticas de Estado” sobre las que peroran con aire solemne.

Aquellas que jamás les importaron un comino cuando tuvieron el poder en sus manos, parcelando la economía y entregando “lotes” de la misma a sus amigos.

Un peronismo que representa el “ser nacional”, según sostenía su fundador desparramando guiños cómplices a troche y moche, y que se prepara una vez más para reagruparse en octubre próximo con el concurso de mucha gente dispuesta a “tragarse los sapos” de la vergonzosa corrupción kirchnerista, propiciando el cambio mediante el uso de un discurso “reconstructivo” que apesta.

Simultáneamente, la “obesidad de los medios de difusión” (Baudrillard dixit), siempre lista a seducir nuevos “abonados” a las paparruchas que alimentan algunas voces intencionadas, emplean gran parte de su tiempo útil entrevistando a quienes fracasaron en los últimos veinte años y no tienen nada nuevo para ofrecer, recitando una lista de apotegmas que “suenan bien”.

A tenor de sus quejas, aparece ahora la expectativa por la posible aparición de un “cisne negro” salvador. En buen romance un “outsider”, al estilo Trump o Bolsonaro, que podría encaramarse en la cima de una partidocracia decadente para sacarnos del pantano.

No comprenden que en Estados Unidos existe un orden institucional modelo y su supuesto “cisne negro” surgió dentro del seno de partidos políticos perfectamente organizados; y en Brasil, del ejército, una fuerza que conservó su fortaleza a través del tiempo y goza del respeto de la mayoría de los brasileños.

Esto hizo posible que en ambos casos existiese un respaldo político sólido para ellos.

Mientras tanto, aquí seguimos jugando a las escondidas, leyendo los detalles escabrosos sobre las ruindades de los Kirchner casi sin inmutarnos, como si fueran parte de una saga más propia de Dostoievsky: qué dijeron; dónde está el “físico” y si los jardineros vivos o los secretarios muertos fueron parte fundamental de una telenovela consumida con un fervor que hubiera complacido seguramente al recordado Alberto Migré.

A todo ello sigue contribuyendo Cristina Fernández cada vez que presta indagatorias ante la justicia, dejando escritos que parecen más propios de una Juana de Arco rediviva, contra quienes, según ella, intentan embarrarla injustamente.

Después de los testimonios de cientos de testigos y millares de pruebas acumuladas en las causas incoadas contra ella, resulta simplemente asombroso.

Decididamente parecemos una sociedad que hubiese decidido “vivir en el desierto o el infierno de lo igual” -utilizando los términos del filósofo surcoreano Byung-Chul Han-, con pies lacerados por los agujeros de las sandalias con las que marchamos “con fe y con esperanza” (Scioli dixit), hacia ninguna parte.

¿Aceptarían los ególatras y “rosqueros” políticos argentinos a un “outsider” que viniese a imponerles condiciones para que apoyaran la gobernabilidad de ciertas medidas que de tan necesarias ya queman nuestros pies?

Creemos que es pensar en una quimera. Y si no, basta recordar el comportamiento revoltoso habitual de las huestes de Moyano, Baradel, Grabois y compañía.

En los 2000, y con referencia al islamismo terrorista, la periodista italiana Oriana Fallaci, sostenía que el requisito fundamental para combatirlo - asomaba por entonces como un peligro mundial de consecuencias incontrolables-, requeriría DEL ORGULLO Y LA RABIA.

Agregaba entonces Fallaci que “un sermón se juzga por los resultados, no por los aplausos o los silbidos que recibe, porque no se pueda despertar de repente a quien duerme como un oso en letargo”.

Buena metáfora para reemplazar NUESTRO propio letargo, restableciendo el orgullo de una historia nacional con próceres ilustres, muy anteriores a estas épocas de oscuridad, charlatanería y concupiscencia sin límites. Y la rabia contenida que debería ayudarnos a demostrar de una buena vez QUÉ SOMOS CAPACES DE “SER”, saliendo de la “inmunidad negativa” que nos ha impedido hasta hoy aceptar cambios imprescindibles para encarar la reconstrucción nacional, sin proferirnos mutuamente amenazas apocalípticas sin fundamento alguno.

La solución puede venir únicamente de una urgente reforma política que debería ser llevada a cabo “contra viento y marea”, determinando meticulosamente EL “CÓMO”, EL “CUANDO”, EL “QUIÉNES”, EL “POR QUÉ” Y EL “PARA QUÉ”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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