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Viernes, 01 Marzo 2019 00:00

Los blues del cuarto año­ y los rasgos de la campaña

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Mauricio Macri dará su discurso ante la Asamblea Legislativa. quizás se incline por hablar como candidato a la reelección más que como presidente que transita su cuarto año de gestión. También apelará a la crisis venezolana para ensanchar la brecha que tanto alimenta en su compulsa con Cristina Kirchner.

 

Probablemente, al inaugurar este viernes -por última vez en su mandato- las sesiones ordinarias del Congreso, Mauricio Macri prefiera proyectarse al futuro antes que revisar el último ejercicio anual. Es decir, quizás se incline por hablar como candidato a la reelección más que como presidente que transita su cuarto año de gestión.

El primer día de marzo de 2018 el Presidente sostuvo algunos puntos que seguramente repetirá (aquellos que evocan la corrupción que campeaba bajo la administración kirchnerista o la preocupación acentuada sobre la inseguridad pública). Pero también hizo afirmaciones que doce meses después lucen como promesas o vaticinios patéticamente frustrados y, por lo tanto, irrepetibles.

"Lo peor ya pasó y ahora vienen los años en los que vamos a crecer", había sostenido, por ejemplo. ¿Cómo volver a alimentar expectativas parecidas después de la performance de 2018? El INDEC acaba de poner parte de la realidad en números: el último año la economía argentina se achicó un 2,6 por ciento. Por otra parte, los analistas ya descuentan que en el año en curso la caída rondará como mínimo 1,5 por ciento, con lo que el Presidente dejará un balance de cuatro años de 5 por ciento de encogimiento del producto per cápita (sólo en 2017 hubo crecimiento positivo).

Otro terreno vedado: la inflación. Un año atrás, el Presidente había producido un razonable diagnóstico sobre el tema ("La inflación castiga a la mayoría, dificulta la competencia, nos mantiene presos del corto plazo"), pero un pronóstico muy chingado: "La inflación está bajando -aseguró-. No queremos sólo bajarla, queremos que nunca más sea un instrumento de la política". Instrumento o consecuencia de la política encarada por su gobierno, 2018 cerró con una inflación de 47,6 por ciento, la más alta después de los últimos corcoveos de la hiperinflación de tiempos de Raúl Alfonsín.

En la última asamblea legislativa Macri ya no mentó su antigua promesa de "pobreza cero", una consigna que el tiempo cruelmente deterioró en paralelo con un incremento del número de pobres e indigentes. El Presidente proclamó, en cambio, que "la desocupación está bajando". Pero en 2018 se perdieron casi 200.000 puestos de trabajo.

EL MUNDO Y VENEZUELA

Es por estos motivos y otros parecidos o relacionados (las tensiones con el dólar y las tasas de interés, el endeudamiento, el aletargamiento del crédito a la vivienda) que el Presidente está condicionado a volcar su exposición a temas no económicos y a derivar la conversación a las bolillas en que se siente más fuerte eludiendo el examen de gestión.

Una materia en la que se tiene fe es la de la inserción en el mundo. "Recuerden el G-20", recomienda con nostalgia. Considera que el juicio de los observadores internacionales y de los líderes que frecuenta en visitas y cumbres debería pesar internamente e influir sobre la sociedad argentina. Pero, como dicen los comentaristas astutos, el mundo exterior no figura en el padrón. De esa amplia agenda, lo que más empleará en los meses por venir y sin duda estará en el discurso es el drama venezolano. No sólo ni principalmente porque el régimen de Nicolás Maduro registra una inflación que supera largamente a la argentina (que queda así segunda en el ranking del continente y quinta en el mundo), sino porque la catástrofe económica e institucional de lo que queda del régimen chavista resulta para el Presidente una metáfora instrumentable para pintar a la contrafigura política que prefiere, el kirchnerismo: el otro polo favorito (que el oficialismo dibuja con el rostro de la señora de Kirchner) quiere convertir a la Argentina en otra Venezuela; ese es un leit motiv de la campaña que ya está en marcha.

Para naturalizar y dramatizar esa encarnación, el gurú político del Presidente, Jaime Durán Barba, ya conjetura incluso que "si Cristina gana las elecciones, cambia la Constitución, como anuncia, y arma a los barras bravas, a su Vatayón Militante de presos comunes, a los motochorros y a grupos de narcotraficantes para que maten a sus opositores tendríamos una guardia semejante" a la guardia revolucionaria paramilitar de Maduro.

Conjuntamente con la metáfora venezolana, el Presidente tratará de ganar puntos con el tema de la seguridad, una asignatura en la que se siente cómodo. Él está dispuesto a buscar sin demasiados prejuicios el respaldo de considerables segmentos de la opinión pública que reclaman mano dura para narcotraficantes, criminales, delincuentes y malentretenidos y bajar la edad de criminalización.

Este último punto es quizás el más significativo de la agenda actual del oficialismo en su intento por llegar a los sectores más humildes (que son los que más sufren la inseguridad). Ciertas inflexiones de esa política chocan, sin embargo, con estilos y pruritos de sectores de clase media que constituyen un fragmento fundamental del electorado de Cambiemos, así como de seguidores de algunas de las fuerzas de la coalición, como radicales y cívicos de Elisa Carrió (se sabe que ella es una admiradora de Hannah Arendt que repudia de sobrepique todo lo que le huele a "fascismo", inclusive si proviene de ministros de Macri). En fin, el Presidente hablará sin duda de este asunto en su discurso en el Congreso.

LA PARTE Y EL TODO

En esa pieza, que establecerá un primer eje de la campaña que ya se abre, seguramente el Presidente insinuará un tema que ya empieza a transparentarse en la narración y el discurso del oficialismo. La pintura salvaje del gobierno K y sus principales exponentes es el primer paso de una operación mayor en la que se busca describir con la contaminación que emerge de esos trazos una totalidad mayor, que sería el peronismo en conjunto.

El propio Presidente ensayó esta traslación en declaraciones de viaje, desde Abu Dhabi. "Al final del día, en general, terminan juntándose todos. La gran mayoría de los que están fue parte del Gobierno de los Kirchner", afirmó, irritado porque una comisión bicameral rechazó varios decretos de necesidad y urgencia que él había firmado. Y agregó que en el peronismo "hay una vocación de retener privilegios y abusos a cualquier costo".

El Gobierno empieza a enfocar al peronismo en su conjunto como la fuerza con la que quiere polarizar y a la que imputa dificultades políticas que emergen de la lógica institucional. El ministro de Justicia Germán Garavano, tras constatar que los cambios inducidos en la Corte Suprema no se traducen como el gobierno esperaba, se inquieta porque sospecha ("no quiero creer", dice) que hay en el tribunal superior "una mayoría peronista".

Esa deriva había sido anticipada con precisión por el presidente del bloque del PRO, Nicolás Massot, quien dejará ese puesto al terminar el mandato de Macri. Decía en diciembre: "Con Emilio (Monzó, el presidente de la Cámara de Diputados, que también abandona su cargo) vemos con preocupación que nos convertimos de una expresión antikirchnerista a una expresión antiperonista. Estamos convencidos de que no debería ser así, que la Argentina no saldrá adelante si estamos solos y que las reformas estructurales que exige el país requieren mayorías amplias".

Por su parte, Federico Pinedo, reelecto a la cabeza de la Cámara Alta, también se diferenció de los que "confunden al kirchnerismo con el peronismo. Yo no soy nada antiperonista", declaró. Todo un mensaje.

En la Casa Rosada trabaja gente que piensa de otro modo.

Jorge Raventos

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Jorge Raventos

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