Miércoles, 13 Marzo 2019 00:00

¿Está nuestra democracia en manos de los “profesionales” de la política?

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La democracia no ha resultado ser en modo alguno entre nosotros el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como sí lo es para muchos países del mundo bien desarrollado, habiendo quedado en evidencia que equivale más bien al gobierno de los políticos; y más específicamente del político profesional de partido.

 

En efecto, la gente solo decide en una elección a quién prefiere para gobernar; pero entre uno y otro turno constitucional, no tiene la menor posibilidad de influir en forma alguna sobre lo que hagan sus elegidos.

La maraña de regulaciones existentes para conformar un “coto cerrado” donde se encierran los políticos se lo impide.

Debiéramos ponernos de acuerdo entonces en que la característica de nuestra “democracia”, con la cual nos llenamos la boca a cada instante, no ha llegado a ser más que un mecanismo para designar y reemplazar gobiernos. Punto.

La inmunidad legal para ejercer una partidocracia excluyente, las alianzas “por” y “para” ejercer la función pública, solo fomentan hoy la lucha entre profesionales -protegidos por “fueros” inadmisibles-, que compiten entre sí por el poder, mientras los ciudadanos de a pie observan, azorados y desesperanzados, cómo dicha competencia se convierte en un escenario de luchas de quienes se preparan durante toda su vida para conseguir el poder y ejercerlo sin restricción alguna.

Aristóteles creía que existe una suerte de fatalismo en muchos sistemas supuestamente democráticos, consistente en el “soborno” del electorado por parte de algunos políticos que prometen terminar con los males que lo aquejan, mientras desencadenan una sucesión de arbitrariedades cuasi legales en el manejo de la “res pública”, que terminan convirtiendo la función pública en una cruel caricatura.

Esto nos han llevado a vivir del éxtasis al desencanto sin solución de continuidad, y tiene relación con el hecho de que, una vez concluido el período eleccionario, comienza una etapa en donde se acomodan los asuntos de gobierno para favorecer los fines personales de los votados: trabajar por su reelección desde el mismo día en que comienzan a desempeñar sus funciones.

Al mismo tiempo, designan colaboradores eligiendo a los más “leales” y no a los mejores, creando estructuras administrativas elefantiásicas, repletas de individuos audaces y sin mayores conocimientos ni preparación personal, que prometen sacarnos del pantano, heredado infaliblemente de antecesores tan improvisados como ellos sin lograrlo, recomenzando así un ciclo de “nunca acabar”.

El colapso de la política argentina ha surgido además como consecuencia de una utopía que hemos construido entre todos hablando de un país rico que no “merece” (¿) ser maltratado por quienes nos gobiernan, olvidando que “país” no es solamente un territorio geográfico, orográfica y geológicamente hablando, sino también la gente que lo habita.

Nuestros gobiernos se han convertido así en verdaderas ficciones, porque no se toman decisiones de fondo para reconciliar los intereses en conflicto, obligándonos a vivir en una democracia asentada sobre “fuerzas partidarias” generalmente muy ineficientes, que solo saben desarrollar estrategias políticas para aferrarse al poder.

Hemos olvidado que la filosofía del orden público no es algo susceptible de ser escrito en un papel, si no existe antes un firme convencimiento de la sociedad acerca de que la democracia exige la participación activa de todos ANTES Y DESPUÉS de cada elección, para que la misma no se constituya en una auténtica mascarada.

Quienes llegaron hasta aquí, se preguntarán cómo remediar estos males.

Una de las posibilidades, consistiría en la reducción del Estado a su mínima expresión, para que se ocupe de todo aquello que no haría un particular y plantear un severo “traspaso” del empleo público al campo de los privados mediante un firme programa de reconversión que debería incluir un proceso de capacitación adecuada, cerrando el camino a los “negocios” de los políticos profesionales e impidiéndoles aumentar la plantilla de empleados públicos improductivos.

El otro, disminuir considerablemente la maraña de regulaciones que solo han servido hasta hoy para maniatar a las fuerzas productivas independientes mediante un mecanismo similar al anterior, a fin de que nadie deba “cobijarse” bajo el poder para obtener prebendas que les pongan a salvo de los obstáculos creados por la burocracia de turno.

En algún momento habrá que debatir estos asuntos y decidirse a cambiar un sistema político que nos tiene sumidos en una postración sin precedentes y “sin luz al final del túnel”, como suele decirse coloquialmente.

Para finalizar, volvemos a elegir las palabras del gran Ortega y Gasset cuando dice al respecto de estas cuestiones: “una sociedad no se constituye por acuerdo de las voluntades. Al revés, todo acuerdo de voluntades PRESUPONE LA EXISTENCIA DE UNA SOCIEDAD, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede constituir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad preexistente. Querer que el derecho y la política rijan las relaciones entre seres que previamente NO VIVEN EN EFECTIVA SOCIEDAD, me parece –y perdóneseme la insolencia-, tener una idea bastante confusa y ridícula de lo que son”.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero  
carlosberro242gmail.com

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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