Jueves, 02 Mayo 2019 00:00

El paro, una postal del pasado al que no queremos volver

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De nuevo, la cantilena de todos los años: el paro, las marchas, las consignas vacías.

 

A la tarde nos hablaron del "acatamiento" (verbo de resonancias castrenses) de la medida, sin aclarar que mal se puede cuantificar la voluntad de parar cuando se limita el acceso al transporte público.

¿Se animarán alguna vez a convocar a una huelga general sin restringir el transporte? No, por supuesto: el relato exige esa impostura. Pero sería interesante. Los vetustos dirigentes sindicales que organizan estas puestas en escena advertirían que la enorme mayoría del pueblo argentino quiere trabajar, porque sabe que de la decadencia a la que ellos y otros nos condujeron en las últimas décadas solo se sale con esfuerzo.

En la Argentina ya parece algo naturalizado, pero no es normal que se haga una huelga general para oponerse a una determinada política económica. La huelga es un derecho constitucional (incorporado, dicho sea de paso, en 1957, porque la Constitución peronista de 1949 no lo contemplaba) destinado a que los trabajadores puedan, en forma colectiva, reclamar mejores condiciones laborales, tanto salariales como de otro tipo. Pero una huelga general contra las políticas públicas de un gobierno excede ese cometido. Ya no es un reclamo sindical, sino político. Y la política, en una democracia, se dirime en las urnas.

No parecen entenderlo así algunos dirigentes gremiales, como Pablo Micheli, quien instó a permanecer en la calle a los trabajadores hasta el final del mandato de Macri para asegurar el triunfo de Cristina Kirchner. La democracia se funda en los votos, uno por cada ciudadano, no en marchas de aparatos sindicales financiadas con los aportes compulsivos. Los prepotentes no pueden prevalecer sobre la gran mayoría que trabaja, que estudia, que respeta la ley y quiere vivir en paz y libertad. Las vulgaridades expresadas por Pablo Moyano al desafiar la conciliación obligatoria se inscriben en ese mismo marco de desprecio de las instituciones.

Nadie niega las dificultades que atraviesa la Argentina. Están a la vista. Lo que suele ocultarse es que la inflación, la volatilidad cambiaria, los problemas para generar empleo genuino, no son el producto de la acción del gobierno de Cambiemos, sino el resultado de décadas de populismo, que no se pueden revertir en un lapso breve.

Mauricio Macri está liderando un cambio profundo. La Argentina ha logrado normalizar la mayor parte de sus variables macroeconómicas. Son los fundamentos indispensables para encarar sobre bases sólidas el desarrollo económico con equidad social que todos anhelamos.

La oposición, que es la causante de la situación que vivimos, no ofrece ninguna propuesta concreta. Solo reitera las mismas consignas huecas de siempre y solo nos promete la restauración del pasado, como si no fuera que precisamente en ese pasado hay que encontrar las raíces de la decadencia.

Muchos de estos dirigentes sindicales, además, carecen de autoridad moral para representar a los trabajadores, ya que viven en la opulencia. Son parte de la Argentina corrupta que debemos dejar atrás. Usan la huelga, entre otras cosas, para presionar a los jueces que los investigan. Paran el país para exigir su impunidad.

Los argentinos no queremos parar, queremos avanzar. Lo vamos a demostrar este año cuando una vez más manifestemos en las urnas que la salida no está atrás, sino adelante. Estas postales del pasado nos ayudan a recordar a dónde no queremos volver.

Jorge Enríquez
Diputado nacional por CABA (Cambiemos-Pro)

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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