Jueves, 09 Mayo 2019 00:00

Mucho ruido y pocas nueces

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La coalición que se bautizó a sí misma con el nombre de Cambiemos luce -como nunca antes- extraviada. Hasta un par de meses atrás, pocos si acaso alguno de sus integrantes de fuste, se animaban a plantear en voz alta la necesidad de oxigenar a ese conjunto de tres partidos, tan disimiles entre sí, con el aporte de fuerzas provenientes de diferentes latitudes ideológicas.

 

Solo Emilio Monzó y su equipo se habían cansado de recomendarla luego de la victoria electoral de octubre del año 2017. Pero en vano. En el libreto de Jaime Durán Barba y de Marcos Peña -que Macri compró a tranquera cerrada desde que sentara sus reales en la Casa Rosada- no figuraba. Es más, representaba una herejía sin cuento, a la cual era menester exorcizar. En aquel entonces, nadie en Balcarce 50 quería escuchar hablar de pacto de naturaleza alguna con el peronismo federal. Condenado a formar parte del universo de la vieja política, carecía de lugar en el jardín de las maravillas macrista.

El vendaval que produjo la devaluación y la crisis subsiguiente modificó de raíz el panorama. Las convicciones y dogmas de los dos encargados de fijar la estrategia oficialista -esto es, el jefe de gabinete y el gurú de origen ecuatoriano- siguieron intactas, aunque aceptaron las recomendaciones que Miguel Ángel Pichetto -a su regreso de Estados Unidos- y Felipe González le hicieron por separado a Macri durante la semana pasada: convocar a la oposición. Alfredo Cornejo, el inefable Martín Lousteau y ciertos dirigentes de primer nivel del Pro, sin pedir permiso escalaron el tema. Antes se callaban la boca. Nomás. Los tiempos en los que el núcleo duro presidencial bajaba una orden o establecía un determinado camino a seguir y se aceptaba sin corcoveos, han terminado.

Cualquiera está en condiciones de decir lo que le viene en gana, le guste o no al jefe de estado y a sus alter egos. Por eso, casi al unísono, el gobernador de la provincia de Mendoza y el ex–embajador en Estados Unidos, pidieron obrar un verdadero giro copernicano en término de la política de alianzas. No otra cosa supone reclamar en voz alta -con el afán de que los escuche el país entero y, sobre todo, Mauricio Macri- que se invitara a sumarse a la coalición a Roberto Lavagna, Miguel Ángel Pichetto, Juan Manuel Urtubey y Sergio Massa.

La propuesta -como era de esperar- no cayó nada bien en la Casa Rosada que, horas antes, había convidado al peronismo federal -y más tarde a Roberto Lavagna, los sindicatos, la Iglesia y hasta el kirchnerismo- con el fin de abrir un dialogo acerca de la gobernabilidad.

Más allá de la imagen de desorganización que ofrecen, late entre los propagonistas de la trama una diferencia profunda. Si bien se analiza, salta a la vista que, mientras Marcos Peña -con la venia presidencial- desea sentar por separado al conjunto de los opositores para ganar tiempo, dar una sensación de tranquilidad frente a los mercados y -en la medida de lo posible- conciliar pareceres sobre políticas de estado, la posición del titular de la Unión Cívica Radical y de Martín Lousteau persigue un propósito cualitativamente distinto al del jefe de gabinete. Lo que no dicen éstos, pero esta sobrentendido es que, si llegara a ensancharse el espacio oficialista y allí ingresaran Lavagna, el socialismo, el Gen y los peronistas ortodoxos, Macri debería dar un paso al costado y avalar de hecho una gran PASO en donde el candidato del Pro sería María Eugenia Vidal. Nadie en su sano juicio recomendaría generar semejante cambio y suponer que los recién ingresados fueran a aceptar que el actual presidente resultara intocado.

El único dirigente que se ha animado -como es ya costumbre- a plantearle a Mauricio Macri que debe ser el artífice de una coalición más grande y que su papel en esta historia es la de demostrar que resulta capaz de abrirle el camino a los que siguen, declinando -en un gesto de grandeza- sus aspiraciones continuistas, fue Emilio Monzó. Antes de viajar a Azerbaiján, donde se encuentra, le dijo a su jefe algo que nadie hasta el momento le había expuesto. En otras circunstancias, el paso dado por el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación se hubiera considerado una suerte de sincericidio. A esta altura -en cambio- Monzó está jugado, y no sólo nada perdió al extenderle ese consejo a Macri, sino que fue coherente con la estrategia que ha recomendado -sin éxito- desde antiguo.

Los dos grupos que en Cambiemos sostienen posturas tan desiguales coinciden

en la necesidad de dar un golpe de timón. Tanto Peña -por un lado- como Atilio Cornejo y Emilio Monzó -por el otro- saben que los relevamientos de opinión que se van difundiendo no mienten y que el malestar de la mayoría de la gente con la administración macrista no es un invento de sus enemigos o una exageración estadística de encuestadores inexpertos. Si nada fuese modificado del rumbo que llevan, sus posibilidades electorales serán menores conforme pase el tiempo y se acerquen los comicios. Sobre el particular hay coincidencias, malgrado ciertos detalles menores que no hacen al fondo de la cuestión. Los caminos se abren, en cambio, a la hora de fijar tácticas para tratar de nadar contra la corriente adversa y sobrellevar la crisis.

El plan de Balcarce 50 se agota en los diez puntos que fueron presentados en público el pasado día viernes y que recibieron el ni de Roberto Lavagna y de Sergio Massa y el silencio de radio de Cristina Fernández. De nada sirvió que -enterados del traspié- los hombres del presidente se hayan decidido a extender la convocatoria a los que inicialmente habían sido dejados de lado. Si acaso aceptan reunirse con Mauricio Macri lo harán con base en un listado de ideas y de planteos que excederán largamente el decálogo de la Casa Rosada.

Ninguna de las tres figuras antes mencionadas sería tan ingenua como para aceptar el convite ateniéndose a las condiciones impuestas por el gobierno. Para no dar la impresión de que desean dinamitar toda posibilidad de acuerdo, lo que harán es poner ellos mismos su carta de ruta sobre la mesa de negociaciones.

Como el límite infranqueable del gobierno es la candidatura de Macri, su planteo no puede sino resultar insuficiente y destinado al fracaso. Aun cuando el dialogo que propone se llevase a cabo y tuviese asistencia perfecta, ninguno de sus interlocutores se sentaría a conversar convencido de firmar un documento de gobernabilidad o cosa por el estilo. Está claro que la intención del gobierno es dar un mensaje explícito de que no existirá un salto al vacío.

Pero para que ello sucediese el oficialismo debería estar en mejores condiciones. La relación de fuerzas no lo favorece y de eso son conscientes todos sus opositores. La única razón por la cual el jefe de gabinete ha dado el brazo a torcer es por temor a perder la pulseada contra Cristina Fernández. No porque súbitamente haya tomado conciencia de que Monzó estaba en lo cierto. Su anhelo y el de Mauricio Macri es calmar al dólar y poco más. Pero para hacerlo se requiere, como condición necesaria, que el kirchnerismo -la única amenaza de bulto que tienen delante suyo y que aterra a los mercados- se transforme en atajo que nunca va a ser y cierre la grieta. Imposible.

En cuanto a la pretensión de Cornejo y de Lousteau, llega a destiempo y parece un despropósito que vaciaría a Cambiemos del poco contenido que todavía posee. Piénsese por un momento y con detenimiento lo que significaría que dirimieran supremacías, dentro de un mismo espacio, María Eugenia Vidal, Roberto Lavagna, Margarita Stolbizer, Martín Lousteau, Sergio Massa, Juan Manuel Urtubey y cualquiera de los referentes del socialismo santafesino, por ejemplo. Sería una falta de respeto -que no merecen los nombrados- decir que habrían convertido a la coalición de gobierno en una bolsa de gatos, pero no resultaría una irreverencia sostener que Cambiemos quedaría transformada en un amasijo ideológico irreconocible.

La idea no pasará de eso en virtud de que, salvo los que ya resultan parte integrante de la alianza, ninguno de los otros revela el más mínimo interés en sumarse. ¿A título de qué? Una cosa era proponerlo en octubre del año 2017, inmediatamente después del gran triunfo electoral del macrismo. Otra es hacerlo hoy, en medio de la tempestad.

Caben dos posibilidades de aquí al día 22 de junio, fecha límite para anotar a los candidatos. Una, que la volatilidad del tipo de cambio se atempere y reine la calma en los mercados, en cuyo caso Mauricio Macri será inamovible. O bien que el dólar quedase fuera de control, la inflación de mayo no bajase de 4 % y el radicalismo se fracturase, con lo cual se abriría la cancha, no para engordar artificialmente a Cambiemos sino para que subiese al ring María Eugenia Vidal.

Vicente Massot

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