Martes, 14 Mayo 2019 00:00

Sinceramiente

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Los primeros sorprendidos deben haber sido sus propios seguidores, los que necesitan recibir su vómito de odio para expiar su resentimiento. Seguro que la sorpresa no fue la misma para aquellos que nos oponemos con todo lo que tenemos a sus designios autoritarios y de populismo radicalizado: esa franja de gente conoce desde hace rato sus dotes de actriz.

 

Porque si hay algo que es Cristina Fernández por sobre todo lo demás es eso: una actriz. Una actriz capaz de hacerle creer a quien la mire lo que ella quiere venderle.

Ayer el producto a la venta se llamaba moderación, la misma que falta en el contenido del vehículo que presentaba -su libro “Sinceramente”- era lo que se necesitaba vender en el escenario de la Feria del Libro.

Un escenario que ella bastardeó y amenazó durante su gobierno es ahora el que usa, con la anuencia inexplicable de sus autoridades, para poner en marcha su puesta en escena, una más de las tantas a las que nos tiene acostumbrados.

Parece mentira que una institución de la libertad, como la Feria, se preste al ejercicio irresponsable de la opresión y de la falta de libertad de información; para prestar sus instalaciones a la propagación de una presentación política que impidió el libre acceso a todo los que no contaban con su anuencia. Si hay algo más contrario al que debería ser el auténtico espíritu de la Feria, que venga a explicármelo.

Pero volviendo a la escenificación, Fernández conformó un muñeco preparado para la ocasión. Sabía que no debía hablarle al grupo de fanáticos sectarios que la sigue, sino que debía intentar una pesca en el territorio de los indecisos. Sabe que sus modales verdaderos no le harán ganar un solo voto en esas aguas. Por eso ensayó su papel de Blancanieves practicado una y otra vez en varias horas dedicadas al coaching de la presentación. Hasta elogió a Donald Trump y deslizó la idea de que Macri era más populista que ella porque tenía más programas de asistencia que el de su gobierno, luego de haber asegurado durante toda la campaña de 2015 que Cambiemos venía a derogarlos a todos.

Pero la verdadera Cristina habló luego, cuando la presentación terminó. No lo hizo por su propia boca porque sabe que con cada llamarada de rencor con la que su alma quedaría satisfecha perdería miles de votos. Lo hizo por la voz de los que la esperaban fuera y hacia donde ella, sin hablar, se dirigió a saludar. Allí habló la voz de la masa, la voz que ella expresa y la que hubiera desplegado unos minutos antes si hubiera sido verdaderamente libre.

Esa masa gritaba “Sinceramente, le copamos La Rural, sinceramente, le copamos La Rural” con el ritmo de los barrabravas y la misma furia con la que había robado, horas antes, los carteles de Clarín que estaban en las inmediaciones y en la propia sede de la Feria.

La pregunta es ¿A quién “se la coparon” ?, ¿a quién le arrebataron, aunque sea momentáneamente el control del lugar? ¿a sus dueños?, ¿al enemigo? ¿Y no será esa la intención con la que pretenden llegar nuevamente al gobierno?

¿A quién van a “copar” cuando recuperen -si es que lo hacen- el control del Estado?, ¿la propiedad y los tiempos de quién van a copar si se instalan nuevamente en el gobierno?

¿Se pasearán por las calles de Buenos Aires al grito de “exprópiese” -al mejor estilo Chávez- para ir “copando” lo que les pertenece a otros?

Después de todo eso es lo que saben hacer: robar, quedarse con lo que no es suyo, apropiarse de lo de los demás, copar lo que es ajeno. Es el “vamos por todo” del 2019.

La Blancanieves de la campaña de 2011 también ocultaba su rostro detrás de sus dotes de actriz, pero ni bien ganó las elecciones se sacó la careta y advirtió que iba por todo, con una cara llena de odio y rencor, sin saber que una cámara estaba tomando sus labios, en pleno acto de homenaje a la bandera en el verano rosarino de febrero de 2012.

Ayer tuvimos una reedición de toda esa mentira, solo sincerada por sus propios fanáticos que traducían sus palabras de moderación en cánticos de revancha y en hechos de violencia delictiva.

Nadie debería resultar engañado y nadie debería pasar por inadvertido frente a esta impostura. Fernández sabe bien lo que debe ocultar para seducir a una franja de indecisos que aún no sabe a quién votar. Sabe que sus llamaradas de odio incendiarían las voluntades de esa gente. Frente a ellos debe adoptar el ropaje de cordero, recordar cada una de sus lecciones de actriz de reparto aprendidas en miles de horas de coaching que son la contracara de las páginas del libro que presentó.

Allí sí que fue “sincera”, por eso el libro no puedo haber tenido un nombre mejor. Quizás solo “Sinceridicio” podría haber sido una opción que compitiera con chances. Pero no hay dudas que la verdadera Fernández es la del panfleto (porque me parece una ofensa a los libros llamarlo libro), no la de la tarima.

Toda la sociedad no sectaria y no fanática debería estar atenta a este comportamiento que nos acompañará desde ahora hasta que las elecciones terminen.

El arte del engaño ha sido el arte de los Kirchner. Así como construyeron un verso irreal (que el periodismo respetuoso llamó “relato”) también están dispuestos a construir un muñeco mentiroso llamado “Fernández candidata”. Nadie debería ser sorprendido por esos artilugios. Son ya muy conocidos como para que la sociedad sana los siga creyendo, por más castigada que pueda estar por la impericia o la altanería de un gobierno que tampoco quiso enfrentar esa mentira con la convicción que la hora imponía.


Carlos Mira

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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