Lunes, 24 Junio 2019 00:00

Salgamos libres, que lo demás no importa nada

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La misión que Cristina le encargó a Alberto es la de que sea el presidente encargado de liberar a los chorros.

 

“En la Argentina se está viviendo una clara persecución política…   por primera vez en 30 años hay presos políticos”.

“Llegado un gobierno de otro signo habrá que hacer unos parches en cuanto a la estructura del Poder Judicial en la medida que lo permita nuestra Constitución”.

“El Poder Judicial es bastante sensible a los cambios de gobierno”.

“Habría que pensar un método revisor extraordinario en los casos en los que se ha visto arbitrariedad. Una posibilidad es proponer una ley de revisión por las causas de corrupción”.

“Muchos jueces deberían explicar sus fallos... Vamos a tener que revisar muchas sentencias que se han dictado en los últimos años”.

“Lo que pasa en Brasil no es muy diferente de lo que pasa en la Argentina. El tándem de armado de causas Del juez Moro y su fiscal es igual que el de Bonadio y Stornelli”.

Doctrina Zaffaroniana. (los subrayados son nuestros)

Estas opiniones impresionantes del juez Eugenio Raúl Zaffaroni son la expresión jurídica (si se la puede llamar así) de la teoría política que el filósofo Ernesto Laclau le brindó al kirchnerismo. Se trata de todo un corpus ideológico, que echa por la borda la supuesta pretendida moderación con que la expresidenta y su candidato a presidente se pro

ponen para gobernar el país.

Laclau (explicándolo en los términos más sencillos posibles) sostiene que mientras no podamos cambiar el sistema capitalista por uno socialista, o sea mientras siga hegemonizando el neoliberalismo por el mundo, la única posibilidad que le cabe a los “revolucionarios” es hacer que la lucha entre sistemas opuestos se dé dentro del sistema capitalista, cuya expresión política es la democracia burguesa, vale decir, la republicana. Aquella donde mientras se respeten las formas, se puede gobernar con cualquier fondo, vale decir con cualquier programa que no cuestione al sistema. Que es precisamente lo que Laclau quiere cuestionar, pero haciendo como que no lo cuestiona.

Para minarlo, ir metiendo de a poco las formas “socialistas” dentro del sistema capitalista. Que eso es el populismo hoy en su versión de izquierda. En su versión de derecha es meter todo lo que se pueda de fascismo en la democracia.

Laclau, y el kirchnerismo duro, proponen una democracia no de adversarios ni de consensos (dos taras burguesas, según ellos) sino de conflicto entre enemigos que no pueden (aunque lo deseen) matarse entre sí, porque el sistema los contiene. Que sólo para eso es útil la democracia capitalista. De lo que se trata es de imponer la hegemonía disruptiva de a poco y sin guerra, para que las formas vayan siendo otras. Es un debate sobre formas, no sobre el fondo. El fondo es apenas reformista, un poco más de Estado, un poco más de consumo interno, o sea pequeñas variaciones programáticas presentadas como las antípodas del supuesto neoliberalismo gobernante gracias a un relato exagerado y fantasioso.

Durante la anterior etapa cristinista, la “forma” que se intentó cambiar fue la del periodismo porque se lo consideraba el principal enemigo ideológico, el lugar donde el capitalismo imperial elaboraba su discurso. José Pablo Feinmann llegó a decir -en uno de sus cada vez más habituales momentos de delirio- que él había descubierto lo que la entera filosofía occidental aún no sabía: que el nuevo sujeto capitalista dominador de los pueblos es el sujeto mediático.

Ahora la “formalidad burguesa” que se intenta cambiar por su opuesta es el “sujeto jurídico”, vale decir la Justicia. Eliminar el Poder Judicial como dice Mempo Giardinelli, que la Corte esté compuesta enteramente por jueces militantes K, como dice el intendente Francisco Durañona. Pero quien mejor redondea estas locuras es Zaffaroni que le da una impronta de prestigio jurídico e ideológico a lo que para Alberto Fernández no es más que cumplir el encargo que Cristina le encomendó pagándole de la mejor manera posible. Que dicho de manera elemental, es la de que sea el presidente encargado de liberar a los chorros, pero sobre todo el que evite que los que aún están en libertad, caigan presos. O, cuando menos, si no puede lograr tanto, que Ella y sus hijos sean liberados de toda culpa y cargo. Que lo demás no importa nada.

En otras palabras, una sofisticadísima elaboración teórica puesta al servicio de un fin insignificante. Cambiar nada menos que a la República desde adentro para que un relativamente chico grupo de poder no vaya preso.

Algo desmesurado para tan pequeña meta. Pero que desde siempre ha sido la base de este relato: aprovechar la historia grande del peronismo para darle contenidos épicos y heroicos a la simple ambición del poder desnudo. Propósito que tiene en Zaffaroni al juez por excelencia, el que considera presos políticos de una semidictadura a gente como el bolsero López o Julio de Vido (quien decidió reconciliarse con Cristina Kirchner a la espera de que la dama al ganar lo libere). El que quiere revisar sentencias gracias a la “sensibilidad” de los jueces con los gobiernos. El que dice con nombre y apellido los jueces que deben ser removidos. El que, en nombre de una improbable revolución, propone emparchar la Constitución.

Por su lado, Alberto Fernández, que trata de ser moderado en todo lo que puede, lo puede en todo menos en el tema jurídico, porque su misión es precisamente esa; la de mostrarse moderado en todo para ser fundamentalista en lo único que le interesa a su vicepresidenta: cambiar al mundo si es necesario para no ir presa. Y razón tiene, porque se necesita algo parecido a cambiar el mundo para borrar de la faz de la tierra la irrefutable e infinita cantidad de pruebas en su contra.

En fin, que, contra esa idea de gestar dos sistemas en pugna dentro de un sistema, las fuerzas republicanas, democráticas y progresistas, ya sea de izquierda, de centro o de derecha, deben defender un solo sistema con dos o más partidos que se diferencien todo lo que quieran en los contenidos, pero que acuerden en las formas. Que sostengan unas mismas reglas de juego y una misma Constitución, en vez de intentar cambiarlas por otras cada vez que no les convengan.

Carlos Salvador La Rosa
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