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Jueves, 11 Julio 2019 00:00

La grieta fue una creación del kirchnerismo. Sus principales figuras continúan fomentándola

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De ambos lados de la grieta se predica que debe terminar la grieta. Un observador neutral, que recién llegara a la Argentina, podría conjeturar entonces que no hay tal grieta o que esta es artificial, o solo un recurso publicitario de campaña para polarizar la elección.

 

Es cierto que en cualquier democracia del mundo la competencia electoral lleva a cada uno de los participantes, sobre todo cuando los que tienen chances reales de ganar son solo dos, a exagerar los defectos del adversario. Esto es natural y no debería escandalizar demasiado. También es natural que en distintos temas de debate público haya divisiones, a veces muy marcadas. Lo vemos en la Argentina, como ha ocurrido en muchos países, con relación al aborto. Estos antagonismos son también no solo naturales, sino también muy saludables. Expresan la vitalidad de la ciudadanía. La democracia, que es la unidad en la diversidad, se enriquece con la pluralidad de puntos de vista.

Pero entre nosotros no se habla de grieta en ninguno de esos sentidos. El término, que con esta acepción fue acuñado por el periodista Jorge Lanata, denota una fractura entre dos concepciones opuestas, no de algunos temas en particular, sino de los fundamentos mismos de la organización política. No son discusiones dentro de la democracia, sino sobre la democracia.

Para una parte, que incluye a Juntos por el Cambio y otras expresiones de menor envergadura, el sistema nos viene dado por la Constitución Nacional.

Consiste en una democracia liberal (en el más amplio y profundo sentido de este adjetivo) y republicana, con plena vigencia del Estado de Derecho, división de poderes, justicia independiente, primacía de la ley, transparencia, seguridad jurídica. Un sistema fundado en la libertad, que promueve la equidad social y la igualdad de oportunidades

Para la otra parte, la democracia es algo muy distinto, que comienza con elecciones pero que no le establece al ganador (salvo que el ganador sea el otro) límites ni controles. Los politólogos proponen diversos nombres para estos regímenes. Yo me inclino por llamarlos populismos autoritarios. Ellos pretenden encarnar a la totalidad del pueblo, que pasa a ser una abstracción, a tal punto que siguen sosteniendo que lo representan cuando pierden las elecciones, y que los ganadores son los voceros de minorías que han dado una suerte de golpe de Estado…a través de las elecciones.

En la Argentina, la grieta tiene un origen bien preciso. La creó el kirchnerismo. Y es el kirchnerismo el que la sigue manteniendo viva. Por eso, es absurdo culpar al presidente Macri de ella. La grieta es fomentada por quienes les niegan legitimidad a sus adversarios, como hacían los Kirchner cuando gobernaban y continuó haciendo Cristina Kirchner desde el mismo momento del fin de su presidencia, cuando se negó a participar de los actos de transmisión del mando. No hace falta conjeturar las razones. Ella misma las expresa con toda claridad en su libro "Sinceramente".

El manual del populismo autoritario indica que hay que poner en la mira desde el comienzo del gobierno a la justicia y al periodismo, para que no existan controles. No es nada nuevo para nosotros. En la neolengua orwelliana que suelen emplear, en la que cada palabra significa lo contrario de lo determina el lenguaje común, la señora de Kirchner procuró "la pluralidad de voces" en el periodismo y la "democratización de la justicia", con el objetivo evidente de silenciar las voces opositoras y de terminar con los jueces independientes.

Ahora las necesidades electorales le aconsejaron dar un paso atrás y ubicarse detrás de la "máscara de Alberto", a quien se pretende pintar como un moderado, pero la maniobra es demasiado burda. Nadie le cree, como tampoco le creían los españoles a los primeros gobiernos patrios que empleaban la máscara de Fernando VII. La campaña de los Fernández es, entonces, paradójica: para vestirse de moderado, Alberto no tiene otro camino más que el del rechazo de todo lo que representa su compañera de fórmula.

La artificial moderación, por otra parte, hace agua por los cuatro costados, en cuanto formulan declaraciones los voceros del Instituto Patria. No fue un exabrupto la propuesta de Mempo Giardinelli de suprimir el Poder Judicial. La avaló el principal asesor jurídico de Cristina Kirchner, Eugenio Zaffaroni, quien agregó, por si alguno todavía está distraído: "El derecho es lucha, y tenemos que ser partisanos y políticos. Cada sentencia nuestra es un acto político. Mentira que podemos ser neutrales, mentira que podemos ser imparciales". De ahí la idea kirchnerista de cambiar de Constitución, no para introducirle reformas parciales, sino para modificar su raíz republicana.

Respecto de esa grieta, tiene razón Zaffaroni: no podemos ser neutrales. Está en juego nuestra libertad.

Jorge Enríquez  
Diputado nacional por la Ciudad de Buenos Aires (Cambiemos)

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Jorge Enríquez

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