Lunes, 29 Julio 2019 00:00

Alberto y Cristina: poder real y poder formal

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Perón teorizó sobre el arte de la conducción, que unía el palo, la zanahoria y el discurso. A Fernández no le falta labia.

 

Nuestra Constitución estableció un Poder Ejecutivo fuerte, concentrado en el presidente: una monarquía vestida de República decía Alberdi. El vicepresidente, como le dijo Sarmiento a Adolfo Alsina en 1868, está para tocar la campanilla en el Senado. La práctica fue acentuando ese rasgo, sobre todo desde que, con la ley Sáenz Peña, votos auténticamente democráticos legitiman la figura del presidente. De ahí que una alternativa posible -el triunfo de la fórmula Alberto Fernández - Cristina de Kirchner- nos enfrentará con una situación extraordinaria: un presidente con el poder formal -que no es poca cosa- y una vicepresidente que, por diversas razones, tiene el poder real.

Hay algunos precedentes de esta dualidad: Rosas en 1833, Urquiza en 1861 -mi colega Claudio Chaves me recordó estos dos casos- y, agrego, Perón y Cámpora en 1973.

Ninguno de ellos nos augura un futuro tranquilo.

A fines de 1832, concluido su primer gobierno, Rosas rechazó ser reelecto, pues la Sala de Representantes se mostraba remisa a renovarle las facultades extraordinarias. Marchó entonces a su campaña al desierto, mientras era designado gobernador Juan Ramón Balcarce, militar prestigioso y federal, pero no incondicional de Rosas. Rodeado de federales afines -los “lomos negros”-, inició un camino propio, lo que desató la furia de Encarnación Ezcurra, esposa de Rosas y jefa vicaria de su facción, que incluía la temida Mazorca. Allí estaba el poder real.

En octubre de 1833, la temible señora organizó un levantamiento popular -la “revolución de los Restauradores”-, suerte de pueblada violenta que forzó la renuncia de Balcarce. Comenzó entonces un ciclo de gobernadores interinos e inestabilidad política, con la Mazorca asesinando a algunos opositores y forzando a emigrar a otros. A fin de 1834 -luego del asesinato de Quiroga- la Legislatura aceptó conceder a Rosas facultades extraordinarias y además la suma del poder público. El poder real se había reencontrado con el poder formal, pero sin embargo la guerra civil se prolongó en Buenos Aires hasta al menos 1845.

En 1860 Urquiza, concluido su mandato como presidente de la Confederación, apoyó la designación de su estrecho colaborador Santiago Derqui y se volvió a Entre Ríos. En el país, la situación política era tensa, pues la Confederación competía por el predominio con el Estado de Buenos Aires, gobernado por Bartolomé Mitre. Mientras Mitre y Urquiza negociaban, el presidente Derqui -que apenas tenía el poder formal- imaginó poder aumentar su poder real terciando en la conversación. Con una política sinuosa y dual, al decir de Beatriz Bosch, apoyó en privado a uno y a otro. Urquiza lo descubrió, no dijo nada, pero trazó su plan. En 1861 se reanudó la guerra entre los dos Estados, que en setiembre se enfrentaron en Pavón. El resultado de la batalla era incierto, hasta que sorpresivamente Urquiza abandonó el campo con su célebre caballería y marchó a Entre Ríos, dejando a Derqui y su endeble Confederación a merced del ejército porteño. Poco después renunció; Mitre fue proclamado presidente y pronto se entendieron con Urquiza. Luego de un año de crisis y de guerra, el poder real y el poder formal se unificaron, al menos transitoriamente, pues la guerra civil duró veinte años más.

El caso más pertinente para nuestro futuro está próximo a la memoria de quienes lo vivimos. En 1972 Perón impuso a Cámpora como candidato presidencial, quizá por su larga fidelidad, o quizá por su buena relación con el ala juvenil, ya en guerra con el sindicalismo. Probablemente Perón percibió que Cámpora no era capaz de manejar esa guerra, en la que él había finalmente tomado partido por el otro bando. Volvió al país, forzó la renuncia de Cámpora y poco después fue electo presidente, reconciliando el poder formal con el poder real.

Pero al igual que en los casos anteriores, la lucha continuó, y con más intensidad. La expulsión de Montoneros definió la ruptura del Movimiento y activó el enfrentamiento entre dos aparatos armados, que regaron el país de cadáveres y finalmente legitimaron la llegada de la dictadura militar.

Cabe preguntarse si un eventual triunfo de la fórmula Fernández- Kirchner tendría consecuencias similares a las de alguno de estos antecedentes. Ciertamente, no tan violentos, pero no menos complicados. Depende mucho de qué piensa hacer Cristina. Puede dedicarse a “tocar la campanilla” y dejar al presidente gobernar y solucionarle sus cuestiones judiciales. Pero puede querer intervenir, dándole órdenes al presidente y rodeándolo con su gente. De ese modo, el doble poder se instalará en la Casa Rosada, y como en las cortes de los reyes, habrá guerra entre las distintas camarillas.

Quizá -peor aún- Alberto Fernández se tiente con la idea de seguir las huellas de Balcarce o Derqui e intente dejar de ser “Chirolita” y ganar su libertad creando una base de poder propia. Esto desencadenaría un conflicto de final impredecible.

Para Fernández sería un camino difícil pero no imposible, no solo porque tendrá los atributos formales del poder -”la lapicera”- sino porque el conjunto político que los vota es variado, contradictorio e imprevisible en sus acomodamientos. Hay una probabilidad en diez, o en cien, de que las circunstancias puedan darle la ventaja. Pero Alberto Fernández es un general sin tropa, que debe lidiar con coroneles que sí la tienen. Allí están los sindicalistas, los intendentes del conurbano, los gobernadores y sus congresistas, las organizaciones sociales, los empresarios amigos y algunos otros más.

Pronto aparecerán los que hablen en nombre de Cristina, con o sin su autorización.

¿Cómo se dirige ese conjunto? Perón teorizó sobre el arte de la conducción, que unía el palo, la zanahoria y el discurso. A Fernández no le falta labia. Pero además hay que poder manejar a la vez el poder formal y el real, con lo que retornamos al punto de partida: para Alberto es difícil conducir sin votos; para Cristina es complicado hacerlo sin tener la lapicera.

El dilema es objetivo y va más allá de los actores, pero éstos pueden amortiguarlo o exacerbarlo. Illia y De la Rúa convivieron con él, mientras que lo de Cámpora terminó en guerra civil y exterminio. Para los peronistas habitualmente ha sido difícil moderar conflictos en los que las pasiones se mezclaban con los intereses. Todo es posible, y nadie tiene el diario del lunes. Solo sabemos que con A. Fernández- C. de Kirchner vendrán tiempos muy interesantes, y que para apreciarlos será mejor estar un poco lejos.


Luis Alberto Romero

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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