Jueves, 01 Agosto 2019 00:00

Sorpresa o no tan sorpresa con el servicio cívico

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La masiva respuesta de los jóvenes desafía prejuicios progres con las fuerzas armadas.

 

Los dieciséis mil jóvenes que en pocas horas se anotaron para los 1.200 cupos del servicio cívico voluntario son la muestra de un problema social que hace tiempo tomó forma estructural y también, una apuesta del Gobierno para hacerse cargo y para sacarle provecho electoral.

Son los ni-ni, los que ni estudian ni trabajan o los que ni pueden estudiar ni pueden conseguir trabajo. Allí está la mayor tasa de desocupación o, lo que es lo mismo, el doble de la tasa promedio del 10,1 % del país: 18,5% entre los varones y 23% entre las mujeres. Pasa además que buena parte de ese ejército de desocupados nunca trabajó. Están como cristalizados fuera del mercado laboral.

Hubo un tiempo en que los ni-ni fueron preocupación visible y por poco cotidiana. De pronto dejaron de estar en el radar político y ahora vuelven con las PASO encima y las presidenciales por venir.

La discusión no pasa por el programa sino por el lugar donde el Gobierno decidió desarrollar el programa: la Gendarmería. La cifra de anotados en un día probablemente esté diciendo algo más: que para esos chicos ceden los prejuicios ideológicos con las Fuerzas Armadas, simplemente porque la memoria queda pero ya no quedan los que mandaron o actuaron en ellas 35 años atrás.

Aunque quedan progres que intelectualmente nunca demuestran mucho progreso y para quienes los militares siguen siendo mala palabra por llevar uniforme y tener cuarteles. El Nobel Pérez Esquivel habló de colimba encubierta. ¿Qué mal le puede hacer a estos chicos? El falso progresismo hace de cada militar un represor de los 70 y ahí entra también la Gendarmería, salvo cuando la inseguridad quema y hay que convocarla para que cuide barrios y gente.

Lo ideal sería que los talleres fueran dictados en escuelas y universidades. Es lo que otros críticos menos críticos dicen. Pero la educación está descentralizada y las universidades son autónomas: hay que hacer convenios con cada provincia. Y encima están las rigideces burocráticas como los famosos estatutos que paralizan cualquier programa de capacitación que por su naturaleza debe ser muy flexible.

La solución que se encontró fue utilizar la estructura de la Gendarmería, que está en todo el país, tiene buenos espacios y un aparato educativo con universidad incluida. Los talleres estarán a cargo de profesionales y las temáticas tendrán que ver con la salud, trabajo en equipo, prevención de riesgos ante situaciones de desastre y orientación vocacional. No hay todavía mucho detalle, lo que confirma que la propuesta nació de apuro. Se puede llamar de varias maneras, pero hay una que le cabe redonda: improvisación.

Se verá si sirven o cuánto sirven para la inclusión laboral y educativa, que finalmente es inclusión social, algo sobre lo que nadie debiera estar en desacuerdo.

El Gobierno no inventó la rueda: estos programas de servicio civil existen en muchas partes del mundo. El desafío es que sean sostenibles y exitosos. Y no importa que se hagan en Gendarmería, sindicatos, universidades o donde podamos. El tema es hacerlos porque el mundo que separa a quienes terminan carreras o una formación profesional de los que no tienen estudio ni trabajo es una grieta insalvable entre estar dentro y fuera de la sociedad. Se puede llamar de varias maneras, pero es una vergüenza a esta altura del siglo XXI.


Ricardo Roa

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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