Viernes, 23 Agosto 2019 00:00

Una transición que tiene dos etapas

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Para hacerse cargo de la etapa final fue convocado Hernán Lacunza, un funcionario sobrio, eficaz y respetado.

 

Después del "palazo" que, según Mauricio Macri, se descargó sobre el gobierno y sobre su persona en las primarias del 11 de agosto, el desconcierto, la melancolía y la ira ganaron al oficialismo por unos días. Fueron los momentos en que el Presidente culpó a los votantes por la reacción de los mercados y también por una devaluación del peso que, según otras miradas, estuvo más bien alentada por horas de deliberada inacción del Banco Central.

Resulta sorprendente la velocidad con la que, en determinadas circunstancias, el poder cambia de residencia y deja espacios vacíos con su vertiginosa mudanza. Las primarias del domingo 11, que formalmente sólo designaban candidaturas de los partidos (nada que no estuviera ya resuelto), terminaron siendo para el oficialismo lo que uno de sus intelectuales adictos había designado como "una elección apocalíptica".

El poder del gobierno de Mauricio Macri quedó prendido con alfileres y pasó a depender fundamentalmente de sus relaciones con el bando victorioso, encabezado no por un presidente legalmente electo aún, sino por el candidato que -según la mirada realista de la mayoría de propios y ajenos- lo sucederá...en el mejor de los casos en el lejano mes de diciembre.

UNA VOZ EN EL TELEFONO

El primer reflejo del oficialismo -empezando por el propio Mauricio Macri- fue la negación. Negación a aceptar ese brutal quebranto de sus expectativas. Negativa a aceptar lo que la mayoría da por evidente: que su derrota del domingo 11 es prácticamente irreversible. Y también la negativa a aceptar que ha comenzado una transición, que debe ser coordinada con el sucesor.

En cualquier caso, después de la depresión el gobierno empezó a recomponerse ("ahora estoy de pie y tomando medidas", subrayó entonces Macri) y trabaja para reordenar sus filas, refidelizar a sus cuadros y votantes, estabilizar la situación y -ambicioso objetivo de mínima- preservar la gobernabilidad hasta diciembre mientras proclama el norte - probablemente inalcanzable- de una recuperación electoral en octubre que posibilite forzar un ballotage en noviembre.

PROFECIAS INVOLUNTARIAS

La baja más notoria del revés electoral fue Nicolás Dujovne. Su sitio en el gabinete estaba atornillado al vínculo con el Fondo Monetario Internacional. Custodio de esa serie de acuerdos con la entidad, Dujovne entendió razonablemente que la derrota en las urnas terminaba de deshacer lo que ya venía deshaciéndose con sigilo bajo su propia gestión; Macri necesitaba formalizar medidas que demostraran que había escuchado el rechazo de las urnas a la situación económica y el ahora ex ministro no quería estar allí para avalarlas. A fines del año último él se había mostrado involuntariamente profético al ufanarse de la línea económica en marcha: "Nunca se hizo un ajuste de esta magnitud sin que caiga el Gobierno", dijo en aquel momento. Su marcha y las medidas que encaró el gobierno desmintieron la promesa oficial de corregir la política económica haciendo "lo mismo, más rápido". La fórmula actual es, más bien, "distinto y urgente".

EL VALOR DE LACUNZA

Para hacerse cargo de la etapa final fue convocado Hernán Lacunza, un funcionario sobrio, eficaz y respetado. Lacunza llega al ministerio después de que se derritiera el hielo que separaba a Mauricio Macri de Alberto Fernández y que había aparentemente impedido una comunicación telefónica entre ambos. Finalmente Macri llamó a su vencedor del 11 de agosto y a partir de allí las cosas empezaron a enderezarse.

Fernández hizo una declaración sobre el valor del dólar que ayudó a calmar la volatilidad de la cotización y es probable que el nombre de Lacunza haya estado presente en los sucesivos diálogos entre el Presidente y su virtual sucesor, aunque el gobierno deteste naturalizar la transición y el propio triunfador se resista a ser visto como cogobernante ("Es Macri el que gobierna. Yo no tengo la lapicera, soy sólo un candidato. La responsabilidad es del Presidente").

En verdad, después del plebiscito del 11, y ante el hecho de que los requisitos que prevé la ley sólo se completan en varios meses, la responsabilidad del tránsito pasa a ser compartida.

La participación de uno y otro -la presencia y el tono- ayer, en el ciclo de conferencias del diario Clarín es una señal óptima para los mercados y para los ciudadanos.

LOS DESAFIOS DEL GOBIERNO

El gobierno y el triunfador de las PASO empiezan a darle forma a un diálogo que no sólo envuelve a las cabezas (Macri y Fernández), sino a técnicos: quedó patente en el encuentro de Lacunza con Guillermo Nielsen y Cecilia Todesca, dos influyentes economistas del equipo del triunfador del 11 de agosto. Lacunza también dialogará con los técnicos de Roberto Lavagna y Juan Manuel Urtubey. No habría que descartar que, después de octubre, cuando la virtualidad deje paso a la formalización legal, Fernández convoque a ese sector a sumarse a una coalición de gobierno más amplia que el Frente de Todos.

Él proclama su voluntad de ensanchar la base de su (hasta ese momento, eventual) gobierno incorporando otras fuerzas y figuras sin excluir a varias que están o estuvieron en el gobierno de Mauricio Macri.

El oficialismo tiene dificultades para encarar con cierta homogeneidad los desafíos que tiene por delante. El gobierno central debe priorizar el objetivo de llegar en buenas condiciones a cumplir su objetivo de mínima: ser el primer presidente electo no peronista que concluye su mandato desde 1938, cuando Agustín P. Justo le entregó el mando a Roberto M. Ortiz. Para lograrlo, debe dejar de lado los ataques al adversario y la tendencia a pintarlo como peligroso, defaulteador o criptochavista, ya que, más allá de que esos rasgos chocan con la imagen que proyecta Fernández, sa descripción alarma a los mercados y vuelve más complicada la transición que el gobierno debe sobrellevar.

Pero si ese es el cometido del gobierno central, la coalición sobre la que se asienta necesita competir con eficacia y ganar en octubre la mayor cantidad de bancas y situaciones territoriales que pueda. En ese sentido, la lógica del gobierno se distancia de la lógica de la fuerza política. Pero, además, entre quienes quieren competir con eficacia hay también divergencias de procedimiento.

El sector más realista limita el campo de la competencia a la esfera de lo posible: no está dispuesto a gastar pólvora en chimangos o, más claro: no está dispuesto a jugar para que Macri gane (lo consideran una ilusión), sino a defender aquellos puntos donde se ganó o se perdió por poco.

En la provincia de Buenos Aires hay comunas en las que Juntos por el Cambio se impuso en las PASO y necesita atornillar esa ventaja, y otras en las que se perdió por una diferencia que puede sensatamente ser remontada. En esos lugares, si es indispensable cortar boleta y vincular las candidaturas locales propias a la ola nacional que encumbró a Fernández, esos sectores se muestran dispuestos a hacerlo. Se alegran de que el gobierno haya abandonado el tono peleador y negacionista de las primeras horas (al que juzgan "piantavotos") y lo haya cambiado por el tono de colaboración y por las medidas de alivio a la economía de la gente. En este bando hay políticos del Pro y también radicales.

LA SOCIEDAD EMPUJA AL CENTRO

Hay otro sector que identifica, en cambio, voluntad de competir con "combate cultural" y privilegia la defensa testimonial de la "nueva etapa" y el ataque al adversario imputándole genéricamente los peores defectos que se le han atribuido -con o sin ecuanimidad-al kirchnerismo. El rostro indiscutible de esta línea es Elisa Carrió.

Mauricio Macri ha decidido con prudencia que las figuras del gobierno se dediquen a la gestión y que la pelea política quede en manos de hombres y mujeres sin ministerios a cargo. Habrá que ver si no aparecen excepciones.

Lo que resulta interesante del curso de los acontecimientos, a casi dos semanas del pronunciamiento de las urnas es que las fuerzas se orientan hacia el centro, tanto en sus mensajes como en sus actitudes.

Hace algunos meses describimos ese fenómeno en esta columna como "la fuerza gravitatoria del centro". Señalábamos allí que "al mismo tiempo que se diluye en términos de opción electoral autónoma, el medio consigue ejercer una enorme atracción sobre las fuerzas que disputan la polarización. El sistema se reorganiza a través de la polarización, pero no sólo en virtud de ella, sino porque la demanda social tironea a todas las fuerzas hacia el centro y todas responden a fuerza de gravedad social, cada una con su propio estilo y moderando sus aristas más conflictivas".

La suma de los gobernadores y el massismo alrededor de la candidatura de Alberto Fernández contiene los eventuales pujos antisistema que pueden emerger en ese espacio. Los políticos con tradición y raíces territoriales del oficialismo hacen lo propio en su costado. La transición está andando.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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