Viernes, 30 Agosto 2019 00:00

La Plaza del sí y el mercado del no

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Se ha comparado la manifestación de apoyo a Mauricio Macri del sábado 24 de agosto, convocada desde Madrid por Luis Brandoni y Juan José Campanella, con aquella `Plaza del Sí' de abril de 1990 que promovió el periodista Bernardo Neustadt en respaldo del gobierno de Carlos Menem.

 

Efectivamente, pueden hallarse varios puntos en común en ambas jornadas: las reuniones fueron gestadas por personajes ligados a los medios, congregaron a un público mayoritariamente ajeno a la política activa y se concretaron al margen de aparatos partidarios (más allá de los discretos apoyos prestados por los respectivos gobiernos).

"Con aquella Plaza pretendí devolvernos ánimo y autoestima'', explicaría Neustadt años más tarde. Seguramente los mismos objetivos persiguieron ahora Brandoni y Campanella, alarmados por el profundo abatimiento que trasuntó el oficialismo a partir de la dolorosa derrota experimentada el domingo 11.

Quizás la principal diferencia entre ambos hechos resida en que mientras la Plaza de Neustadt ocurrió cuando la presidencia de Menem apenas comenzaba, la de Brandoni y Campanella se produce en el crepúsculo del mandato de Macri, cuando sólo sus simpatizantes más fervorosos o empecinados alientan la esperanza de descontar significativamente las diferencias en contra que arrojaron las recientes primarias, para peor ensanchadas ahora, después del escrutinio definitivo.

En cualquier caso, la Plaza del sábado 24 produjo consecuencias. En principio, inyectó entusiasmo en el propio Presidente, que ante esa muestra de respaldo de su propio público pareció persuadirse tardíamente de algo que él venía postulando con más escepticismo que convicción: que todavía sigue abierta la chance de su reelección. La marcha del 24 reactivó en el Presidente su rol de candidato y su voluntad de pelea.

VOCES MAS DURAS

Simultáneamente se activaron las voces más duras de la coalición oficialista, que además de reiterar argumentos clásicos sobre el kirchnerismo, apuntaron contra los gobernadores peronistas, acusándolos de ``extorsionadores'' y cuestionando las críticas al decreto de necesidad y urgencia con el que el Poder Ejecutivo buscó ofrecer paliativos a la considerable devaluación del peso.

Se pintó a los gobernadores como reacios a ofrecer esos atenuantes, como interesados en acosar al gobierno y en desligarse de las responsabilidades ante los más necesitados y también como incoherentes, ya que era el peronismo (a través de Massa y de Roberto Lavagna, por caso, o de acompañantes de Alberto Fernández) el que había propuesto tanto la elevación del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias como la eliminación del IVA a los alimentos y ahora los gobernadores lo rechazaban.

Se trataba, obvio, de retórica de campaña. El 21 de agosto los gobernadores habían suscripto un documento suficientemente explícito, en el que dejaban en claro que "no estamos en contra de ninguna medida de gobierno que tenga como objetivo paliar la grave situación económica que atraviesa la mayoría de los sectores de nuestra sociedad, empezando por los trabajadores que vienen perdiendo el poder adquisitivo de sus ingresos'', y habían especificado sus quejas en que las medidas habían sido adoptadas en forma ``inconsulta, unilateral y sin tener en cuenta de donde saldrán los recursos (...) lo que el gobierno nacional no puede hacer es disponer inconstitucionalmente de recursos que son de las provincias (..) no podemos permitir que se apropien de los recursos provinciales por parte del Estado Nacional solo por el justificativo de intentar atemperar las consecuencias perjudiciales precisamente de sus propias y malas políticas económicas''.

NECESIDAD Y URGENCIA

El gobierno nacional dispuso los paliativos afectando fondos coparticipables, es decir, echó mano a recursos que no le pertenecen. Y no lo hizo conversando para tomar la vía del diálogo y el acuerdo, sino por decreto de necesidad y urgencia (cuando el Congreso está en período de sesiones ordinarias). La protesta de los gobernadores, lejos de ser extorsiva, fue primero declarativa y de inmediato, institucional: recurrió a la Corte Suprema.

Así se fue avivando el fuego de la competencia, una tensión razonable si se admite que hay una puja por el poder que, aunque parece dirimida por las elocuentes cifras de las PASO, no atravesó todavía el round legalmente decisivo de la primera vuelta electoral, que ocurrirá el domingo 27 de octubre.

El oficialismo subraya reiteradamente que ``la elección no ocurrió'', una afirmación legalmente plausible, aunque conlleve el riesgo de ignorar la realidad política. Lo que Mauricio Macri denominó ``el palazo'' del 11 de agosto sucedió, y es por eso que una diversidad de actores (desde el ``círculo rojo'' al FMI) tratan a Alberto Fernández como virtual futuro presidente, aunque éste sea formalmente sólo un candidato aún.

Esta ambigüedad -esta anomalía creada por la avalancha electoral de las PASO y la distancia temporal que separa esa realidad política de la realidad legal- confunde a muchos. En primer lugar, al oficialismo que, al mismo tiempo que declara innecesaria la idea de una "transición'' y destaca el carácter de candidato de Fernández, le reclama a éste que asuma responsabilidades propias de un mandatario y que avale medidas o políticas que son las propias de quien ocupa efectivamente el cargo y, además, reivindica el "estar en control de la situación''. Macri y Fernández son dos candidatos. Pero sólo uno de ellos es presidente en este momento.

Macri tiene perfecto derecho de moverse como candidato y tratar de animar y consolidar el espíritu del tercio del padrón que lo votó. Le conviene, como candidato, actuar con responsabilidad para no perjudicarse como presidente (y viceversa).

Fernández también tiene derecho a actuar como candidato y a proteger, en ese carácter, la esperanza de la mitad del padrón que respaldó su boleta. No tiene por qué compartir ni hacerse cargo prematuramente de un programa económico que cuestionó durante la campaña y cuyo fracaso -según la mayoría de los analistas- fue el que determinó el resultado de las PASO. Si, como supone la mayoría de los observadores, Fernández va a tener que hacerse cargo del gobierno desde el 10 de diciembre, es bueno para todos que llegue a esa función con la menor cantidad de desgaste posible.

ALBERTO F. Y EL FMI

El documento que Fernández dio a conocer después de su reunión con el FMI fue una expresión de esa idea. El triunfador de las PASO dejó por escrito lo que venía diciendo reiteradamente: los acuerdos alcanzados con el Fondo son insostenibles; además, han tenido resultados socialmente catastróficos y han financiado con un endeudamiento excepcional la fuga de capitales, transgrediendo inclusive la normativa de la entidad crediticia. ¿Se trató de una ruptura con el FMI? No. Se trató, más bien, de crear las condiciones para un vínculo más realista, que tanto la entidad como sus miembros están en buenas condiciones de comprender.

Quizás, en ese sentido, haya que atender a la declaración del Departamento de Estado de los Estados Unidos, país de máxima influencia en el Fondo, que "espera continuar la sólida asociación'' con la Argentina "sea cual sea el candidato que el pueblo argentino elija como su próximo presidente''.

Que el acuerdo con el Fondo había estallado y debía renegociarse era un secreto de Polichinela. Lo venía explicando Roberto Lavagna, lo sabían la mayoría de los analistas económicos. Un hombre tan cercano al Presidente como Carlos Melconián lo proclamó a principios de semana en una conferencia pública: "`El Fondo tiene que tener clarito que la continuidad virginal del plan picapiedra futuro es imposible''. Él llama Plan Picapiedra (por lo torpe y rústico) al que suscribieron el Fondo y el gobierno.

Lo razonable era que la renegociación la iniciara el gobierno de Macri, como se lo había planteado Roberto Lavagna al Presidente dos meses atrás. Si bien se mira, la definición de Fernández, que puso nerviosos a muchos operadores y agrió el ceño de muchos oficialistas, impulsó las acciones que el gobierno adoptó el miércoles y que implican hacerse cargo de este tramo de la renegociación. Fue un paso valiente y obligado.

La reprogramación representa para un 80 por ciento del monto de la deuda sobre ley local un default temporal: se respetan capital e intereses, pero se determinan unilateralmente nuevos plazos. Haber adoptado esa decisión fue íntimamente costoso para Macri, pero obedeció al hecho de que las reservas se estaban evaporando con la presión sobre el dólar y no había certeza siquiera de que el Fondo aprobara el desembolso previsto para septiembre (una aspirina, de todos modos, para el ritmo de liquidación de reservas).

El gobierno procuró hacer pagar un costo a la oposición y culpó por las circunstancias al documento de Fernández y a presuntas filtraciones de prensa del círculo del candidato. Miguel Pichetto acusó a "gente muy cercana a Alberto Fernández, que habló con acreedores y bonistas, con instituciones bancarias de Nueva York, y han aconsejado, o se han mantenido en silencio, ante la pregunta de si era conveniente hacer la remisión de los fondos''.

¿Aconsejaron o se mantuvieron en silencio? Fernández instruyó a su gente para mantener el silencio y lo planteó en público: “Voy a ayudar con el silencio''.

Hernán Lacunza, el ministro que ha recibido el legado de Nicolás Dujovne, parece haber comprendido que, a falta de un acuerdo explícito -obturado por las necesidades y los plazos electorales- él debe diseñar una diagonal que afronte los dramas del presente tomando en cuenta las comprensibles preocupaciones de quienes deberán hacerse cargo a corto plazo. Por ahora, para los que no se asustan con el barullo mediático, lo va logrando. Las medidas que adoptó Lacunza son discretamente aprobadas por el equipo de Fernández.

Al presentar su programa, el ministro sostuvo algo que el oficialismo no tuvo demasiado en cuenta a lo largo del período: ``Ningún Gobierno puede solo, menos en época electoral''. Esas palabras parecían una resonancia de otras, pronunciadas por Miguel Pichetto: "Solos no van a poder. Todos juntos es difícil. Reflexionen sobre la relación con la oposición política democrática. Reflexionen sobre los desafíos que tienen''. Las pronunció cuando conducía el bloque opositor en el Senado. Todavía tienen sentido.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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