Lunes, 11 Noviembre 2019 00:00

Alberto F. ¿pragmático u oportunista? - Por Carlos Berro Madero

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“Hay individuos que jamás se convencen de sus fracasos y creen que solo han intentado simplemente10.000 maneras de aplicar métodos que no resultaron eficaces”
- Thomas Alva Edison

 

Quizá esta frase humorística del genial inventor estadounidense resuma brevemente lo que significó el peronismo desde su nacimiento, porque para quienes fuimos testigos de la irrupción pública de Juan Domingo Perón, ésta resultó ser el comienzo de un verdadero terremoto provocado por un líder que combinó audacia y oportunismo político.

Por razones de espacio dejamos su análisis pormenorizado a historiadores y sociólogos, señalando sin embargo que el entonces coronel de la Nación arrancó su carrera política bajo el influjo de la fascinación que le produjeron las corporaciones fascistas de la Italia de Mussolini, durante la época en que fue agregado militar argentino en ese país antes del fin de la Segunda Guerra Mundial.

En sus diálogos con prosélitos de la época, solía poner esto en evidencia con gran énfasis.

En la distribución de “ramas corporativas” dispuestas por el fascismo del Duce, encontró una clave para afirmar su propio poder personal, que marcó la impronta de un líder omnipresente y todopoderoso que solía conceder favores discrecionales a troche y moche a quienes le rendían pleitesía.

Uno de sus métodos favoritos para disolver oposiciones, consistió en crear comisiones integradas por decenas de miembros variopintos que analizaban “in aeternum” las distintas posturas de los eventuales disidentes, y jamás llegaban a conclusiones que pusieran en jaque su poder por el mero paso del tiempo.

Así lo señaló alguna vez a un periodista que lo entrevistaba con un picaresco guiño de ojo: “cuando Ud. quiera que algo no se resuelva nunca, nombre siempre una comisión para que estudie la cosa” (sic).

La historia del movimiento justicialista, que dijo haber nacido para reparar ciertas carencias populares de la época, se caracterizó en realidad por la presencia de un jefe omnímodo que puso bajo su puño a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial a fin de que bailaran al compás de su verba autoritaria.

Mientras tanto, las masas populares se consustanciaron con un hombre que machacaba sus oídos con una lista interminable de los múltiples derechos que eventualmente les asistían por el mero hecho de haber nacido, sin mencionar jamás obligación alguna que debiesen prestar en reciprocidad.

En síntesis: un auténtico himno a la felicidad absoluta, que muchos otros países latinoamericanos han postulado como esencia del estado de bienestar popular “a cualquier costo” (sic), terminando en auténticas dictaduras con disfraz democrático.

Alberto F., mientras tanto, se define como pragmático y repite las mismas ideas sin ningún tipo de “aggiornamiento”, apareciendo más bien como un oportunista que otra cosa, mientras manifiesta su devoción incondicional por el movimiento multifacético que dice representar, después de haber recorrido un largo y sinuoso camino rindiéndole tributo a diferentes corrientes ideológicas antagónicas.

Su mutación no debe confundirse pues como una evolución del pensamiento, sino que marca la impronta de un individuo que demostró siempre su capacidad para saltar políticamente con la destreza de una liebre, de norte a sur y este a oeste.

En efecto, el nacionalismo, la UCEDE, Cavallo, Alfonsín, Menem, Kirchner y finalmente el más rancio kirchnerismo de Cristina -de quien en su hora dijo de todo menos bonita-, lo han tenido como devoto de ideas alternativas profesadas siempre con unción.

Como hubiera dicho de él Juan Carlos Altavista –el inolvidable Minguito Tinguitella-, “cualquier pilcha le queda bien” (sic).

Por ello, hoy luce más bien como un hombre que se despierta de un sueño en forma repentina, y tocado por la varita de un hada mágica (Cristina Kirchner), trata de contentar a quienes lo cercan, evitando al mismo tiempo cualquier interpelación inquisidora del periodismo que ponga en evidencia que no parece saber muy bien cómo salir del intríngulis en el que se ha metido.

Se lo ve como un niño al que le hubieran regalado un sofisticado juguete nuevo y pusiese cara de “yo me arreglaré para disfrutarlo y que no se rompa”, sin aceptar instrucción alguna al respecto de su funcionamiento.

Con su voz engolada solo parece oírse a sí mismo, repitiendo clichés que atrasan varios años, y oír lo que dice y cómo lo dice evita abundar en más detalles, porque con él parece revivir la letra de la popular canción de Carlos Gardel: “hoy un juramento, mañana una traición, amores de estudiantes, flores de un día son…”

Valentía, independencia, cordialidad e inclinación a hacer favores han embellecido siempre la figura de nuestros gauchos como señala con acierto el historiador estadounidense Joseph Paige. Y los peronistas cultivaron siempre ese perfil de características caudillescas.

El de las tertulias alrededor del mate corrido –amargo o dulce según el gusto de los comensales-, donde se trenzan los acuerdos y los recuerdos, que terminan en simplificaciones extremas de la vida en sociedad, resumidas en un apotegma que nadie podría contradecir jamás: que haya trabajo y vivienda digna para todos, “permitiendo que el domingo amanezca con buen tiempo y pueda celebrarse San Perón” (dicho popular).

El peronismo ha demostrado ser un movimiento ineficiente para lograr insertarnos en lo que podría denominarse como el club del progreso mundial, al cual hubiésemos podido acceder a principios del siglo XX por nuestra cultura y capacidad de trabajo, ya que siempre se caracterizó por embrollarnos con planes económicos distributivos que, cuando agotaban los fondos disponibles para sostenerlos, comenzaba a expoliar las actividades productivas poniéndolas bajo el control y vigilancia de consejos sociales creados para decidir sobre algún nivel de rentabilidad de las mismas que pudiera considerarse “excepcional” (sic).

Como consecuencia, todos los empresarios de nuestro país –grandes y pequeños-, quedaron frente a dos alternativas: evadir regulaciones trabajando al margen de la ley o asociarse al Estado peronista para recibir favores discrecionales.

Esto ha subsistido hasta el día de hoy y causa mucha gracia cómo distintos componentes de grupos rivales intestinos se acusan unos a otros de neoliberales o progresistas DENTRO DE LA MISMA BOLSA QUE PARECE CONTENERLOS A TODOS POR IGUAL.

La característica que mejor los define es la INEFICIENCIA Y SU LIGADURA CON LA CORRUPCIÓN. Porque es bien sabido que las regulaciones, cuando pasan a ser asfixiantes (como ocurre en todos los gobiernos justicialistas) conducen inexorablemente a ella.

Con honrosas excepciones, la mayoría de los dirigentes del justicialismo que pasaron por algún gobierno partidario salieron siempre ricos. Algunos hasta la obscenidad.

Con estos antecedentes de una historia que ha marcado a fuego la cultura popular de nuestra sociedad, se producirá ahora una alternancia en el mando ejecutivo de la administración del Estado, personificada nuevamente por… ¡el mismo peronismo de siempre!

El que terminó dejándonos más pobres y atrasados después de gobernar por más 50 años, y que desde 2015 hizo todo lo posible para complicar la tarea del gobierno de Cambiemos –que intentó reponer el orden republicano y ejecutar obras públicas largamente postergadas-, acechándolo con paros y presiones de corporaciones tradicionalmente antidemocráticas que desde el primer día pelearon a como diere lugar para el regreso de un magma gelatinoso que nos ha pegoteado durante años a la decadencia.

A la cabeza de él aparece hoy un abogado vestido según la moda de los 50, que habla con el lenguaje de los 50, sin haberse enterado, según evidencian sus dichos en discursos y entrevistas periodísticas, que estamos en el siglo XXI.

Un hombre que se abraza con Correa, Lula, Morales, López Obrador y todos los demagogos primos hermanos del peronismo “reparador” que han cometido (y cometen) muchos de sus errores característicos.

Que Alberto F. nos quiera convencer de que “hemos vuelto para ser mejores” (sic) resulta tragicómico, porque ¿quién puede asegurar que su Frente para “Todes” (sic) no chocará con la incapacidad ya demostrada proverbialmente por dirigentes que jamás pudieron asegurar en nuestro país un futuro social equilibrado, dedicándose a distribuir la riqueza sin ton ni son según criterios de dudosa razonabilidad?

¿Qué permite discernir que sean distintos, si en los distritos provinciales y municipales en los que gobiernan siguen aplicando aún hoy los mismos métodos dispendiosos con el fin de perpetuarse en el poder mediante reformas amañadas de las constituciones locales?

Con la cercanía de Parrilli y Grabois; Cristina y Bonafini; Manzur e Insfrán; Massa y Solá; Moyano y Sobrero, ¿es posible aceptar la validez de sus promesas sin verlas como fuegos de artificio “para la tribuna”?

Si usamos el sentido común y no nos dejamos llevar por ningún tipo de voluntarismo fantasioso, veríamos que se están abriendo nuevamente las puertas de lo que será un gobierno peronista tradicional. Con un grave inconveniente: las antiguas ramas corporativas del General Perón han mutado hoy en turbamultas de revolucionarios indisciplinados y esto volverá dramático cualquier intento para domesticarlas.

Muchos, son desprendimientos de aquellos a quienes el “león herbívoro” (Perón dixit sobre sí mismo), echó de la Plaza de Mayo en 1974 porque no convenían a sus fines personales, al comprender –demasiado tarde-, que su política extraviada y ambivalente había ido demasiado lejos.

Habrá que ver pues cuánto dura la credulidad de quienes suponen que un chancho puede convertirse en pájaro y volar hacia el cielo venciendo el obstáculo de su propia obesidad.

Lo que decimos es compartido por todos los observadores y analistas internacionales desapasionados que no salen de su asombro al ver nuestra obstinación en seguir atados a nuestro síndrome de Estocolmo vernáculo.

Porque estamos convencidos que NO EXISTEN LOS PERONISTAS REPUBLICANOS, como dicen algunos ilusos, ya que el sino del peronismo ES LA CONQUISTA DEL PODER y ninguna otra cosa. Solo existen EX PERONISTAS.

Es decir, individuos que pasaron por los jardines del movimiento y hoy, arrepentidos o avergonzados, no saben bien cómo identificarse para mantener su vigencia sin ser estigmatizados.

Confesamos pues que compartimos lo que señaló alguna vez Edison y figura como encabezamiento de estas breves reflexiones, agregando, por supuesto, que LA CULPA NO LA TIENE SOLAMENTE EL CHANCHO, SINO TAMBIÉN QUIEN LE DA DE COMER.

A buen entendedor, pocas palabras.

Carlos Berro Madero
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