Jueves, 12 Diciembre 2019 00:00

El movimiento se demuestra andando – Por Vicente Massot

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Si hubiese que elegir una frase que hiciese las veces de resumen y compendio de la Argentina, no habría dudas al respecto. Por extraño que pudiera parecerle a muchos, la elegida sería aquella que, a principios de la década de los sesenta del pasado siglo, identificaba a la célebre serie televisiva de ciencia ficción denominada “La Dimensión Desconocida”.

 

Cada siete días, y antes de comenzar el programa, a quienes ansiosos esperábamos una nueva entrega del ciclo en blanco y negro se nos recordaba que “todo es posible en la dimensión desconocida”. La cita viene a cuento del ensayo que, a partir de este martes, protagoniza el Frente de Todos.

Algo absolutamente inédito que transparenta hasta dónde la realidad resulta -como reza el dicho popular- más rica que la ficción. Tenemos un presidente elegido por su vice. Primer dato difícil de hallar en otras partes. Pero, además, habrá una cohabitación del presidente y del vice -que no piensan lo mismo- dentro de un espacio político en donde uno y otro se han repartido el poder. Segunda característica inusual, por decir lo menos.

A lo que corresponde adicionarle un hecho, nunca antes visto entre nosotros: el de un peronismo subido al gobierno, sin plata. Sumados, los tres no ponen al descubierto una tara congénita.

Lo expresado más arriba es sólo una descripción acerca de nuestras rarezas, no una crítica anticipada de la administración entrante.

Dejemos de lado las expresiones de compromiso y los discursos políticamente correctos. Creer -por ejemplo- que el comportamiento amical de Mauricio Macri y Alberto Fernández en la Misa oficiada en Luján preanuncia el comienzo del fin de la famosa grieta, o ilusionarse por el pedido de los obispos acerca de la necesidad de hacer de lado los odios, representan formas tontas de perder el tiempo.

Aun si la viuda de Kirchner se hubiese hecho presente en la famosa basílica -a los efectos, al menos, de salvar las apariencias- no habría razón para alentar esperanzas de una masiva reconciliación nacional o cosa semejante.

Es cierto, no habrá un Ministerio de la Venganza, pero es fácil advertir que los púdicos llamados a portarse con compostura y las promesas de bregar juntos por el bien de la Patria -que se han cruzado, en estas horas, los que perdieron y los que ganaron en las elecciones- son sólo palabras de ocasión. Nadie se va a matar y no hay motivos serios para pensar que se abatirá sobre el antiperonismo una persecución descarnada. Al mismo tiempo, las posiciones seguirán siendo irreconciliables.

El lapso de los discursos floridos o vitriólicos, capaces de suscitar expectativas y de seducir a los votantes, ha culminado. No sólo en razón de que a un gobierno se lo juzga por los hechos que genera y por el éxito y fracaso de las políticas públicas que decide llevar adelante sino también porque -en una situación como la actual- cuanto se espera de Alberto Fernández son resultados concretos. El movimiento, después de todo, se demuestra andando. En este orden de cosas, pues, es menos importante pasar revista con lujo de detalles a la conformación del gabinete conocido el viernes pasado que el tener en claro los desafíos a los cuales deberá enfrentar la administración kirchnerista.

En cuanto a los hombres y mujeres que acompañarán al presidente hay de todo como en botica. Están los importantes -Santiago Cafiero, Martín Guzmán, Eduardo De Pedro, Felipe Solá- y los intrascendentes -Agustín Rossi, Elizabeth Alcorta, Tristán Bauer. Figuran los íntimos de Alberto Fernández -Marcela Losardo, Vilma Ibarra, Julio Vitobello- y los cristinistas -Sabina Frederic, Juan Cabandie, Carlos Zannini. Los que tienen sobrada experiencia en las carteras a su cargo -Ginés González García, Gustavo Béliz, Daniel Arroyo- y los que -como el flamante ministro de Economía- debutan en la función pública.

Es un conjunto de funcionarios y no un equipo homogéneo. Lo cual no significa que algunos de sus integrantes no le respondan a quien los convocó. Lo que significa es que vienen de tribus, centros de estudios, carpas ideológicas y partidos diferentes; y, por lo tanto, deberán acostumbrarse a trabajar mancomunadamente a partir de hoy.

Está claro que en la etapa que se inicia -a semejanza de tantas otras en el curso de los últimos setenta años- el mayor peso de la gestión recaerá sobre el responsable de la cartera de Hacienda. Alberto Fernández podrá afianzarse hacia adentro del Frente de Todos y hacia afuera del oficialismo en la medida que acierte con la receta económica, de cuyos fundamentos hemos comenzado a enterarnos luego de escuchar su discurso de asunción.

Y, si bien es demasiado temprano para hacer un juicio de valor y mucho menos para dar una opinión respecto del rumbo elegido, hay una realidad que resulta imposible de obviar: de cómo se negocie el tema de la deuda y de cuáles sean las facilidades que eventualmente se le extiendan al país dependerá, en buena medida, la suerte del gobierno.

Aun cuando la aseveración suene tremendista, no lo es. La condición necesaria -aunque ciertamente, no así la suficiente- para que la nueva administración arranque con el pie derecho, es que las reuniones ya comenzadas con los miembros del Fondo Monetario Internacional y las aun no iniciadas con los tenedores de las diversas especies de bonos bajo legislación extranjera lleguen a buen término en un plazo breve - de tres meses, poco más o menos- de manera que la Argentina pueda postergar amigablemente los pagos de capital e intereses de la deuda.

Si las negociaciones se estancasen, o si lisa y llanamente fracasasen, la situación se tornaría explosiva. Fuera del mundo, en default y sin mercados a los cuales recurrir, las únicas medidas a la vista serían echar mano a la máquina de imprimir billetes o lanzar un plan de ajuste brutal. El primer camino nos llevaría a una estampida inflacionaria que nos acercaría peligrosamente al abismo de la hiper mientras el segundo convertiría al país en un polvorín social.

Con base en estas consideraciones, un arreglo amistoso luce necesario. Tal como están fijados los vencimientos, no hay ninguna chance de que la Argentina pueda pagarlos en tiempo y en forma. Eso lo saben el Fondo Monetario, Wall St. y los mercados en general.

En el contexto subcontinental, agregarles un default rioplatense a los problemas que sobrellevan con enormes dificultades Chile y Bolivia -para citar los dos casos más graves- es un escenario que no desearía contemplar la siempre decisiva diplomacia de Washington. Por insignificante que seamos en términos internacionales, y aunque se nos considere en muchos aspectos un caso perdido, a Donald Trump no le conviene en el año de las elecciones presidenciales norteamericanas una crisis extendida en el sur del continente. Las consecuencias no queridas de los conflictos latentes en el país trasandino y en el altiplano pueden, así, resultarle a la Argentina una ayuda impensada.

Más allá de sus diferencias -las que tampoco deben agrandarse demasiado- tanto Alberto como Cristina Fernández conocen el terreno que pisan y cuáles serán los riesgos que afrontarán si, en el transcurso de las negociaciones de Martín Guzmán y sus colaboradores con los tenedores de bonos y el FMI, cometiesen la enorme torpeza de pelearse. Hay poco espacio para que ello ocurra. Ninguno de los dos elegiría suicidarse y está claro que la jefa indiscutible del Frente de Todos no ha querido involucrarse en el manejo diario de la cosa pública. Esa será una responsabilidad exclusiva del presidente que -consciente de la misma- ha elegido a personas de su confianza para ocupar los cargos relevantes del gabinete.

Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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