Domingo, 15 Diciembre 2019 00:00

Nuevo gobierno y frentes de tormenta - Por Jorge Raventos

Escrito por 
Valora este artículo
(1 Voto)

 

El nuevo período presidencial se inicia determinado por la política internacional, una circunstancia que subraya el rol que deberá cumplir el flamante canciller, Felipe Solá tanto como los responsables de la economía, Martín Guzmán y Matías Kaufas.

 

De Morales a Arturo Frondizi

El gobierno de Alberto Fernández tomó la decisión (una de las primeras de su período) de dar refugio en el país a Evo Morales. Ese gesto tuvo, aparentemente, cierto costo en la relación con el gobierno de Donald Trump: el funcionario Mauricio Claver -republicano cubano-americano que se ocupa en la Casa Blanca de las políticas para América Latina- no quiso permanecer en Buenos Aires tras enterarse de que Evo sería acogido en Argentina y también de que el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, y un vicepresidente chavista, Jorge Rodríguez, formaban parte de la lista de huéspedes oficiales a la transmisión de mando. Ciertos analistas que suelen denunciar hipotéticas o reales censuras de Cristina Kirchner sobre cursos de acción pensados por Fernández comentaron en cambio con notable condescendencia la pretensión de Claver de intervenir la lista de invitados del gobierno argentino.

Si bien es cierto que el nuevo gobierno deberá afrontar acuciantes negociaciones sobre la deuda y necesita la mejor disposición posible de Washington, de allí no habría que inferir que deban naturalizarse intenciones satelizantes.

En contradicción con el gobierno de Trump (y con el de Jair Bolsonaro y también, vale decirlo, con el que presidía Mauricio Macri), el de Alberto Fernández considera que Evo Morales, presidente legítimo de Bolivia, fue desplazado por un golpe de estado. No considera un argumento en contrario el hecho de que Morales no haya sido reemplazado por los jefes militares que le “aconsejaron” que renunciara sino por una legisladora. Argentina tiene un amplio registro de episodios golpistas y uno de ellos -el que depuso a Arturo Frondizi en marzo de 1962- tiene rasgos semejantes al golpe boliviano: a Frondizi no lo sucedió el grupo militar que primero le “aconsejó” que renunciara y ante su negativa lo tomó prisionero y lo trasladó en esa condición a la isla Martín García, sino por el presidente provisional del Senado, José María Guido. Esta circunstancia no ha impedido que el desplazamiento de Frondizi sea considerado un golpe de estado.

Frondizi entonces, como Morales actualmente, podía ser considerado responsable de muchos pecados políticos: llegó a la presidencia en condiciones de proscripción del peronismo, anuló elecciones, etc. Pero esos pecados no legitimaron su derrocamiento. Tampoco disminuyen el carácter golpista del desplazamiento de Morales las arbitrariedades electorales que se le atribuyen a éste, que podían resolverse con elecciones limpias monitoreadas por instancias regionales e internacionales, pero no por un golpe.

El estímulo de Bergoglio

Alberto Fernández ha decidido sostener esa posición dando refugio a Morales y desconociendo legalidad a las autoridades de facto que lo han sustituido. Ciertamente asume riesgos y responsabilidades al inicio mismo de su gobierno: entre otros compromisos, deberá custodiar la seguridad de Morales en el país en un momento en que sus políticas destinadas a las organizaciones de inteligencia probablemente generen una suelta de gente letalmente descontenta. También tendrá que hacer cumplir al refugiado los compromisos que éste asumió en relación con su intervención en la política boliviana.  

En las vísperas de su despedida, desde la cumbre del Mercosur que hospedó Jair Bolsonaro, Mauricio Macri le recomendó a su sucesor que reconociera al gobierno boliviano que regentea Jeanine Añez. Fue un último gesto de grieta. Podría decirse que la transición entre el gobierno de Macri y el de Fernández recién encontró su tono definitivo el domingo 8 de diciembre, frente a la Basílica de Luján, adonde ambos presidentes -el saliente y el entrante- llegaron convocados por la Conferencia Episcopal, a participar en una misa “por la unidad y la paz”. También estaba presente Roberto Lavagna -candidato de la tercera fuerza electoral y hombre de reserva del sistema político-; no concurrió la entonces vicepresidente electa, Cristina de Kirchner.

Hasta ese día, Fernández y Macri llevaban semanas de relación no solo fría sino virtualmente nula. No se registraban encuentros entre los ministros en funciones y quienes serían sus reemplazantes (en parte porque Fernández preservó hasta última hora los nombres de ministros importantes). Cuando las reuniones se producían ambas partes parecían interesadas en no hacerlas conocer, como si tuvieran instrucciones en ese sentido.

El sábado 7, el macrismo más activo despidió al todavía presidente con una manifestación significativa en la Plaza de Mayo: no sólo le agradecía a Macri su gestión, sino que expresaba por anticipado su sospecha ante el gobierno que lo sucedía y su voluntad de enfrentarlo tan pronto considerase medianamente confirmadas esas sospechas.

La ceremonia de Luján disipó en buena medida esa atmósfera. El arzobispo de Mercedes- Luján, monseñor Jorge Eduardo Scheinig, a cargo de la misa, pidió "volver a dialogar”, exhortó a "no caer en la tentación de querer destruir al otro”, reclamó “una cultura del encuentro" y trabajar por la unidad nacional. "No se trata de una unidad homogénea o hegemónica -dijo-, sino de una unidad necesaria para construir el país deseado y salir del laberinto en el que nos encontramos. Estamos agotados de tantos desencuentros y peleas". Macri y Fernández atendieron el mensaje, se dieron la paz, se mostraron juntos con naturalidad, se saludaron cordialmente. Estaban creadas las condiciones para que las delicadas situaciones del cambio de mando quedaran encaminadas por la vía de la normalidad.

Muerto el rey, viva el rey

El ritual de la Asamblea Legislativa desmintió, en principio, las conjeturas suspicaces de algunos analistas y de parte de la opinión que ahora se ubica en la oposición. El único instante en que las buenas formas se desencastraron fue ese en el que la vicepresidente Kirchner prefirió no cruzar la mirada con Macri y desmerecer el saludo del presidente que se iba. Ese gesto de CFK quedó minimizado por la actitud cordial de Alberto Fernández (y de Sergio Massa) hacia Macri, a quien ayudaron a atravesar una situación incómoda y seguramente dolorosa que coronaba la derrota sufrida en octubre. El Frente de Todos tiene su propia diversidad.

El acto de asunción dejó muchos otros signos. Desde el ingreso mismo al Congreso, Fernández expuso una actitud de cordialidad hacia el adversario político que sintonizaba naturalmente con lo que la Iglesia solicitó en Luján. La imagen del presidente electo empujando la silla de ruedas de Gabriela Michetti ilustró ese talante tanto como la posterior cordialidad ante Macri.

Un detalle quizás casual, que tiene una lectura política: Fernández llegó hasta el umbral del recinto donde ya estaba reunida la Asamblea junto a Michetti y a Cristina Kirchner, pero no atravesó las cortinas con ellas. La aparición de la vicepresidente electa fue ovacionada, como era de esperar. Fernández todavía se demoraba y debió ser convocado nuevamente por Michetti a través de los parlantes. Recién entonces ingresó el mandatario electo: solo, sin compañía. El aplauso que lo recibió (como el cantito “Presidente/ Alberto presidente”) no fue prestado, ni compartido. Vaya uno a saber qué fue lo que postergó a Fernández ese ratito anterior a su entrada en escena, pero el resultado fue un primer hito de distinción, más allá de su apariencia involuntaria.

Otro hecho: el interés con el que la señora de Kirchner -sentada unos centímetros a la izquierda de Fernández- se anticipaba de reojo a la lectura del mensaje del ya Presidente en ejercicio, evidenciaba con elocuencia que ese discurso no había sido consultado con ella como habían aventurado algunos cronistas precipitados.

Tiene su miga, también, que Fernández haya abierto y cerrado su discurso citando a Raúl Alfonsín (nombró también a Néstor Kirchner, a Juan Perón, así como a dos próceres liberales: Sarmiento y a Alberdi, al “querido Papa Francisco” y también a su maestro, Esteban Righi): esbozaba un croquis de la amplitud de los diálogos que busca para darle sustento a su gobierno y a los acuerdos básicos para políticas de estado que se sostengan en el tiempo. También mostraba con esas señales que no viene a imponer una cultura de facción, sino a estimular un intercambio respetuoso entre distintas corrientes de opinión que -considera Fernández- tienen algunos denominadores comunes y pueden convivir en la diferencia.

La lógica del equilibrio

El discurso fue una pieza destinada a generar confianza y -simultáneamente- a marcar un límite firme a la siembra de sospechas que vaticinan que su gobierno será una repetición de los aspectos más negativos del cristinismo. Fue también un primer test sobre la posibilidad de contener lo que expresa su vicepresidente en un conjunto más amplio y con una visión plural y no confrontativa, diferente inclusive en el estilo. de la que, entre otras cosas, determinó en 2015 la derrota del peronismo. “Sobriedad en la palabra y expresividad en los hechos”, prometió. “No hay lugar ni para los dogmas mágicos ni para las pujas sectarias”, insistió. Y también:” No cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro (...) Quiero ser capaz de corregir mis errores, en lugar de situarme en el pedestal de un iluminado (...) Quiero ser el Presidente capaz de descubrir la mejor faceta de quien piensa distinto a mí. Y quiero ser el primero en convivir con él sin horadar en sus falencias”. A buen entendedor, pocas palabras...

El discurso de la Asamblea Legislativa puso un acento fuerte en las prioridades que fija la emergencia (“hay que empezar por los que están más abajo (...) Los marginados y excluidos de nuestra Patria -afirmó-, los afectados por la cultura del descarte, no sólo necesitan que le demos con premura un pedazo de pan al pie de nuestra mesa. Necesitan ser parte y ser comensales en la misma mesa. De la mesa grande de una Nación que tiene que ser nuestra “casa común”.

El equilibrio es un concepto importante en la visión de Fernández. La política contra el hambre está guiada por el criterio de equilibrio social, al que atribuye prioridad. También se plantea un criterio de equilibrio territorial: expresión de un federalismo actualizado: “un criterio federal innovador, en clave productiva y social, más allá de lo meramente fiscal”.

Y equilibrio para resolver lo más duro de la herencia recibida: el endeudamiento. “Los muertos no pagan”, había dicho Kirchner. “Macri dejó al país en virtual default”, afirma Fernández. Pero el país quiere pagar, aunque no está en capacidad de hacerlo sin crecer. “Buscaremos una relación constructiva y cooperativa con el Fondo Monetario Internacional y con nuestros acreedores”.

Deuda y retenciones

Las primeras explicaciones del flamante ministro de Economía, Martín Guzmán, el miércoles 11, obtuvieron buenas calificaciones del mercado, aunque, naturalmente, no aclaró todavía más que criterios generales. Es temprano para pedirle más. Pero el tiempo no sobra.

Fernández ha pedido la comprensión de los sectores que están mejor establecidos. En primer lugar, del campo. Pero empieza a recibir una respuesta de dientes apretados cuando toma su primera medida referida a las retenciones. El gobierno no aumentó el porcentaje del gravamen: dejó vigente el que estableció un decreto de Macri de septiembre de 2018. Lo único que hizo fue anular un tope de 4 por ciento por dólar que establecía un artículo de aquella norma. Se supone que las devaluaciones sufridas en los últimos quince meses compensan la eliminación del tope. Los productores no creen eso y han empezado a expresar su reacción. Un frente de tormenta.

La ciénaga

Fernández planteó varias reformas más de fondo en su discurso, en la esfera de la Justicia y de los servicios de inteligencia (ese “sótano”, esa “ciénaga”). Allí el Presidente insinuó una épica, para la cual tomó prestado el “Nunca más”, de Alfonsín: se trata -expuso- de terminar con “una justicia contaminada por servicios de inteligencia, operadores judiciales, procedimientos oscuros y linchamientos mediáticos. Nunca más a una justicia que decide y persigue según los vientos políticos del poder de turno. Nunca más a una justicia que es utilizada para saldar discusiones políticas, ni a una política que judicializa los disensos para eliminar al adversario de turno”.

Y subrayó: “Lo digo con la firmeza de una decisión profunda: Nunca más es nunca más”.

Fernández no ignora que el tema de la Justicia puede no ser una prioridad de las mayorías electorales, pero es una urgencia para la Argentina: una nación no puede existir sin ofrecer seguridad jurídica, una sociedad no puede convivir si los principales tribunales son una cinchada permanente entre facciones de poder e intereses creados.

También sabe que la atmósfera generada en la última década ha agravado las circunstancias y que una de sus consecuencias infecciona con sospechas su gobierno recién nacido, ya que en esos tribunales que han caído en el descrédito y que él hoy se propone reestructurar se libran batallas que incluyen a su vicepresidente, accionista electoral mayoritaria de la coalición política que lo llevó a él a la Casa Rosada. “Fernández tiene la misión de evitar condenas de CFK”, aventuran los (y las) analistas que se rinden ante el prejuicio. Como parte del Nunca Más que comprometió ante la sociedad u la Asamblea Legislativa al asumir, Fernández formuló un criterio del que no podría evadirse sin pagar un precio político: “Queremos una Argentina donde se respeten a rajatabla la Constitución y las leyes. Queremos que no haya impunidad, ni para un funcionario corrupto, ni para quien lo corrompe, ni para cualquiera que viola las leyes. Ningún ciudadano por más poderoso que sea está exento de la igualdad ante la ley. Y ningún ciudadano, por más poderoso que sea, puede establecer que otro es culpable si no existe debido proceso y condena judicial firme”. Si de los laberintos se sale por arriba, habrá que ver si de los dilemas políticos y jurídicos se sale adhiriéndose con firmeza a procedimientos.

La plaza y Cristina

Después de verse limitada en la ceremonia de la Asamblea Legislativa a ceder la palabra al Presidente, Cristina Kirchner tuvo su oportunidad de micrófono desde el palco situado al pie de la Casa Rosada el 10 a la noche. Allí se la vio dialogando con su público, con un estilo siempre eficaz que, sin embargo, el tiempo ha empujado un poco al límite de la sobreactuación. La señora de Kirchner instruyó en público a Fernández sobre las virtudes del pueblo movilizado, sobre el amor incondicional que éste reserva para quienes considera sus héroes, y le recomendó al Presidente que confíe en el pueblo “más que en lo que pueda escribir un diario”. Fue un esfuerzo poco velado de recordar su jefatura.

¿Acaso Fernández la había desafiado en ese sentido? Podría afirmarse lo contrario, si se quiere: en la Asamblea Legislativa elogió “la generosidad y la visión estratégica que nuestra vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, ha expresado en este tiempo de la Argentina”. Aunque (o porque) Alberto Fernández ha leído a Goethe (“lo que te ha sido dado, conquístalo para poseerlo”), quien espere que él inicie una pelea con la señora de Kirchner deberá armarse de una paciencia infinita: él quiere ser el presidente de una coalición muy amplia, no el líder del kirchnerismo.

¿Y al revés? Mientras el gobierno de Fernández no cometa errores gravísimos o se compruebe un fracaso catastrófico en las búsquedas económicas que intentará, cualquier pelea de la señora de Kirchner con él sería un entredicho de una vicepresidente con su presidente. En esos casos, las instituciones tienen reflejos condicionados.

Jorge Raventos
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Visto 169 veces

Fundado el 4 de agosto de 2003

Top
We use cookies to improve our website. By continuing to use this website, you are giving consent to cookies being used. More details…