Viernes, 28 Febrero 2020 00:00

La anarquía del año 20 - Por Omar López Mato

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Después de los fracasos monárquicos de Pueyrredón, del rechazo de la constitución unitaria de 1819 y la derrota de Rondeau (que no contó con el apoyo de las tropas que San Martín había llevado a Chile) las fuerzas artiguistas de Estanislao López y Pancho Ramírez entraron a Buenos Aires gracias a la mediación de Sarratea que hizo posible el Tratado de Pilar, evitando un mayor derramamiento de sangre.

 

Sin embargo, el país quedó sin gobierno central. Cada provincia cayó bajo el mandato de sus propios gobernadores/caudillos y Buenos Aires buscó arduamente como organizarse de acuerdo a sus posibilidades. Los porteños vivieron el día de los 3 gobernadores, el mismo día que Belgrano moría exhalando con su último aliento un doloroso “Ay patria mía”.

Entre los federales las cosas no fueron mas ordenadas. Artigas le recriminó a su lugarteniente Pancho Ramírez haber actuado por cuenta propia sin considerar sus órdenes de lograr el apoyo necesario para recuperar la Banda Oriental de mano de los lusitanos. Ramírez se rebeló contra su antiguo jefe y protector, haciendo que Artigas, después de una serie de derrotas elija refugiarse en el Paraguay.

Pocos meses más tarde Estanislao López lucía la cabeza de su antiguo aliado en el Cabildo de Santa Fe. Las diferencias y mutua desconfianza los condujo a un enfrentamiento que terminó cuando El Supremo Entrerriano se batió en inferioridad de condiciones contra las tropas de López para rescatar a su amante, la Delfina.

El país se desmembró, ya no se respetaba la organización colonial. Fue así que San Luis se separó de Cuyo el 26 de febrero de 1820, y el 1ro de marzo se separaron La Rioja de Córdoba y San Juan de Mendoza. El 19 de marzo Bustos fue elegido gobernador de Córdoba. El 17de abril Santiago del Estero se separó de Tucumán. El 19 de mayo Tucumán, que incluía Catamarca, proclamó su autonomía. El 3 de Julio Tomás Godoy Cruz fue elegido gobernador del estado autónomo de Mendoza. En 1821 Catamarca se independizó de Tucumán (25 de agosto) y Corrientes declaró su autonomía el 12 de octubre. Pero si bien las provincias proclamaban sus autonomías todas ellas manifestaban su deseo de seguir perteneciendo, en confederación al mismo Estado.

Como ejemplo de ello los santiagueños, al separarse de Tucumán, declararon el 27 de abril que: “no reconoceremos otra soberanía ni superioridad sino la del Congreso de nuestros coestados, que va a reunirse para organizar nuestra confederación que esperan se haga según el sistema provincial de los Estados Unidos de América del Norte”. En cambio, la meta de Buenos Aires será el trabar, por todos los medio posibles, este unánime deseo de las provincias de unirse en un Congreso que establecería un régimen republicano y federal para la Nación. Inglaterra y la masonería apoyarán discretamente las tendencias divisionistas de los porteños.

La mayor parte de la intelectualidad argentina (de filiación unitaria) fue perseguida, debió exiliarse o cayó prisionera. Tanto el Partido Federal como el unitario quedaron acéfalos por un tiempo. Sus futuros jefes, Dorrego y Rivadavia, estaban fuera del país, el primero exiliado en EEUU y el segundo vivía en Europa. Ambos traerían nuevas ideas que tratarán de imponer oportunamente. Durante el luctuoso año 20, se amplió el espectro político: unitarismo, monárquicos, artiguismo, federalismo, confederación, democracia (limitada), y autoritarismo (que busca quitarse todo limite).

A todo esto, debemos sumar los proyectos individuales de Alvear, los hermanos Carrera maloneando por las Provincias Unidas y Sarratea, esa especie de Maquiavelo porteño que abrazó sucesivamente las causas morenistas, las intenciones monárquicas (estuvo a punto de secuestrar a un príncipe español para gobernar estas tierras), el federalismo porteñista y por último el rosismo, que representó como diplomático.

El orden se volvió a imponer en Buenos Aires gracias a la figura de un conocido estanciero, hijo rebelde de una familia muy respetada, que impuso el orden al frente de sus gauchos vestidos de rojo punzó.

A diferencia de muchos amigos de la infancia que abrazaron la carrera de las armas para luchar por la independencia, el ahora llamado Restaurador de las Leyes, se había dedicado esa primera década de gobierno patrio a consolidar una fortuna personal que crecería en los años venideros gracias a la enfiteusis rivadaviana y el próspero negocio de los saladeros como proto-industria nacional.

La anarquía del año 20 atrasó la organización de la nación. A pesar de ser Argentina la primera colonia española en independizarse fue la última en tener una constitución duradera (La de 1826 fracasó con la caída de Rivadavia, y la de 1853 no se aplicó en todo el país hasta 1863 cuando Buenos Aires, se reintregró a la   entonces llamada Confederación Argentina)

Doscientos años más tarde, el país… ¿se encuentra frente a una nueva anarquía? Por lo menos podemos afirmar que está ante una dicotomía del poder. En estas pocas semanas se han alzado voces disonantes, no solo desde la oposición (que carece de una conducción organizada) sino desde el mismo gobierno, donde las discrepancias entre el albertismo, el cristianismo y otras corrientes aparentemente aliadas (piqueteros, Quebracho y los supuestos presos políticos – o políticos presos), no auguran un futuro promisorio.

Las discusiones en torno del manejo de la deuda, los criterios diferentes sobre lo que es un preso político, los vínculos cada día más erráticos con la justicia (¿habrá una nueva constitución? ¿con que criterio se elegirán los jueces?), las presiones sobre los jubilados, las discrepancias con los sindicatos y la falta de un plan económico viable (o acaso inconfesable) atentan contra la conducción unificada. Que esto podía acontecer era previsible o al menos probable, lo sorprendente es que haya ocurrido tan pronto este ya indisimulable fraccionamiento.

El albertismo se abrió a un diálogo con los mercados internacionales mientras pasaba la gorra y, a su vez, se ha reunido con personajes de todo el espectro político, haciendo malabares para sostener la situación. Mal que mal sabía que este era su futuro.

Mientras tanto Cristina del silencio obligado y los saludos con cara de asco, ha pasado a expresar con todas las letras que acá hubo vencedores y vencidos y que estos solo pueden esperar desprecio y retaliación. No hay una palabra de arrepentimiento ni una propuesta de enmienda, el “vamos por todos”, reclama la cabeza de los enemigos. Como un depredador al acecho espera el momento adecuado para saltar a la yugular. No solo busca venganza, ella sabe muy bien que, si no destruye al enemigo, si no le da un escarmiento ejemplar, volverán sobre ellas y sus cachorros.

Como hace 200 años, los protagonistas no están a la altura de las circunstancias. Entonces se entró en uno de los periodos mas confusos y difíciles de interpretar de nuestra historia. Hoy corremos el peligro de encontrarnos con esa misma falta de adecuación y perdida de grandeza para resolver las diferencias entre compatriotas.

En definitiva, no aprendemos de nuestros errores del pasado e insistimos en repetirlos con una mayor vehemencia casi suicida.    

 

Omar López Mato
Médico y escritor
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