Jueves, 05 Marzo 2020 00:00

Dependemos de otros - Por Vicente Massot

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Si del reciente discurso pronunciado por Alberto Fernández con el propósito de abrir las sesiones ordinarias del Congreso Nacional se expurgan las vaguedades harto conocidas -propias de todos los presidentes que alguna vez pasaron por el mismo lugar-, las mentiras disfrazadas para que no se note demasiado el engaño, y los temas que se descontaban que el presidente iba a tratar, lo que queda es un texto del montón, sin miga ni vuelo.

 

Esto que podría entenderse como una crítica al actual oficialismo, en realidad no lo es. Básicamente en razón de que nadie espera que el 1º de marzo los anuncios sean relevantes. Tal cual quedó expuesto antes, siempre hay afirmaciones que -de tan obvias- parecen tontas; otras que están hechas para escuchar los aplausos de las galerías copadas por los militantes y los legisladores del mismo palo; y, por fin, aquellas que desde tiempo atrás eran un secreto a voces ¿Quién podía ignorar, a esta altura del partido, que estaba en carpeta un proyecto de ley redactado a los efectos de legalizar el aborto; que se crearía un Consejo Económico y Social, y que en la Casa Rosada la decisión se hallaba tomada respecto de licuar el poder de los jueces de Comodoro Py?

No es curioso, pues, que el jefe del Estado no haya dicho nada novedoso. Sorprendente sería que -a diferencia de la totalidad de sus predecesores- Alberto Fernández hubiese hecho pública una serie de medidas pormenorizadas en la materia más importante que tiene entre manos y de la cual dependerá la suerte de su gestión: la economía. Hasta tanto no se cierre un acuerdo con el Fondo Monetario y los bonistas, vamos a tener que andar a tientas, con paso vacilante, sin saber a qué atenernos en punto a la letra fina del plan que -si acaso existe- no lo conocemos ni conoceremos en el corto plazo.

Al gobierno, la falta de ese instrumento que le reclaman los mercados no le quita el sueño. Su lógica tiene poco en común con la de quienes insisten en que las inversiones requieren un marco institucional estable y confiable y un libreto -por llamarle así- en donde quede planteado cuál será el derrotero que imagina el gobierno y cuáles los instrumentos de los que se servirá para cumplir con las metas propuestas.

Al kirchnerismo la opinión de los mercados le interesa según sean las circunstancias que enfrenta. Es cierto que ni a Alberto Fernández ni a sus colaboradores más íntimos se les escapa la diferencia hallable entre la situación en la que pudo moverse el santacruceño a partir del año 2003 y la que ahora enfrentan ellos. No hay comparación entre una y otra, además de la diferencia en la relación de fuerzas: en aquel entonces, fue ampliamente favorable a la administración de la que el actual presidente formó parte en calidad de jefe de gabinete. Hoy les es desventajosa. Pero, así y todo, en Balcarce 50 están convencidos de que el FMI no se encuentra en condiciones de exigir demasiado y de tensar la cuerda en exceso. Si hubiese que ponerlo en términos simples, sería pertinente decir que en la debilidad el kirchnerismo ha creído encontrar su fortaleza. El default argentino no le conviene a nadie. Es con base en esta convicción que negocia Martín Guzmán.

Lo que se deja ver en su estrategia es la vieja práctica, exitosa en determinadas ocasiones -y a veces, bueno es recordarlo, ruinosa- de patear la pelota hacia adelante mientras se intenta consolidar el flanco más débil. En este caso particular, la pelota vendría a ser el plan; y el flanco más expuesto, la deuda. En la óptica de quienes tienen la responsabilidad de gobernar, aquél es accesorio y ésta es crucial. ¿Se equivoca el oficialismo al actuar de esa manera, con arreglo a semejante orden de prioridades? La pregunta no tiene, de momento, respuesta. No hay nadie en condiciones de afirmar si el curso de acción elegido por Alberto Fernández es el indicado. Al mismo tiempo, resulta necesario tomar conciencia de que estamos en zona de riesgo, más allá de los aciertos o pifias gubernamentales.

En las últimas semanas el mundo se ha complicado, de un día para otro, de manera seria. Si bien el número de infectados -90.309- y de muertos -3.200- por obra del coronavirus luce todavía menor, las consecuencias que ha tenido sobre la economía mundial son funestas. Para un país como la Argentina -intrascendente en términos del comercio internacional y de nula importancia geopolítica y estratégica- un contexto como el que se recorta en el horizonte planetario resulta una pésima señal. No hay análisis que hoy no ajuste a la baja las previsiones de crecimiento de la economía mundial. En tal contexto, naciones interconectadas con China por su rol exportador de commodities se verán afectadas. Clemente de Metternich dijo en cierta ocasión que cuando Francia estornudaba, Europa se resfriaba. Parafraseando libremente al notable canciller austriaco, correspondería sostener: si China se enferma el mundo tiembla.

Néstor Kirchner hace diecisiete años pudo hacer lo que le vino en gana porque el precio de la soja fue, durante una década, excepcional. Alberto Fernández, en cambio, carece de todas las ventajas que entonces acreditó su querido maestro. Recurriendo a un ejemplo futbolero, para alzarse con el campeonato de la Superliga el director técnico de River Plate, Marcelo Gallardo, en la conferencia de prensa que ofreció el sábado a la noche, luego del pobre empate de su equipo con Defensa y Justicia, no faltó a la verdad y rescató el hecho de que, malgrado el resultado del encuentro, su equipo, faltando una fecha, dependía de sí mismo. El presidente de la Nación, muy a su pesar, nunca podría sostener lo mismo. Como pocas veces en las últimas décadas, la Argentina depende en buena medida de otros para salir adelante.

Con la siguiente particularidad, que el actual gobierno parece no entender cabalmente: será difícil -por no decir imposible- generar un superávit fiscal sustentable, que transforme en creíbles las promesas de repago de la deuda hechas al FMI y a los bonistas, si -conforme a lo anunciado por el titular de la cartera de Hacienda- no habrá ajuste fiscal hasta el año 2023. Sobre la base del crecimiento del gasto público y una abusiva carga impositiva, estaremos condenados a la trampa de la recesión.


Vicente Massot

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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