Jorge Fernández Díaz

Jorge Fernández Díaz

 

La codicia nos vuelve burdos. "Quiero una guita por mes", susurra el periodista, y el ministro de la gobernación traga saliva: "No sé de qué me estás hablando". Toman café en un bar de La Plata, y el periodista es una estrella de la televisión; le preocupa, como a todos, el déficit fiscal.

 

 

La latrofobia es ese miedo intenso e irracional, de carácter enfermizo, según el cual una persona teme acudir al médico, someterse a los análisis y descubrir una posible patología. Una gran parte de nuestro pueblo se intuye enferma, pero rechaza los tratamientos y no se atreve siquiera a abrir el sobre de los resultados, que en las oficinas del Banco Mundial se abrieron para un selecto grupo de cientistas políticos.

 

 

Un politólogo curtido en el arte de analizar los números fríos se quedó los otros días directamente helado en las oficinas del Banco Mundial. Allí exponían un escrupuloso trabajo sobre la performance de las naciones a lo largo de los últimos setenta años.

 

 

"Perón no quedó en la historia por la Triple A". El aforismo se le cae de la boca a un referente de Unidad Ciudadana y lo recoge el cronista Gabriel Sued en su minucioso afán por comunicarnos lo que en verdad piensa la cerrada secta kirchnerista acerca de los cuadernos Gloria.

 

 

En esta hora de arrepentimientos escabrosos, sobre el filo de la navaja de la sanación y el incendio total, los argentinos no pueden permitirse el lujo de engañarse a sí mismos: sería un grueso error de apreciación y candidez presumir que la voraz recaudación ilegal del kirchnerismo conectaba únicamente con la codicia de sus caciques y con el financiamiento de sus campañas.

 

 

No sorprende tanto el robo como el renovado afán de sus ilustres negadores. Un excelente actor aparece en pantalla, sugiere que vivimos bajo el totalitarismo y desdeña la investigación de Diego Cabot porque es "un periodista de derecha que trabaja en un diario de derecha".

 

 

Un consultor bilingüe que cobra por divulgar como ciertas leyendas urbanas de la política, por revelar conjuras que jamás suceden y por susurrar profecías que rara vez se cumplen, les viene asegurando en reuniones privadas a empresarios y gerentes que finalmente se verifica la cruda, pero fatal sospecha: solo el peronismo puede gobernar la Argentina.

 

 

El profesor Rouquié, a quien Perón le confesó alguna vez en Madrid su porfiada y tardía admiración por Mussolini, aceptó hace unos meses un simpático juego de mesa: "¿Qué le preguntaría si lo tuviera acá?", le propuso Carlos Pagni. "A Perón hoy le preguntaría si sigue siendo peronista", improvisó el historiador francés, y a él mismo le pareció una respuesta enigmática.

 

 

Me atrevo aquí a parafrasear a don Manuel Azaña: si cada argentino hablara solo de lo que sabe, se haría un gran silencio nacional que nos permitiría pensar.

 

Ha sido poco estudiado el romance ardiente y funcional que peronismo y ortodoxia tejieron a lo largo de las últimas décadas. Por lo general, la ortodoxia se ha autoerigido en vocera oficial de la mismísima ciencia económica, y ha forzado a los gobiernos no peronistas a pagar la herencia con ajustes abruptos y homéricos.

 

 

Dicen que de lejos se ve más claro. Pero no estoy tan seguro. Vi de lejos la crisis argentina de los últimos dos meses.

 

 

Presiente Alejandro Katz que se está abriendo en la Argentina una saludable discusión ya no sobre el pasado, sino sobre los trazos finos del próximo gobierno de Cambiemos.

 

 

"A veces al anochecer tengo escalofríos, como si algo siniestro me estuviera vigilando", murmura el expolicía, y sale a fumar a la calle silenciosa. Fue un gran detective de crímenes financieros, molestó al poder y debió resignarse al retiro.

 

 

"Lo curioso no es cómo se escribe la historia, sino cómo se borra", refería Manuel Alcántara. El viejo maestro del articulismo español aludía de algún modo a la amnesia personal y también a la colectiva, a esas operaciones de ocultamiento que nos prodiga el inconsciente o que nos imponen los hábiles memorialistas del sentido.

 

Un viejo libro de lectura obligatoria que formó desde la infancia a toda una generación de argentinos aseveraba en su inefable capítulo 48: "El primer objetivo de un movimiento feminista que quiere hacer bien a la mujer... debe ser el hogar. Nacimos para construir hogares. No para la calle".

 

Macri podría citar a Camus si lo hubiera leído: "Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol".

Una larga década de estafas ideológicas y de camelos domésticos explica el gran interés que despiertan ahora estas escuchas telefónicas en las que se lucen la arquitecta egipcia y su maestro mayor de obras.

 

 

El último gesto de vida de Antonio Muscat, segundos después de recibir una lluvia de plomo, es esta lágrima furtiva que le cruza el rostro final, tendido sobre la vereda ensangrentada.

 

 

El submarino del capitán Trama ingresó en el puerto de Norfolk bajo una niebla ominosa. Su misión secreta consistía en participar de una guerra ficticia.

 

Para Borges las religiones eran apasionantes antologías del género fantástico; para Sebreli en cambio son laberintos ideológicos.

 

Ante el mundo nos presentamos como monjas virtuosas después de haber sido durante décadas tramposas meretrices. Macri creyó que con una breve pintada y unos cantos gregorianos podría demostrar que el histórico burdel se había transformado definitivamente en un convento.

 

En una reunión de camaradería donde evocábamos las viejas peripecias románticas de León Trotsky, un afable dirigente de esa logia extrema supo responderme alguna vez con una verdad seca e irónica. Mi pregunta era zumbona, puesto que un régimen trotskista es aquí tan improbable como la conversión completa del pueblo argentino al hare krishna. "¿Qué harías conmigo si fueras Presidente?", inquirí.

 

María Matilde Ollier nos recuerda que quienes quisieron respetar las normas nunca consiguieron la gobernabilidad y quienes lograron la gobernabilidad nunca respetaron las normas.

 

Asistimos a un nuevo episodio en la larga serie de desavenencias conyugales entre el peronismo y el Código Penal.

 

A las siete y media de la mañana el sonarista pronunció dos palabras frías, y dejó a todos helados: "Rumor hidrofónico". Provenía del noreste, y todavía pasaron unos minutos hasta que lograron descartar por completo que se tratara de una ballena o de un simple cardumen de krill.

 

Macri lanzó una mirada azul e irónica sobre aquel cacique sindical, y todos esperaron entonces que profiriera una de esas chanzas mordaces con que habitualmente aguijonea a sus rivales futbolísticos.

 

En los remotos años sesenta, un matón de colegio que nos hacía bullying se me vino encima para trompearme; tuvo a bien tropezar y romperse la boca.

 

Los resultados del 22 de octubre reverdecieron la huerta que el presidente de la Nación instaló en el trágico helipuerto de Balcarce 50. Hasta ese día, muchos jugaban con el cotillón del helicóptero y le pronosticaban una salida precipitada desde esa terraza mítica. Macri ha hecho con ese mito una ensalada.

 

Se necesita un investigador histórico con pulso de novelista policial para escribir el libro de este viernes electrizante en que sobrevino la veda política y comenzó la autopsia, con ciudadanos sometidos desde temprano al suspenso y a la angustia del voto bajo emoción violenta, la toma de una municipalidad a manos de un grupo armado con piedras y molotov, la brusca confirmación de que el muerto era quien parecía, las acusaciones doloridas y rabiosas de los familiares de la víctima contra el propio presidente de la Nación, el fracasado intento de generar una rebelión popular contra la "dictadura" del gobierno constitucional, y en los estertores de la jornada, la gran vuelta de tuerca: el cuerpo por fin habló y dijo que no tenía signos de ahorcamiento, ni de golpes, tormentos, tiros o puñaladas, y que posiblemente Santiago Maldonado se ahogó hace dos meses y medio en las heladas aguas del Sur.

 

El cambio es la única cosa inmutable de esta vida, pensaba Schopenhauer. Parece una boutade o el principio de un retruécano, pero expresa la gran verdad que sacude al planeta: hasta no hace mucho la política imitaba a la geografía; las culturas y las relaciones de los países del Norte y del Sur parecían tan estáticas como una cordillera, un valle o una llanura.

 

"Ustedes podrían ser campeones mundiales en el Lanzamiento del martillo -me punzaba irónicamente mi padre-. Porque aquí hay muchos expertos en arrojar lo más lejos posible cualquier herramienta".

 

Éramos unos imbéciles. Habíamos devorado toda la literatura setentista, teníamos nostalgia de lo que no habíamos vivido y estábamos deseosos de formar parte de aquella "épica patriótica". Rondábamos los veinte y pico, pertenecíamos a la generación de Malvinas y participábamos de algo preciso pero inarticulado: un cierto nacionalismo de izquierdas que acompañaba al proletariado hacia su futuro de gloria.

 

El que ha naufragado, tiembla incluso ante las olas tranquilas, decía Ovidio. ¿Alguien sabe cuánto pesa el temor? Si un lector quisiera averiguarlo debería tomarse el trabajo de pesar tres mil millones de dólares.

 

Al amor exigente y también al boicot sistemático de su propio padre, debemos el extraño carácter deportivo del Presidente.

 

El chavismo ha reconocido repetidamente la influencia ideológica del primer Perón, pero lo cierto es que éste prefirió irse a desatar un derramamiento de sangre.

 

Los peronistas que nos explicaban enfáticamente hace un año y monedas cómo la Pasionaria del Calafate ya se había transformado en un "cadáver político" nos avisan ahora, con similar suficiencia, que si ella ganara los comicios ese movimiento de férreas convicciones no se subordinaría a su liderazgo.

 

"No hay una interna ideológica en nuestro equipo, hay una batalla íntima en la cabeza del Presidente." La intrigante revelación la susurra un ministro de primera fila y alude a la tensión orgánica, a la espectral encrucijada que secretamente acosa a Mauricio Macri, entre el arriesgado y complejo camino desarrollista y la utópica praxis neoliberal.

 

Aquella bala de goma que disparó la gendarmería kirchnerista contra los obreros de Lear alcanzó el brazo y la pantorrilla de Nicolás del Caño, pero parece que no responde al mismo material insensible que se utilizó durante este desalojo de Pepsico.

 

Contemplando desde la ventana el atardecer de Plaza de Mayo, Néstor soñó alguna vez con diseñar un programa desarrollista. Llegó incluso a encargárselo a su embajador en los Estados Unidos, pero ese deseo juicioso se fue disolviendo en el aire y su estrafalario populismo santacruceño terminó por imponerse y por desplazar definitivamente aquella idea.

 

Perón anunció alguna vez la larga marcha hacia la Argentina Potencia, pero el peronismo postmortem se desvió en una esquina y nos estacionó en La Salada.

 

Los autócratas tienen alma de novelistas: suelen declinar hacia la ficción y les encanta corregir la historia.

 

Tocaba timbre en una localidad de 120 mil habitantes dominada por un oscuro barón del conurbano, en el mismísimo corazón de la inabarcable tercera sección electoral.

 

 “Mauricio, hermano, ¡no hay que dejarse conducir por el círculo rojo! -le decía con vehemencia el ideólogo, recostado sobre aquel ardiente agosto de Olivos-. Te sostiene la popularidad, no un acuerdo político... Nuestras elites son demasiado arcaicas, y no entienden lo que pasa. Y los periodistas, menos".

 

Vengo a proponerles un sueño, decía Néstor aquel 25 de Mayo: quiero una Argentina unida, un país serio y normal. Juraba por una nación abierta al mundo donde no hubiera impunes.

 

Los Adoradores y Adoratrices de la Santa Revolución Bolivariana son una grey multitudinaria y activa en nuestros pagos, y de esa fe ciega y asombrosa que prescinde de cualquier dato de la realidad derivan, aunque no lo parezca, las pulsiones que nos dividen.

 

La Operación Duque de Ahumada entró en la historia veintitrés minutos después de las seis de la tarde. Un teniente coronel de la Guardia Civil, pistola en mano, irrumpió en el hemiciclo del Congreso, desplegó doscientos hombres armados con subfusiles y, tras algunos gritos y forcejeos, efectuó un disparo al aire.

 

Entre los muchos asombros de la semana, tal vez el más grande de todos haya sido ese hito tecnológico: la vieja corporación peronista fue enfrentada por sombras multitudinarias autogobernadas desde la Web y sin referentes políticos, que llenaron plazas y avenidas, le arrebataron el monopolio de la calle, y luego organizaron en las redes sociales exitosas vacunas contra su primera huelga general.

 

El comandante, vestido con su impecable uniforme militar, observaba en Beirut las prácticas de sus subordinados mientras un asistente lo protegía de la llovizna con un paraguas.

 

El jumbo se venía en picada, la cabina permanecía tomada por jihadistas y los pasajeros se disponían al infierno del final. De pronto Macri y sus muchachos derrotaron a los mujahidines, tomaron el control, evitaron que la nave se estrellara y comenzaron a estabilizar el vuelo: en ese instante los viajeros del "círculo rojo" se quejaron porque el pollo de la cena estaba frío.

 

La Pasionaria del Calafate acaba de anotarse un triunfo espectacular. Los potentados de la CGT, esos estadistas resabiados y cancheros, no pensaban lanzar todavía un paro general, pero el carapintadismo kirchnerista les copó el acto, les ganó el palco y los corrió a botellazos.

 

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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