Rogelio Alaniz

Rogelio Alaniz

Cristina, el kirchnerismo y sus errores fueron decisivos a la hora de instalar a Macri y a Cambiemos como una fuerza política nacional.

 

 “Meter la mano en la lata”. La corrupción como sistema, como cleptocracia, destruye la república, empobrece y mata.

 

Cristina Kirchner corre el riesgo cada vez más visible de ser algo así como la Herminio Iglesias del peronismo. O, utilizando la jerga de los “compañeros”: la mariscal de las derrotas. El problema es que en tiempos de Herminio Iglesias el peronismo contaba como alternativa de cambio con un Cafiero y con un Menem. Nada parecido se avizora hoy en el horizonte.

 

Así están las cosas. De Santiago Maldonado sabemos poco y nada, pero sospechamos lo peor. Y lo peor es que esté muerto. De Alberto Nisman sabemos lo peor, es decir, que está muerto.

 

Santiago Maldonado debe aparecer. Vivo o muerto. Y si aparece muerto sus asesinos deben ser detenidos y condenados. No importa si visten uniforme o ropas civiles.

 

Ahorremos adjetivos, descalificaciones e insultos. Digamos simplemente que el problema del kirchnerismo es que vive instalado en el error.

 

Dijo un analista político para referirse al resultado de las Paso: “Los kirchneristas querían una encuesta creíble, pues bueno, ya la tienen”. Efectivamente es así: Cambiemos en el orden nacional saca muchos más votos que la causa K. Donde gana, gana por paliza; donde pierde, pierde por la mínima diferencia.

 

Tal como lo señalan las cifras, la única victoria apabullante de Ella, el único Cristinazo que se vivió en provincia de Buenos Aires, tuvo lugar en las cárceles donde el setenta y cinco por ciento de los delincuentes votaron por la causa nacional y popular, o por lo que ellos entienden o le hicieron entender que es la causa nacional y popular.

 

Los recientes comicios han demostrado que el liderazgo de Cristina Fernández es real pero no absoluto. Conociendo los entresijos del peronismo, también podría decirse que ese liderazgo, para el peronismo, no es la solución sino el problema.

 

Este domingo se vota. Un trámite breve que periódicamente perfecciona la democracia que, hasta tanto alguien demuestre lo contrario, es el sistema político y -me atrevería a decir- de vida, que los argentinos hemos elegido.

 

Nunca fui devoto de las encuestas y si un consejo me estaría permitido darles a los políticos, les diría que no sucumban a ellas, que no se dejen seducir por sus fuegos de artificio o deprimir por sus redobles fúnebres.

 

Me resulta por lo menos gracioso, por no decir patético, oír a Diana Conti, a Carlos Kunkel, a Néstor Pitrola o a Héctor Recalde, invocar la Constitución Nacional para defender a Julio De Vido.

 

Equilibrio, mesura y apego a la ley es la demanda de la sociedad a sus dirigentes; parece algo sencillo, pero en la Argentina no lo es

 

En las elecciones previstas para el 22 de octubre se elegirán legisladores, pero todos sabemos que la decisión de fondo es si se está o no de acuerdo con este gobierno.

 

En las próximas elecciones se discutirá el pasado. El reciente pasado político se entiende. Imagino a algunos arrugando la frente o la nariz porque se supone que lo correcto es discutir el futuro y no el pasado. Pues bien, en este caso lo que está en el centro del debate será el pasado.

 

La primera y flamante aparición pública del kirchnerismo en esta campaña electoral estuvo a cargo de Fernanda Vallejos, una compañera que no disimula su orgullo por haberse iniciado en las lides políticas de la mano de Boudou, militancia que, dicho sea de paso fue retribuida con los clásicos beneficios que la causa nacional y popular premia a sus incondicionales retoños.

 

Jorge Castillo se defendió a escopetazos. Los que lo conocen dicen que es lo que mejor sabe hacer. También se dice que es un hombre inteligente y un empresario creativo y audaz. Es posible.

 

No sé qué resultados electorales le dará a Cristina su reciente estrategia. Puede que le vaya bien, regular o mal, pero de lo que sí estoy seguro es que su decisión se encuadra perfectamente en la cultura peronista.

 

La corrupción no es una fatalidad, sino una decisión, y la sociedad debe combatir la impunidad que la hace posible

 

Los populistas pueden llegar a admitir que la corrupción no es precisamente una virtud política, pero acto seguido agregan que es un tema menor o no es el problema fundamental, cuando no es un pretexto de los enemigos del pueblo para atacar a los gobiernos populares.

 

Es difícil, muy difícil, en las sociedades modernas conocer las motivaciones del electorado.

 

CRISTINA KIRCHNER
Una entrevista servil, complaciente y alcahueta realizada por periodistas serviles, mediocres y alcahuetes. No hay posibilidad de otra calificación al lastimoso espectáculo brindado en C5N.

 

Michel Temer es un cadáver político, pero no deja de ser irónico que una grabación haya precipitado el deceso del presidente cuando en la Argentina hay grabaciones, filmaciones, fotos, facturas, recibos, abundantes testigos mientras nuestra ex presidente se pasea muy campante por el mundo dando consejos y presentándose como la abanderada de las grandes causas de la humanidad.

 

Esos nombres expresan dos formas de democracia, liderazgo y convivencia sobre las que la sociedad deberá decidir

 

Una multitud salió a la calle el pasado miércoles para reclamar que los militares condenados por crímenes de lesa humanidad sigan en la cárcel o, para ser más riguroso, que no se beneficien con el “maldito” 2x1.

 

Fue un fallo dividido. Tres jueces estuvieron a favor de la aplicación del principio del 2x1 y dos jueces se manifestaron en contra. Si las reglas de juego valen, lo que se debe respetar es el fallo de la mayoría, pero ese respeto no elude la evaluación de la gente acerca de lo que debería ser lo más justo, lo más humano o lo más legal.

 

Santa Cruz es la ínsula de los Kirchner. Gobiernan allí desde 1991, es decir, más de un cuarto de siglo. Y desde 2003 hasta 2015 contaron con el respaldo y financiamiento del Estado nacional. Para bien, para mal o para lo que quieran, Santa Cruz está modelada por los Kirchner y de lo que allí ocurre ellos son los exclusivos responsables, entre otras cosas porque si de algo dispusieron, hasta con exceso, fue de poder.

 

Hoy como ayer, la retórica acerca del “pueblo” y los “trabajadores” no es más que la coartada para concentrar poder y enriquecerse como jeques árabes.

 

 “La calle es del pueblo, como el cielo es del cóndor”, escribió un poeta brasileño y en su momento la imagen me pareció bellísima. En su momento. El poema es del siglo XIX. Las ciudades comparadas con las actuales eran aldeas y las comunicaciones eran boca a boca. Incluso para el liberalismo progresista de aquellos años, la calle y la plaza contrastaban al poder que por definición actuaba en las sombras.

 

No creo descubrir la pólvora si digo que el país no anda bien. La pobreza es alta y los sueldos no alcanzan para llegar a fin de mes. Nadie, ni el aristócrata ni el burgués más insensible podrían negar este dato evidente de lo real. El problema no es desconocer lo obvio, sino decidir qué hacemos políticamente con ello. Que los sueldos no alcanzan o que en la Argentina hay pobres es algo que yo escucho hablar desde que era niño, es decir, desde hace más de medio siglo.

 

Ya se sabe que gobernar es comprar problemas. Si a esta verdad Macri no la conocía ahora la está aprendiendo en un curso acelerado e inmisericordioso.

 

Omar Suárez, el señor que responde al sugestivo apodo de Caballo, está detenido y acusado de extorsión y asociación ilícita.

 

Los hechos se reiteran con una exasperante y acongojadora monotonía. Los escenarios, los protagonistas y los objetos en juego se parecen.

 

El gobierno debe hacerse cargo de que no está luchando contra adversarios políticos sino contra enemigos jurados.

El peronismo se prepara para ejercer la oposición y, obviamente, recuperar el poder perdido en diciembre del año pasado. Lo hará a su manera, en su estilo, con sus ansiedades, pero también con sus incertidumbres y sus disputas internas a veces amables, a veces facciosas. El tema merece pensarse porque se trata de una fuerza política mayoritaria, tal vez la más consistente, tal vez la más extendida en todos los campos de la actividad nacional.

 

Más allá de los aciertos y errores, el estilo del Gobierno tiende a despojar a la política del faccionalismo y de la retórica anacrónica, revaloriza la idea de administración y vuelve al arte del acuerdo, lo que acaso permita recuperar la normalidad institucional

 

Los regímenes que hicieron de la corrupción el eje principal de su actividad de gobierno merecen ser sancionados ejemplarmente sobre todo cuando existen condiciones sociales y culturales para que esto sea factible.

 

El presidente de la República tiene la máxima investidura de la Nación, un título que no lo constituye en monarca absoluto, pero tampoco en un maniquí complaciente de cuanto personaje famoso pulule por los escenarios de la farándula.

 

Las diversas y controvertidas especulaciones que se hacen respecto del destino político o penal de la "Señora", confirman una vez más que la Justicia, lejos de ser ciega como la presenta cierta folletería, actúa con los ojos abiertos y distingue muy bien a los débiles y a los poderosos, no escatimando rigores y sanciones para unos, y licencias y contemplaciones para otros.

 

Tal vez sea una exageración decir que Hebe Bonafini logró torcerle el brazo a la Justicia con la misma eficacia que en su momento lo hicieran Aldo Rico y Seineldín, los jefes carapintadas que también suponían que contaban con fueros especiales para alzarse en armas y desafiar al Estado de derecho.

 

Una cuota de verdad poseen los cada vez más acongojados y afligidos kirchneristas cuando sostienen que los sucesivos escándalos de corrupción perpetrados por el sedicente gobierno nacional y popular les vienen como anillo al dedo a Macri para aplicar lo que consideran las detestables políticas de ajuste, entrega y hambre.

No sería ni deseable ni justo que, para evitar correcciones cuya necesidad nadie desconoce, nos precipitemos al abismo, el lugar hacia donde marchábamos alegremente bajo la batuta y las flautas del populismo. 

 

La cascada de episodios de corrupción que sacudieron a la opinión pública esta semana, pone en evidencia que la mugre política del régimen kirchnerista alcanza a todos los estamentos del poder, desde el más empinado al más modesto.

 

Habría que preguntarse si el gobierno nacional no incurrió en un error de apreciación y en una suerte de pecado de optimismo al anunciar que en el segundo semestre del corriente año adquirirían visibilidad los beneficios de su gestión. El interrogante es apenas un ejercicio intelectual, porque sospecho que ya se sabía que de la noche del 30 de junio a la madrugada del 1 de julio no iban a producirse hechos extraordinarios.

 

Moreno no es más que el fogonero de una conspiración cuyas consecuencias prácticas se insinúan con todos sus efectos perversos en las calles, y que sus titulares asumen con notable sinceridad...

La escena un tanto grotesca, un tanto siniestra, de un ex secretario de Estado del régimen kirchnerista, pretendiendo saltar los muros de un convento para enterrar bolsas que contenían dólares, euros, yenes, relojes, bijouterie y armas largas, parece actualizar algunas reflexiones de Jacobo Timermann acerca del comportamiento de ciertos peronistas, quienes luego de hacer un negocio turbio de un millón de dólares, también se roban el cenicero que reposa en el escritorio de su confiado socio.

El presidente Macri anticipó que iba a vetar la llamada ley antidespidos, y lo hizo. Como se dice en estos casos: el que avisa no es traidor. Los opositores pusieron el grito en el cielo.

Si Lázaro Báez y Ricardo Jaime no estuvieran presos, y si la situación jurídica de la Señora no fuera tan complicada, es muy probable que el periodista -¿es necesario agregarle la calificación de kirchnerista?- Hernán Brienza no hubiera escrito la nota publicada en Tiempo Argentino, en la que considera que la corrupción democratiza la política.

El Papa Francisco sostuvo que como pastor no le quedaba otra alternativa que recibir a la señora Hebe de Bonafini. Imposible refutar esa argumentación en la que piedad y compasión se suman en un exclusivo acto humanitario.

No me gustan los escraches y los escrachadores. Y no lo digo para posar de moderado o hacerme el buenito. Lo dije siempre, desde que los señoritos K decidieron iniciar esta faena considerada patriótica y revolucionaria.

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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