Domingo, 29 Marzo 2020 00:00

La hora de la mano dura - Por Eduardo van der Kooy

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El estilo del Presidente amortigua el avance de medidas muy duras.

 

La pandemia del coronavirus​ está colocando a prueba, entre tantos, dos aspectos del sistema global: los liderazgos políticos y las conductas sociales. Suele existir una estrecha vinculación entre ambas cosas. En un plano rezagado asoman ahora los esquemas (democráticos o autoritarios) y las ideologías.

Aquella prueba empezaría a producir cierta nostalgia respecto de la calidad de dirigentes que supo circular por el planeta de los países motores en, al menos, las tres últimas décadas del siglo pasado. Aldo Moro y Giulio Andreotti en Italia. Jacques Chirac y Francois Mitterand en Francia. Margaret Thatcher y Tony Blair en Gran Bretaña. Adolfo Suarez y Felipe González en España. Helmut Kohl, el artífice de la unificación alemana. No significaría, en este caso, un desmedro para la actual premier, Angela Merkel. Ronald Reagan o Bill Clinton en Estados Unidos.

Los liderazgos presentes, en general, resultan vacilantes, contradictorios y, a veces, inauditos. Con un denominador común. No han logrado amalgamar conductas sociales frente a la amenaza de la pandemia. Tampoco barrieron en la emergencia la confrontación política.

El Partido Popular está empeñado en exigirle otra comparecencia al premier Pedro Sánchez, debido a la catástrofe que está provocando en España la pandemia. Los sectores de la derecha dura de Italia, que controlan Lombardía, origen de la devastación del territorio, apuntan contra Giuseppe Conte, el primer ministro, por su lentitud para adoptar medidas. Boris Johnson​ recibe en Gran Bretaña ciertas críticas de su partido, el conservador, y de los laboristas por las idas y vueltas ante la crisis.

El paisaje se replica, con matices, en América Latina. Cerca de 24 de los 26 Estados de Brasil (entre ellos San Pablo, Rio de Janeiro y Bahía) han tomado decisiones drásticas ante la pandemia que contrastan con la demencialidad de Jair Bolsonaro. Su vicepresidente, el general (RE) Antonio Hamilton Mourau, se encarga de contradecirlo.

Manuel López Obrador ​provoca con sus propuestas de aglomeración popular –y luego reclusión– perplejidad y críticas dentro y fuera de México. Le sucede algo parecido a Bolsonaro. Muchos gobiernos estaduales imponen sus propias medidas rígidas. No hay punto de contacto ideológico entre ese par de gobernantes.

Muchas de las discusiones ideológicas que enfrentan desde hace tiempo a los gobiernos declarados progresistas o de derecha con otros liberales de centro o centro-derecha han quedado diluidas por la irrupción de la pandemia. Un caso es el de la preminencia del Estado. Resulta preminente, sin distinción de regímenes, para afrontar la enfermedad y la crisis sanitaria. Con mayor o menor eficiencia, según el grado de desarrollo de cada nación.

Un reflejo similar e inevitable se advierte para hacer frente al derrumbe económico. El Estado lo terminaría pagando todo en la emergencia luego del gran fracaso de los mercados. Este crac del 2020 –según especialistas internacionales– ya podría ser comparable al de 1929, similar al de 1987 y probablemente peor que el del 2009.

Los planes de rescate son unidireccionales. Tomando las medidas fiscales y de crédito de la Reserva Federal (EE.UU.) y el Banco Central de Europa (BCE) suman ya más de 7 billones de euros. Sin incluir los 750.000 millones “sin precedentes” que lanzó Alemania. Equivale a dos tercios del PBI de la eurozona. Y al 40% de la primera economía mundial, Estados Unidos. No están computadas ninguna de las economías asiáticas, con China a la cabeza.

La cuestión de los sistemas políticos también parece haber quedado relativizada. China, origen del virus, está anunciando allí el fin de la pandemia. Lo estaría logrando con decisiones draconianas posibles solo en un esquema autoritario. Con la ayuda inestimable de la cultura oriental. Pero su hermetismo interno habría sido muy nocivo para el resto del mundo.

Merkel y Donald Trump​ están gritando esa advertencia. El régimen de Pekín bloqueó desde principio de diciembre de 2019 la difusión de noticias sobre el coronavirus detonado en un mercado. De allí que muchas de las previsiones, sobre todo en Europa, resultaron tardías.

La Argentina –en general América Latina– contó con la ventaja del tiempo. La desventaja son sus condiciones estructurales y sociales. El gobierno de Alberto Fernández​ parece haberse acomodado mejor de lo que podía esperarse. Sobre todo, porque sus primeros meses estuvieron signados de bastante confusión. Atrapado en la crisis económica. Habrá que ver, de todos modos, como se escribe la historia a medida que la pandemia penetre con vigor el territorio.

Podría decirse que a favor de la adaptación a la megacrisis han sucedido tres cosas. El espacio que supo ocupar el Presidente para adoptar medidas duras y algunas controvertidas. El claro repliegue de los sectores intransigentes del Frente de Todos (los cristinistas). Tal vez por el miedo que derrama la pandemia. O la colisión con las convicciones ideológicas que causan emergencias como la actual. También, la comprensión opositora acerca del encogimiento de un espacio para plantear confrontación.

La pandemia, por otra parte, viene activando por sectores a un gobierno en origen estático. No cabría esa definición al equipo económico (Martín Guzmán) dedicado al problema de la deuda. El coronavirus despertó a los encargados del área de Salud y la política. En especial, el ministro del Interior, Eduardo De Pedro.

La progresión de medidas inevitables llevó a la primera línea a otros dos actores: Sabina Frederic, ministra de Seguridad, y Agustín Rossi, titular de Defensa. Lugares siempre traumáticos de ser entendidos por el progresismo.

Frederic vino hasta ahora transitando una línea garantista cuyo eje consistió en confrontar con la política de su antecesora, Patricia Bullrich. Ahora aparece al comando de las fuerzas de seguridad que imponen inflexibilidad entendible con el objeto de que la cuarentena no resulte vulnerada. Existen muchos más autos incautados que víctimas del virus.

Los procesos penales iniciados a los transgresores –alrededor de 6500– superan con mucha holgura el número de contagios. Sus pocas apariciones públicas, en esta etapa, suenan razonables.

El otro protagonista es Agustín Rossi, el ministro de Defensa. El exdiputado venía bregando en silencio por la participación de militares en tareas de apoyo solidario con sectores marginales del conurbano y también en provincias del NOA y NEA. El Presidente estuvo abierto a la iniciativa. Con el reparo del entuerto que le causó con las organizaciones de derechos humanos aquella invocación suya a “dar vuelta la página” de la dictadura.

El dilema fue destrabado por una solicitud sorpresiva. La intendente de Quilmes, Mayra Mendoza, cristinista fan, pidió la ayuda de las FF.AA. en su distrito. Entre otras cosas, para el reparto de alimentos.

Frederic y Rossi escucharon también en una reunión con el Presidente el sobrevuelo de la posibilidad de recurrir al estado de sitio para encarrilar el comportamiento colectivo. Nunca estuvo en la consideración de Alberto. No significa que a futuro no pueda estarlo. Dependerá de las condiciones. La idea fluyó de dos gobernadores. Omar Perotti, de Santa Fe, y Gerardo Zamora, de Santiago del Estero.

La realidad de ambos es distinta. Perotti tiene en la provincia intendencias que endurecen sus posturas al margen del orden nacional y local. No sería el problema de Zamora. El radical K fue el primero que detuvo a dos turistas extranjeros que violaron la cuarentena. Fue su reacción espontánea luego de un diálogo con Alberto, quien le solicitó rigurosidad. Nada le parecería al gobernador extremadamente duro.

La dispersión sucede también en Buenos Aires. Una veintena de intendencias resolvieron aislarse de la provincia. Le temen a una posible onda expansiva de la pandemia que pueda provocar el conurbano. Alberto trata de apaciguar a esos intendentes. Algo que no logra Axel Kicillof. El 70% de los contagios sigue sucediendo en el área metropolitana. Fue una de las razones por las cuales, luego de escuchar a los especialistas en salud y al canciller Felipe Solá, Alberto resolvió aplazar la repatriación de argentinos varados en el exterior. La puerta de entrada es Ezeiza. La logística, por ahora, insuficiente.

La decisión es, sin dudas, controversial. También antipática. Lo es, además, la de impedir el regreso a la Ciudad de aquellos que escaparon a lugares de vacaciones el fin de semana pasado largo para pasar la cuarentena. No sería ese el sentido sanitario del encierro. Entre los varados en el extranjero figuran, por otra parte, médicos y especialistas de la salud que podrían resultar útiles en la emergencia. También cabe comprender algo: las medidas urgentes, drásticas y globales, inevitablemente, encierran arbitrariedades e injusticias.

Alberto dijo que aquello que no entre por la razón, en esta grave crisis, entrará por la fuerza. Un escozor debe haber recorrido al cristinismo. El modo presidencial suele amortiguar decisiones que reflejan la existencia de una mano dura. Ni bien se enteró que el intendente de Iguazú había clausurado de prepo el paso limítrofe dispuso el cierre de todas las fronteras.

Un argumento se repite en este tiempo. Es la apelación al estado de guerra que habría planteado el coronavirus. Vale como metáfora. Justifica la necesidad de la unidad. Que no significa seguidismo. También la admisión de normas excepcionales. Sería imprescindible que tales limitaciones desaparezcan ni bien la situación –habrá que ver cuándo– empiece a recobrar normalidad.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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