Domingo, 19 Abril 2020 00:00

Las tres batallas de Alberto - Por Eduardo van der Kooy

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Está a la vista en el mundo que cualquier ensayo de salida de la crisis sanitaria y económica resulta complicadísimo. Porque no existe un modelo.

 

Los especialistas han empezado a dudar si el pico de contagio llegará en mayo. O si podría extenderse a los primeros días de junio debido al encierro rápido que dispuso Alberto Fernández y aletargó el proceso. Eso induciría a un estiramiento de la cuarentena que sería incumplible. Por cuatro razones: la crisis socioeconómica, la lógica indisciplina ciudadana ante tal apremio, la ineficiencia del Estado obeso para atender la emergencia, la imposibilidad de las fuerzas policiales y de seguridad para hacerse cargo de un cuadro semejante.

Está a la vista en el mundo que cualquier ensayo de salida de la crisis sanitaria y económica resulta complicadísimo. Porque no existe un modelo. Veamos: Australia y Nueva Zelanda optaron por sistemas antagónicos. El primero con un confinamiento parcial. El segundo con un encierro total. Ninguno da por superada la pandemia aunque han empezado a ensayar aperturas. En las vecindades sucede lo mismo. Paraguay, Chile y Uruguay, junto a la Argentina, registran razonables resultados sanitarios. Sebastián Piñera y Luis Lacalle Pou comenzaron a permitir por goteo la reanudación de actividades económicas.

Resulta difícil para nuestro país reflejarse en alguno de aquellos espejos. No en el aspecto sanitario. Si, en cambio, en la búsqueda de alguna salida que permita el regreso a una mínima normalidad. Porque su punto de partida, económico-social, es incomparable respecto de los demás. Por su gravedad.

Consultoras privadas calibran que la pobreza podría trepar 5 puntos si la cuarentena se estira mucho más. Estaría en 40%. El Presidente estaba confiado que la inflación retrocedería debido a la parálisis productiva. Pero marzo, con el plan de congelamiento y control, deparó un 3.3%. El Fondo Monetario Internacional (FMI) predijo para este año un retroceso del 7.5% en la zona euro, un 5.9% en Estados Unidos y un índice similar en nuestro país, por encima del promedio de la región. Se cumpliría, de ese modo, un ciclo de más de una década con estancamientos y caídas. Catastrófico.

Figura por otra parte el problema del endeudamiento. El gobierno de Alberto Fernández hizo una propuesta de reestructuración a los bonistas con fuerte quita de intereses (62%) y pedido de 3 años de gracia. Los mensajes del Presidente y del ministro de Economía, Martín Guzmán, parecieron más intransigentes que la propuesta misma. Mencionaron un virtual default y la incapacidad argentina de pagar un peso.

La hoja de ruta del Presidente contempla no dejar caer la propuesta. Si los acreedores exigen más –así será- se vería que capacidad de ayuda podría prestar el FMI. De hecho, el organismo está detrás de toda la estrategia. Si nada prospera, habría una posible estación antes del default. Producto del desastre que causa la pandemia, el FMI baraja la posibilidad de condonar deudas de los países pobres. La Argentina no entra en tal registro. Se intentaría siquiera una condonación parcial. Hay funcionarios extranjeros trabajando en eso. Entre otros, la secretaria ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcenas. De ese modo podrían flexibilizarse las tratativas con los bonistas.

El Presidente se paró ante la negociación con un frente político amalgamado. Juntó al oficialismo con la oposición. Tuvo a Cristina Fernández. Reafirmó conducción. La dificultad de juntar mayor masa crítica seria externa. El gobierno tiene buen vínculo con la jefa del FMI, Kristalina Georgieva. Por errores propios y la irrupción de la pandemia, no tejió una red de relaciones sólidas con poderes internacionales influyentes.

Otro interrogante instalado es si el momento elegido para la salida a escena resultó oportuno. La deuda no se puede ocultar. Es cierto que a raíz del coronavirus, el pleito argentino dejó de estar en forma exclusiva en el ojo del mundo. Cerca de una decena de naciones ingresaron en situaciones similares. Pero cuando la pandemia decrezca, la Argentina requerirá de esa normalización para reactivar el circuito económico.

El panorama crítico estaría provocando ciertos deslizamientos en el estado de ánimo y la percepción de la opinión pública. Con las contradicciones naturales que detona la combinación del miedo con la necesidad. La consultora ARESCO hace un seguimiento en la zona metropolitana desde que empezó la cuarentena. Por caso, el 76% de los consultados advierte correcto prestarle prioridad a la salud. Pero el 65% sostiene que la cuarentena está afectando mucho su economía personal. El correlato se advierte en otros indicadores. El 74% dice que no está trabajando de modo habitual. El 26% opina que lo hace como siempre.

Respecto de la cuarentena los números varían con rapidez. Al inicio el 53% respaldaba el encierro sin permisos. Cayó al 40,1%. Los que se inclinaban por una flexibilización crecieron del 37% al 49,8%. Aquellos que suponen que el mejor camino sería liberar ronda el 6%.

Ante semejante desafío asoman tres déficits ostensibles de gestión. El de la ANSES con los jubilados y el pago del bono de $10 mil. El Banco Central incapaz de ordenar la logística bancaria. También la AFIP que en lugar de meditar cómo aliviar la carga tributaria dice descubrir cuentas no declaradas en el exterior de ciudadanos argentinos. Un hallazgo del tiempo macrista.

El vacío fue llenado por Cristina Fernández y el kirchnerismo. La vicepresidenta articula política y poder sin hablar. Una novedad respecto del pasado. De su pensamiento nació la propuesta de un impuesto (vaya creatividad) para aplicar a grandes fortunas. Tuvo en el senador Oscar Parrilli y el diputado Carlos Heller a fogoneros incansables. Sería natural en hombres de formación setentista que están, por razones biológicas, en la última recta de la política. Resulta más inquietante la presencia de Máximo Kirchner, un dirigente joven, a quien el propio Presidente le augura porvenir. Si así fuera, el porvenir quizás significaría pasado.

Existen detalles en los que nadie repara. Retratan la actualidad de la nación. También en la riqueza la Argentina resulta pobre. El impuesto pensado, a partir de U$S3 millones de patrimonio, podría ser solo aplicado a 12 mil personas. Recaudación magra. Haciendo un rápido paneo regional puede entenderse de que se habla. Un tributo parecido abarcaría, por ejemplo, a 35 mil personas en Colombia, a 24 mil en Perú, a 67 mil en Chile, a 172 mil en Brasil o a 126 mil en México.

La vicepresidente decidió jugar fuerte con esa cuestión. Como no la hizo con otras. Mantiene clausurado el Senado. Ni siquiera las comisiones hacen, como en Diputados, algunas teleconferencias. La inactividad le vino muy bien a Santiago Cafiero. La oposición le ha reclamado su informe al Congreso que aún nunca realizó. Los diputados de Cambiemos insistieron. Pero el jefe de Gabinete halló un atajo: sostuvo que su informe inaugural debe ser en el Senado porque Marcos Peña, en la era macrista, hizo el último en Diputados.

Cristina realizó otra jugada sorprendente. Hizo un pedido a la Corte Suprema para que se expida sobre la validez de una eventual sesión virtual para tratar el impuesto a los ricos. La solicitud es curiosa por varios motivos. Se trata de un proyecto que enfrenta al oficialismo con la oposición. Incluso hay resistencia en senadores pejotistas. Nadie imagina una sesión maratónica y un debate caliente mediante una teleconferencia. Distinto sería si previamente existiera un acuerdo y restara convalidarla con el voto.

Por otro andarivel circulan las dudas sobre la viabilidad legal del pedido. ¿Puede la Corte Suprema dictaminar sobre el Poder Legislativo? A priori, no. Primero porque el máximo Tribunal no se expide sobre cuestiones abstractas. Podría hacerlo una vez consumada la sesión. También porque el artículo 66 de la Constitución resulta claro y taxativo sobre las facultades de Diputados y el Senado para dictar sus propias normas de funcionamiento.

El Presidente otorgó su aval político al proyecto. Pero lo dejó a suerte del parlamento. No estaría del todo convencido sobre su utilidad. Ayudaría a sostener (poco) una recaudación que cae. Pero podría conspirar cuando llegue el momento de salir de la cuarentena y tratar de normalizar la actividad económica.

Alberto piensa en el día después. Parece no estar abierto todavía a demasiadas sugerencias. Días pasados lo visitó en Olivos Eduardo Duhalde y le sugirió dos cosas: poner en marcha el Consejo Económico-Social. Intentar un acuerdo con la oposición cediendo algunos lugares en el gabinete. Desechó ambas.

Se siente seguro con la política sanitaria. Está aconsejado por un grupo de especialistas en infectología. Que suelen tener opiniones homogéneas. ¿No podría repetir tal ejercicio con economistas y dirigentes para planear un futuro pos-pandemia? “Nunca vas a encontrar cinco economistas que te digan más o menos algo parecido”, acostumbra a comentar.

Tantas cavilaciones se comprenderían por el desarrollo de un tiempo inesperado y tempestuoso. Entre la pandemia, la negociación de la deuda y la debacle económico-social, se le están planteando al Presidente tres batallas cruciales y prematuras para su destino.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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