Miércoles, 13 Mayo 2020 00:00

La lucha del Gobierno contra el coronavirus: algo no funciona bien alrededor de Alberto Fernández - Por Eduardo van der Kooy

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Una política contra la pandemia hasta ahora exitosa parece otorgar un derecho de superioridad. De los dardos hacia dirigentes opositores hasta los traspiés con Chile, los socios del Mercosur y Suecia.

 

Desde la semana pasada Alberto Fernández ha comenzado a tentarse con meter a la pandemia por coronavirus, que combate razonablemente, en las discusiones con la oposición. Alguien debería avisarle pronto, para la próxima fase de la cuarentena, que sería conveniente no comparar de nuevo la estrategia sanitaria local ante el virus con la que ensayan otros países. Su cruce con el ex ministro Alfonso Prat Gay por la economía, probablemente no conmueva a muchos. Sus críticas a María Eugenia Vidal por los hospitales que no equipó, quizás, ni merezcan una réplica. Hospitales inaugurados, en varios casos, más de una vez en Buenos Aires por Cristina Fernández​ con formato de cáscara vacía.

Todos esos trapitos podrán lavarse en casa. Sólo habría que preguntarse si, en medio de la emergencia, sería conveniente exhibirlos. Repetir las fricciones en el contexto regional y mundial, en cambio, podría acarrear otro costo para la Argentina. Una nación que, por su ubicación geográfica y cierta raíz político-cultural, se apega con frecuencia a un sentimiento insular.

Varias cosas, en ese aspecto, estarían fallando en el Gobierno. Una de ellas tiene la marca de la argentinidad en el orillo. Creer que una política contra la pandemia hasta ahora exitosa otorga un derecho de superioridad. De supuesto faro para el planeta. Vanidad que posee antecedentes. La de presuntos campeones del respeto a los derechos humanos por los juicios a los militares. La de un país productor de materias primas capaz de alimentar al mundo. Pero con un 40% de pobres. En otro tiempo, aquel espejismo de haber equiparado el peso con el dólar. O después de la crisis del 2001 el crecimiento a tasas chinas. Siempre pontificaciones débiles.

La última colisión del Presidente fue con Suecia. Difícil de entender. Quizás atizado por el equipo de infectólogos y sin ninguna red de contención política, Alberto hizo pública una comparación sobre las consecuencias del coronavirus aquí y en el país escandinavo. Comparación sin sentido ni proporciones. Habría resultado más atinado, tal vez, hacerlo con Brasil. Hubiera sido una audacia de consecuencias imprevisibles. Del otro lado está Jair Bolsonaro que representa, mal que pese, al principal socio comercial de la Argentina.

El Presidente recibió de parte de Suecia una respuesta que pareció una lección. Sin los alardes argentinos. Que sembró de paso interrogantes sobre el mecanismo de toma de decisiones del mandatario. Evidentemente, nadie le informó con precisión sobre las características del experimento escandinavo para combatir la pandemia. Alberto pretendió utilizarlo como una falsa contracara entre la defensa de la vida o la economía.

Suecia hizo un confinamiento más laxo, con algún parentesco al que practicó Angela Merkel ​en Alemania, acorde al perfil de su sociedad. Impracticable aquí, en España o Italia. Pero también limitó las actividades económicas al punto que pronostica una dramática escalada de la desocupación. La apelación a la humildad pudo recogerse cuando la cancillería de la nación nórdica apuntó que frente al novedoso desafío del virus “pasará tiempo hasta que sepamos qué modelo funciona mejor”. Está implícito que incluye dentro de esas posibilidades al esquema argentino.

La primera duda radica en saber el papel que juega la Cancillería cada vez que el Presidente se coloca en la vidriera. Si existe algún intercambio o si el ministerio de Felipe Solá corre sólo detrás para enmendar los errores. En casi todos los casos las enmiendas las hace el propio mandatario. Se terminó confesando admirador de Suecia.

En una ocasión anterior la refriega ocurrió con Chile. También Alberto recurrió al vecino trasandino para demostrar la virtud de la política sanitaria de nuestro país. En esa ocasión fue llovido sobre mojado. Pocos días antes, al participar en una teleconferencia con el Grupo de Puebla (conglomerado progresista de magra representatividad) el Presidente había instado a la unidad de la oposición chilena para confrontar con Sebastián Piñera. Presidente jaqueado por insurrecciones sociales y violentas durante el 2019. Sonó feo. Casi en una frontera política.

Alberto desanduvo el camino con una larga conversación telefónica con Piñera. Al mismo tiempo, saldó una deuda con Uruguay. Tierra a la cual pareció darle la espalda desde que perdió el Frente Amplio. También dialogó con Luis Lacalle Pou. A quien conoce tanto como a su familia y a su padre, Luis, el único ex presidente del Partido Nacional desde el regreso de la democracia.

No estuvo claro en todos esos emparches cuanto incidió la Cancillería. Tampoco en el ida y vuelta que revistió mayor gravedad. Cuando la Argentina, de modo unilateral, decidió suspender su participación en el Mercosur​ por los tratados de libre comercio que sus socios (Brasil, Paraguay y Uruguay) llevan adelante con Canadá, Corea del Sur y Líbano, entre otros países.

El Gobierno tuvo, en origen, un argumento válido. Nadie sabe en qué condiciones quedará la economía nacional, regional y mundial después del derrumbe que está provocando el virus. Pero aquel argumento no podía convalidar de ningún modo el portazo. Menos, hecho de manera inconsulta en dos planos.

Primero con los socios. Además, con la oposición local. La construcción del MERCOSUR, con infinidad de problemas, es una política de Estado que inauguró Raúl Alfonsín. Y que, aún en las peores circunstancias, la Argentina supo defender.

Finalmente, el Gobierno corrigió su postura. Pero aquella sucesión de correcciones evidenciaría una cosa inquietante: algo no funciona bien en las cercanías políticas de Alberto.


Eduardo van der Kooy

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