Miércoles, 27 Mayo 2020 00:00

Por intolerancia o irritación, el presidente kirchneriza su discurso - Por Eduardo van der Kooy

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De la negación al derecho de la gente a angustiarse, a la molestia por las expresiones anti cuarentena, Alberto Fernández blande la intervención del Estado como mágica solución ante cualquier problema.

 

La tensión que la pandemia de coronavirus va adquiriendo en el ámbito metropolitano parece tener correspondencia con el sesgo de cierta intolerancia que ha empezado a exhibir Alberto Fernández. Intolerancia o irritación. Casi daría igual frente a una sociedad que rumbea hacia los 80 días de cuarentena​ (el 7 de junio) y carece de un horizonte frente a la fatiga anímica y los graves apremios económicos.

El Presidente arrancó su nuevo recorrido el sábado último, al anunciar la prolongación del encierro y la dureza en el AMBA. Llevó la primera parte de la exposición muy bien, concordando con Horacio Rodríguez Larreta. Nadie sabe si la desubicación de Axel Kicillof​, por el tiempo consumido y el estilo, lo enfadó. Lo cierto fue que coronó las preguntas de los periodistas con un par de definiciones desgraciadas.

Primero dijo sin tono cordial que la “cuarentena durará lo que tenga que durar”. Sin abrir un resquicio de expectativa para el colectivo castigado. Intentando, por otra parte, bloquear todo ensayo de interpelación. Luego desperdició la oportunidad de transmitir –por el tono de la pregunta- un mensaje apaciguador a la sociedad. Negó el derecho de la gente a angustiarse. Apenas lo habilitó frente al miedo del coronavirus. Como si en ese punto debieran concluir los padeceres humanos.

“¿Qué angustia?”, preguntó. La única sería por enfermarse, aseguró. Tan tajante fue, que pareció obviar los principios más básicos de la psicología. Hizo memorar a una antigua aseveración que en su época de omnipotencia –cuando era ministro de Economía—soltó una vez Domingo Cavallo. “Yo nunca sueño cuando duermo”, confesó. Facundo Manes está aún hoy tratando de desentrañar esas palabras.

Al Presidente le molestaron, especialmente, algunas aisladas expresiones de disconformidad popular que se vivieron el lunes feriado. No en todos los casos tuvieron el mismo foco. La pequeña marcha hacia Plaza de Mayo mostró componentes de anarquismo. Los comerciantes pidieron en Mar del Plata volver a trabajar. Cosa que, al final, habilitó Kicillof. La caravana en Córdoba fue en favor de los médicos. La protesta en Tigre pareció reunir condiciones más genuinas: reclamo de trabajo con defensa de las libertades individuales. Los vecinos habían sido intimados a permanecer en sus casas por un jefe policial. Quizás por indicación de Julio Zamora. El intendente de ese municipio reveló que le entregó a la Justicia los videos de los manifestantes. Coherencia en la acción.

Ricardo Lorenzetti, integrante de la Corte Suprema, advirtió sobre el riesgo de las cuarentenas eternas. Que abrirían las puertas en todo el mundo a la posibilidad de los autoritarismos. Su palabra pudo haber sido una simple casualidad. Aunque llegó en momento en que esos valores se colocan en debate. Y no forman parte sólo del ocio intelectual. En el barrio Villa Azul, en pleno conurbano de Avellaneda-Quilmes, hay quejas por la exclusión forzosa a que fueron sometidos sus habitantes debido a un fuerte contagio de coronavirus. No pueden entrar ni salir. Le acercan, dificultosamente, comida y agua. Un habitante de ese conglomerado, por casualidad, le hizo llegar un mensaje a este periodista: “Hago changas todos los días para mantener a mi familia. Ahora no puedo. Estoy como en una cárcel”, lamentó.

Kicillof, luego de colocar como mal ejemplo del virus a la Ciudad, advirtió que el mismo procedimiento, de progresar el virus, se aplicará en otros barrios, edificios y countries. Es muchísimo más que una cuarentena. Se trataría de un confinamiento forzoso. Con policías o gendarmes vigilando.

Nadie imaginó que el gobernador de Buenos Aires podía aludir a una situación de ese tipo cuando afirmó que la normalidad no existe más. Tampoco se conocen noticias acerca que el Gobierno ausculte alternativas para atravesar la curva ascendente de contagios. Hay un Plan A. Y no habría otra cosa.

El reformismo de Alberto también sufrió alguna mutación. En sinfonía con lo que acostumbra a ser el relato kirchnerista. Frente a cualquier problema, el Presidente blande la intervención del Estado como mágica solución. Lo planteó de modo llamativamente paternal cuando el sábado pasado aconsejó a la gente guarecerse en sus casas. Hasta allí llegaría la mano estatal, prometió. Amén del significado que encierra la propuesta, estaría la brecha entre los dichos y los hechos. Como nunca durante esta pandemia –ni siquiera se vio en la crisis de 2001- el Estado viene quedando desnudo en su ineficacia e impotencia.

No vale la pena ir hacia atrás. La compra y distribución de los alimentos está plagada de dificultades. A punto tal que el ministerio de Desarrollo Social resolvió ceder esas tareas a las organizaciones sociales.

El Presidente se montó además en la agenda kirchnerista que provocó las más fuerte reacción social en su mandato. Dijo que “tener personas en riesgo en las cárceles y que el Estado no reaccione es inhumano”. Buen diagnóstico. Pero sin un remedio a la vista. Como no sea la liberación de delincuentes. ¿O se están acondicionando grandes predios para descomprimir el evidente hacinamiento?

Alberto navegó el tema conflictivo para criticar a María Eugenia Vidal. Kicillof no está sólo. Mencionó la falta de cárceles como si la responsabilidad recayera solo en la ex gobernadora. Esa tierra fue gobernada ocho años por Daniel Scioli, su embajador en Brasil, otro tanto por Felipe Solá, su canciller, y también por el consejero ocasional, Eduardo Duhalde​. Tal vez, algunas cárceles no se pudieron construir porque el actual juez de la Corte, Horacio Rosatti, renunció en su tiempo como ministro de Justicia de Néstor Kirchner por sobreprecios en un proyecto diseñado por Julio De Vido. La historia es mucho más larga y compleja que la que describe el Presidente: no hay quien no tenga un muerto en el placard.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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