Jueves, 25 Junio 2020 00:00

Chanchos que quieren volar - Por Luis Tonelli

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La cuarentena ha muerto. Larga vida a la cuarentena. El comandante Berni, en otro ataque de sincericidio, lo ha admitido: necesitamos una cuarentena estricta de 15 días, porque la cuarentena como se hizo en estos 100 días estuvo mal hecha. El punto es qué cuando esto lo decía la oposición le aplicaban el (in) famoso discurso de la “infectadura”: Cuarentena o Muerte.

 

En realidad, el encierro sirvió para mantener muy bajo (y muy auspiciosamente) el número de muertos por el COVID-19 – y, casi a cero el número de muertos por accidentes viales-. Pero sabemos que ambas limitaciones vienen del lado de la parálisis artificial de la vida social, convirtiéndola en una mera vida virtual-. Apenas se restituya la vida “material” –“algún día, nunca llega”, decía la canción de Credence Clearwater Revival- sabemos que volveremos a manejar como el diablo o peor, con la consiguiente cantidad de víctimas fatales.

Sin la vacuna, y sin la pandemia cumpliendo su ciclo, como parece que está pasando en Europa, lo que va a suceder con el coronavirus es lo mismo que con el tráfico. La cuarentena mal hecha no ha permitido extinguir el virus, sino que ha preservado reservorios para que apenas se relaje la circulación, aumenten los contagios.

Por supuesto, con nuestra cultura latina y las barriadas llenas de pobreza que tenemos, era imposible y es imposible, la cuarentena perfecta que pide Berni. El complemento que necesita, y que tampoco la hace perfecta, es el de “testear, rastrear y aislar”. Cosa que se le pide al gobierno desde la oposición desde el comienzo mismo de la cuarentena, pero que todavía se resiste a implementar.

Elevar el número de testeos no combate el virus, como se atajan desde el Ministerio de Salud (tampoco la cuarentena por sí misma, se podría decir). Pero permite identificar, cuando son masivos, al principal problema que ha tenido esta pandemia del COVID.19: los enfermos contagiados, pero asintomáticos -y que no solo contagian, sino que se sospecha que algunos de ellos pueden hasta ser super-contagiadores-. Si solo se mide a los que presentan algún síntoma y los asintomáticos circulan, la cuarentena aplana un tanto la curva, pero no la hace tender a cero.

Por qué el gobierno no ha invertido más en testeo -cuando incluso hoy tenemos producción nacional de los reactivos- es un misterio. Tampoco es una limitación que nuestra tradición política liberal impida que el gobierno extienda el cyberpatrullaje a cada uno de los celulares para trackearlos. Tenemos miles y miles de empleados públicos sin hacer nada que pueden convertirse con una buena capacitación en trakeadores que rastreen a los infectados, como viene argumentando el Dr. Adolfo Rubinstein.

Así, estamos condenados a la “cuarentena eterna” de la que se empiezan a conocerse números económicos escalofriantes -aparte de las historias cotidianas escalofriantes que nos llegan o sufrimos- El PBI en el primer trimestre se desplomó un 5,4% con solo 10 días de cuarentena, cuando ante la explosión de la convertibilidad el PBI anual cayó en el 2002 (con hiperdevaluación incluida, 10%). Hoy el PBI del mundo se reduce como el de nosotros en la convertibilidad, así que da miedo imaginar cuanto podemos caer y lo que eso implicará en términos de aumento de la pobreza -lo que significa más muertes a futuro, lisa y llanamente-.

En todo caso, y para evitar las teorías conspirativas -tan útiles para exculpar a lo que simplemente es producto de ese don tan extendido denominado “estupidez humana”- estas deficiencias son solo una expresión de la incapacidad manifiesta de nuestro Estado para hacer las cosas que debe hacer. Lo que le sucede al querido Perú es, en ese sentido, muy expresivo. Ahí su presidente, Martín Vizcarra, dictó la cuarentena incluso antes que nosotros, pero los resultados han sido muy malos con un importante saldo luctuoso en víctimas.

La economía peruana en negro alcanza el 70% (en la Argentina 50% pero con una protección social muchísimo más extendida que en Perú) y se tuvieron que mantener los mercados populares abiertos y las camionetas del transporte público -ante la necesidad de trabajar de los más humildes-. A esos focos de contagio hay que sumarle la ineficacia del sistema de salud. En la Argentina no llegamos a ese nivel de “desestatización” que ostenta Perú pero sufrimos en menor grado sus mismos problemas.

Nota bene: desde el kirchnerismo están muy entusiasmados con la nacionalización y estatización que se viene llevando a cabo en los países desarrollados. Pero si el Estado argentino no ha podido llevar a cabo exitosamente la medida más troglodita y poco sofisticada contra el coronavirus como lo es la cuarentena difícilmente pueda organizar una economía planificada o siquiera manejar bien una empresa (ahí están como ejemplo YFP o Aerolíneas). Encima Maastricht no es ni parecido a Rio Gallegos.

En síntesis, como dice mi Tío Norberto, difícil que el chancho vuele.


Luis Tonelli

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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