Viernes, 31 Julio 2020 00:00

¿Quién dijo que la Justicia­ necesita ser reformada? - Por Jorge Raventos

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La reforma de la Justicia que ha puesto en marcha el presidente Alberto Fernández despierta respuestas paradójicas. Se trata de la iniciativa política más importante que ha encarado el gobierno desde que asumió, casi ocho meses atrás.

 

Buena parte de ese tiempo, Fernández ha debido ocuparlo en atender el desafío de la pandemia y justamente esa concentración en el tema sanitario se le ha criticado crecientemente: se le ha imputado que se atrincheró en su rol cuasi sanitario y que dejó de lado otras responsabilidades. Pero ahora, cuando avanza sobre cambios trascendentes en el campo de la justicia, muchos de aquellos críticos se preguntan qué mosca le ha picado para ocuparse de ese tema "que en las actuales circunstancias no es prioritario para nadie'', para decirlo como lo expresó esta semana el dicharachero cordobés Luis Juez.

LA INTAGIBILIDAD

La verdad es que en la mayoría de los estudios demoscópicos que se enfocan en la imagen de las instituciones del país, el mundo de los tribunales está entre los sectores más golpeados. Los comentaristas más afamados han gastado ríos de tinta ensañándose con su turbio funcionamiento. Tanto el oficialismo actual como el anterior, igual que las corrientes que buscaron apartarse de la polarización, vienen reclamando cambios a fondo en la Justicia, particularmente en la Justicia Federal de la Capital (conocida por su paradero: `Comodoro Py'), formada por un pequeño número -una docena- de jueces a los que tirios y troyanos les adjudican opacos trapicheos con los servicios de inteligencia, con los poderes de turno...y con los poderes permanentes.

Cómo será de añejo el reclamo de cambios en esa atmósfera enrarecida que la reforma que ahora intenta Fernández tiene un antecedente en la que impulsó casi dos décadas atrás Gustavo Béliz como ministro de Justicia de Néstor Kirchner, un empeño frustrado cuando Kirchner se desembarazó de su ministro y prefirió reclinarse sobre el agente más poderoso y astuto de la SIDE, Jaime Stiuso. Es decir: el otro lado del mostrador.

Hoy como secretario de asuntos estratégicos, Béliz es, de hecho, uno de los escritores fantasma del proyecto actual, que, como lo expuso el Presidente, anteayer, busca ``superar que el poder decisorio se concentre en un reducido número de magistrados y magistradas que deciden en casi la totalidad de las causas con relevancia institucional y consecuentemente mediática'', por entender que ``estas han sido circunstancias determinantes para que este fuero se politizara del modo en que ha ocurrido''.

La reforma busca ampliar significativamente el número de juzgados federales, llevándolos a 46, a través de la fusión de los doce federales actuales con los once del fuero penal económico (que investiga delitos de lavado de dinero y contrabando) y la creación de veintitrés nuevos juzgados. La idea es desconcentrar ese poder, algo que por otra parte está en vías de ocurrir por otra circunstancia: la progresiva aplicación del sistema acusatorio que establece el nuevo Código Procesal Penal, donde el protagonismo de los procesos, el manejo de las investigaciones pasa de las manos de los jueces a las de fiscales.

LA PULSEADA Y LA GRIETA

En rigor, la jefatura de los fiscales pasará a tener un peso muy grande. Esa es la razón por la cual al gobierno se le hace difícil el nombramiento de su candidato para ese puesto -el actual juez federal Daniel Rafecas-, un paso que depende del visto bueno de al menos alguno de los miembros de los bloques adversarios en el Senado, ya que el oficialismo, que cuenta con mayoría, no llega a los dos tercios del cuerpo y necesita votos ajenos (o ausencias que le permitan atravesar la votación con dos tercios de los presentes). Así es la democracia: un voto de diferencia en determinada circunstancia se transforma en determinante, sea para dar luz verde o luz roja. Las mayorías especiales que reclama la Constitución para ciertas decisiones tienen el sentido de promover la negociación y ese toma y daca que enerva a los principistas cándidos pero que permite moderar conflictos inmovilizantes y confortaciones inoportunas, sobre todo en momentos críticos.

Este parece ser el caso de la reforma de la Justicia, una necesidad en la que parecía haber coincidencias, pero que ha sido contaminada por la grieta y la sospecha.

La oposición atribuye a la reforma de Fernández al objetivo de manipular los juicios que afectan a la señora de Kirchner. Con esa lógica la Justicia podría gozar de una intangibilidad impar: todas las oposiciones alegarían sospechas cuando sea el adversario el que maneja la administración y a quien le toca pilotear el cambio.

LAS VOCES MODERADAS

En el seno de Juntos para el Cambio pareció esbozarse plenamente esa actitud si se observa únicamente el gesto más destacado en los medios: negarse a participar en la presentación pública del proyecto que hizo el Presidente el miércoles. Sin embargo, conviene atender a todos los matices para entrever distintas actitudes.

De hecho, el documento -sin firmas- que emitió la coalición opositora el martes no se expresó sobre la reforma judicial porque no hubo acuerdo después de una reunión virtual de la que participaron casi todos sus principales líderes (desde Mauricio Macri y Miguel Pichetto a Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, pasando por Alfredo Cornejo, Cristian Ritondo, Luis Naidenoff, Mario Negri, Humberto Schiavoni, Patricia Bullrich y Martín Lousteau. No asistió Elisa Carrió; por su fuerza concurrieron algunos de sus escuderos).

Macri y Bullrich querían un pronunciamiento fuerte y claro contra la reforma. Rodríguez Larreta, Vidal y Lousteau -pero no sólo ellos- rechazaron esa postura con un argumento sensato y prudente. No se podía criticar lo que aún no se conocía.

El ala moderada del Pro, con Larreta a la cabeza, está demostrando que puede contener las presiones confrontativas que ejerce su sector duro. El jefe de gobierno -que el día del amigo, con elegancia, tranquilizó a su público afirmando que él no es amigo del Presidente y de inmediato aclaró que tampoco es amigo de Macri- viene posicionándose en el centro del escenario político. Ha dejado trascender claros mensajes a sus seguidores en los que afirma que "la discusión en la política hay que darla desde el medio, desde la moderación'' y que "el lugar para construir está en la superación de la grieta. Yo estoy en contra de la grieta''.

En lo que sí pudieron ponerse de acuerdo en Juntos por el Cambio fue en rechazar eventuales cambios en la Corte Suprema. El tema tiene su miga: ese tipo de modificaciones puede ser una tentación de los gobiernos y a veces se convierte en una trampera. Baste recordar el decreto de necesidad y urgencia con el que Mauricio Macri, a menos de una semana de haber asumido, designó a dos miembros de la Corte en comisión: ese paso le demandó su primer ejercicio de autocrítica. Tuvo que dar un paso atrás porque hasta en su coalición lo cuestionaron. Esos cambios no se pueden hacer a los panzazos.

CORTES Y QUEBRADAS

Ahora es el oficialismo el que se inclina a hacer ajustes en la Corte, ampliándola o modificando su estructura para pasar a una de salas especializadas. En verdad, Alberto Fernández había expresado antes de ser presidente, con reiteración y en su condición de hombre de derecho, que él no tocaría el número de integrantes del alto tribunal.

En cuanto a su integración, tanto desde el oficialismo como desde la oposición se han expuesto muchas críticas a algunos de sus miembros. Elisa Carrió tiene una batalla personal contra Ricardo Lorenzetti (un blanco en el que coincide con la señora de Kirchner).

El Presidente ha procedido en relación a este tema con el mismo protocolo que con la pandemia: convocó a especialistas; para el coronavirus, epidemiólogos e infectólogos: para las instituciones mayores de la Justicia, a juristas.

Hubo, sin embargo, diferencias. Al comité de asesores sanitarios sólo lo atacaron en primera instancia algunas voces fronterizas. Al "Consejo Consultivo para el Fortalecimiento del Poder Judicial y del Ministerio Público'' (tal el nombre de la comisión asesora que urdió el Presidente) lo han bombardeado desde antes de que se constituyera.

Las objeciones que se han puesto no se refieren a la idoneidad de los convocados, sino a otros aspectos. Se arguye, por caso, que no hay ex miembros de la Corte entre los miembros de la comisión o que no están algunos nombres y en cambio hay otros. O que el Presidente no negoció la integración de ese comité con la oposición. En rigor, es como si muchos quisieran esgrimir la lapicera del Presidente mientras argumentan que esa lapicera la usa la señora de Kirchner.

Conviene tener claro que al Consejo Consultivo (que en tres meses deberá asesorar a Fernández sobre el funcionamiento de la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura, el Ministerio Público Fiscal y el juicio por jurados) lo instala el Poder Ejecutivo. Cita a sus integrantes en virtud de sus conocimientos, no por su representación. Los recluta por decisión propia del Presidente, como hizo con el comité de asesores sanitarios: allí no llamó a tres infectólogos peronistas y a dos epidemiólogos del Pro y a uno del radicalismo. No tiene por qué lotear esa comisión con los partidos políticos, aunque una visión inteligente y colaborativa tratará de evitar gestos de arbitrariedad que irriten gratuitamente a la opinión independiente o a los adversarios no confrontativos. El Presidente volvió a exhortar a sus opositores a que debatan, sin prejuicios, lo que es "solo una idea''.

En cualquier caso, el lugar donde se expresa la representación está en el poder legislativo y allí habrá negociación y acuerdos o, de lo contrario, voto a cara de perro, procedimientos que están dentro de las reglas del juego, cuando llegue la hora de definir los cambios en la Corte o, eventualmente, nuevos nombres para integrarla (en caso de que el Comité Consultivo dé ese asesoramiento y en caso de que, de ser así, el Ejecutivo siga el consejo). Ya se ha dicho que el oficialismo no tiene asegurados los dos tercios que se requerirían para modificar la Corte, suponiendo que esa fuera la iniciativa. La solución se dirimirá en el Congreso. Lo que no está mal, si se piensa institucionalmente.

La presencia del doctor Carlos Beraldi, que actúa como defensor de la señora de Kirchner en varios de los juicios que se le siguen a la expresidenta, es otro de los puntos que se atacan. Le han puesto bolilla negra. Si bien se mira, al gobierno le hubiera convenido tomar en cuenta que recibiría golpes por ese flanco y que era preferible (con más realismo que principismo, si se quiere) abstenerse de convocar a Beraldi. Pero probablemente la Casa Rosada llegó a la conclusión de que si Beraldi no era el argumento, los influyentes sectores que cuestionan su reforma habrían buscado otros.

Así como el sector moderado de Juntos por el Cambio se muestra capaz de sofrenar a su fracción acelerada, también en el oficialismo se nota la intención de fortalecer la moderación. Una comisión de personas idóneas es, en principio, un filtro que impone equilibrio. Los tiempos lo exigen. El coronavirus está lejos de haber sido vencido y la situación económica seguirá siendo exigente.

JUEGOS DE MASACRE

Gradualmente, el país va asimilando la idea de que tendrá que convivir con la amenaza del Covid 19 mucho más tiempo del que puede durar una cuarentena. La Argentina ya lleva casi cuatro meses de parate y todavía no ha atravesado el demorado pico de la pandemia, que algunos proyectan ahora para entrado el mes de agosto e incluso más tarde. La vacuna que se espera no será efectiva antes de un año.

Es evidente que ningún país puede vivir esa espera encapsulado y sin actividad. Habrá que combinar el proceso de reapertura de la plena de la actividad con formas de distanciamiento responsable y una vigilancia constante sobre la evolución de los contagios.

A esta altura, una parte creciente de la sociedad parece más preocupada por las perspectivas que deparará la pospandemia que por las cifras cotidianas que transmiten los infectólogos, aunque esas cifras sean estos días más ominosas.

Demorarse a la guerra interna cuando aún se libran las batallas con el virus y con la crisis económica es un juego de masacre. Lo que se necesita es equilibrio y una convergencia nacional. Si no se entiende por la razón, se entenderá por imposición de la realidad. Las crisis profundas suelen incentivar la lucidez.

Jorge Raventos

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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