Domingo, 18 Diciembre 2016 12:22

Macri sólo aparecerá si hay acuerdo por Ganancias

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Gobierno y oposición preparan el retablo del acuerdo sobre Ganancias: lo tienen listo para mañana, en la oficina de Rogelio Frigerio, adonde están citados los jefes de los bloques opositores del Congreso –Miguel Pichetto, Héctor Recalde, Oscar Romero (del sector de Diego Bossio), Graciela Camaño, etcétera– y los encargados de las comisiones de Presupuesto y Hacienda, Juan Manuel Abal Medina y Luciano Laspina.

 

 

Del grado de acuerdo que se muestre depende que se sumen, siguiendo la escala zoológica del Ejecutivo, Marcos Peña y hasta Mauricio Macri. Las partes se distrajeron todo el fin de semana en discusiones de números, porcentajes, topes, máximos y mínimos con un nivel de espesura que esconde el fondo de la pelea, que es política. Más que el bolsillo de los pagadores de impuestos, lo que justifica la puja es la estampa política final con ganadores y perdedores. Después de un año de gastos imparables, el fantasma del déficit –del cual pocos se ocuparon cuando se reducían impuestos y retenciones y había suelta generosa de fondos para provincias, organizaciones sociales y planes para pobres– se convirtió en el tótem en torno del cual bailaron todos buscando medro político. Esperable según la fórmula tópica de la Argentina, cuyos gobiernos juegan siempre en el límite que separa a la gobernabilidad del interés público. Gobernabilidad significa estabilidad en el poder, algo que nadie resigna y que obliga a postergar la defensa del interés público.

 

En el fondo, una pelea entre peronistas

 

Esta percepción ganó a los dos bandos en disputa, divididos en tribus que discuten hacia adentro el método para enfrentar esta guerra civil de baja intensidad que se libra por el reparto de los impuestos. Hacia adentro del peronismo hay una despiadada disputa por el único espacio de poder que tiene esa formación, que es el bloque de senadores. Miguel Pichetto ejerce la presidencia de la bancada, que lo hace, además, el jefe virtual del Partido Justicialista (es vicepresidente de la gestión de José Luis Gioja). Por eso es blanco de los dardos de sus compañeros que quisieran ocupar esa dignidad, o al menos verla pulverizada como arma de poder para el rionegrino.

 

El peronismo no tiene otra herramienta para sobrevivir a las consecuencias de una derrota electoral que ocurrió hace un año, pero de cuyo duelo no se recupera. Ese partido fue siempre una liga de gobernadores, pero el proceso de salida del poder del PJ coincidió con una renovación generacional de mandatarios, que les ha quitado volumen a los protagonistas. Ninguno de los gobernadores tiene la gravitación que tuvieron otros en el pasado, como el jefe de lo que se llamó el “peronismo federal” que juntaba a Carlos Reutemann, Juan Carlos Romero, Ramón Puerta, Néstor Kirchner y los Rodríguez Saá.

 

Hoy el único que podría alcanzar el volumen político de esa tira es Juan Schiaretti, que es un hombre que juega por afuera del Frente para la Victoria, y que es el mejor amigo del gobierno de Macri, que le debe su presidencia al voto peronista de Córdoba en las últimas presidenciales.

 

Esto provocó, además, una novedad que pocos han profundizado, que es la resurrección de la CGT como árbitro. Pichetto dijo en todas las reuniones que cualquier salida pasa por lo que digan los sindicalistas. Los senadores peronistas, les explicó a todos, nunca van a ir en contra de la CGT, que es el sello al que hay escuchar cuando se trata de impuestos a los sueldos. Si apoyan el dictamen Kicillof, irán a suerte o verdad, esperando que se convierta en ley en el Senado. Si apoyan los cambios que pidió el Gobierno, aseguran el voto de la mayoría simple en Diputados para abrochar el nuevo sistema. Frente a ellos pesa la presunción del Gobierno de que puede tener votos para aprobar cambios sin consulta con el peronismo –la Casa de Gobierno decía que tenía 36 votos en favor del proyecto bueno, que baja el gasto frente a lo que votó Diputados–. Si eso ocurre, vuelve todo a Diputados y la pelea será por los 2/3 de la oposición para ratificar al plan Kicillof.

 

El último equilibrista

 

Bromeó en serio Mario Negri por televisión sobre Pichetto cuando dijo que lo van a llamar del Cirque du Soleil, porque es el último equilibrista que le queda al peronismo. Lo hostigan desde el peronismo del bloque –Marcelo Fuentes, delegado del cristinismo residual– y también del Gobierno, que también está dividido entre quienes quieren cuidar la silla de Pichetto como el mejor negociador y quienes quieren dinamitarlo para provocar una fragmentación mayor del peronismo, mirando hacia la campaña electoral.

 

En la mesa chica del presidente, que sesionó el jueves por segunda vez en la semana, se abrieron dos alas: la pesimista y la optimista. Esta última la representan –para elegir a un par de emblemáticos, pero que no son los últimos– Frigerio, Mario Quintana y José Torello. Creen que el acuerdo sale de la conciencia de todos los actores de que hay que cuidar los números y que los gobernadores disciplinarán a los legisladores.

 

“Cadena destituyente” (Sanz)

 

El ala pesimista se encarnó el jueves en la voz de Ernesto Sanz, que usó la palabra “cadena destituyente” para describir la voluntad de los peronistas unidos para hacerle daño al Gobierno más allá de cualquier criterio de prudencia. De esa cadena, explicaría Sanz, participan también empresarios desinversores comprometidos con negocios del anterior gobierno, y algunos sindicalistas duros.

 

Para el ex senador y miembro de la mesa de coordinación del Gabinete, cualquier debate sobre números que plantee el peronismo es una distracción. “Si algo tenemos los radicales de mi generación es que no somos pelotudos”, ha dicho Sanz frente al presidente.

 

Macri escucha a todos y repite la consigna: hagan el acuerdo posible, pero ninguna negociación hay que hacerla aumentando el gasto. Tampoco votando impuestos a la producción que ahuyenten a los inversores. Esta posición alimenta otra presunción del peronismo que hay que anotar: hay quienes creen que lo que busca el Gobierno es empantanar el debate y que no haya ley de Ganancias hasta el año que viene. Macri ordenó que este debate debe cerrarse, con cualquier resultado, antes de la campaña electoral, para que el debate no le regale artillería al peronismo.

 

En las reuniones del ala Massa-Bossio del jueves en el Congreso, surgió la hipótesis de que la ventaja de no cerrar Ganancias ahora es darle una ventaja al Gobierno en la discusión de las paritarias del año que viene. Si el tema se posterga, va a incorporarse a la discusión salarial, que no será sólo sobre sueldos sino sobre impuestos, algo en lo que el oficialismo –que en las paritarias es la patronal– tendría otro producto para negociar.

 

“Si nos c … Macri, nos vamos con Massa”

 

Pesa en esta trama también la inquina que crece entre Macri y Massa, del cual tuvo un testimonio el lunes en Jujuy Celso Jaque. Fue a intervenir el PJ local que estaba en manos del vicegobernador massista del radical Gerardo Morales, Carlos Haquim. Logró asumir, pero en los papeles, por los seguidores de Haquim que le tomaron la sede partidaria y cuya recuperación deberá pelear ahora en la Justicia la formación que conduce José Luis Gioja.

 

Jaque le dijo que era intolerable que un vicegobernador de un gobierno radical condujese el PJ. “Mirá –le dijo Haquim –si a nosotros nos caga Macri, nos vamos con Massa”. De eso se habló en la previa de la cumbre radical que ocurrió en la noche del jueves en el hotel Alto de la Viña, a la que asistió la cúpula del partido y el gobernador Morales.

 

Reacomodamientos de escenario

 

Más allá de la metáfora destituyente del mendocino, lo único que hace entendible esta pelea es la política y no la discusión fiscal, que está a cargo de una mesa de técnicos que afila números pero que no puede decidir, y en la que roncan fuerte Guillermo Mitchell –ex AFIP que representa a Pichetto-Bossio–, Marcos Lavagna –del ala Massa– y Luciano Laspina.

 

Trafican cuadro de Excel, pero al final las respuestas y repreguntas se las dejan al ala política encargada de mostrar algún acuerdo en la reunión de mañana. La crudeza de la foto que mostró a los peronistas juntos cantando la marcha en el recinto de Diputados cuando se votó el proyecto Kicillof, obligó a reacomodamientos de escenario que complicó más las relaciones entre las tribus opositoras.

 

No les gustó la carta de Sergio Massa a Macri, que vieron como una nueva pretensión de mostrarse como un peronista de la superación; Massa, Bossio y Pichetto navegaron sin luces, pese a los ataques de Marcelo Fuentes y buscan ahora una nueva fisonomía para sus roles.

 

Tienen que acomodarse al libreto de la simulación, que se generaliza: mandan Pichetto, Massa, Bossio, Cristina, pero aparecen, en lugar de ellos, Gioja, Graciela Camaño, Oscar Romero o Fuentes. ¿Ocurre lo mismo en el oficialismo?

 

Por algo salió a decir Macri a su gabinete que Peña, Quintana y Gustavo Lopetegui son sus ojos y hablan por él. Hablando de escenarios, Bossio hizo un viaje relámpago a Madrid para conocer a quien puede ser su nuevo asesor, el experto Iván Redondo, que suele aconsejar al PP en elecciones exitosas. Pertenece al mismo haras que Jaime Durán Barba, la Universidad George Washington.

 

El amigo americano

 

La tormenta de Ganancias –casi perfecta porque les sirve a todos para su medro político, solapado en una compleja discusión fiscal– no logró esconder otras señales poderosas de la semana. Quienes siguen la agenda global, destacaron la presencia en el país de Bruce Friedman, encargado del desk de Brasil y Cono Sur en la cancillería de los EE.UU. Este diplomático vino a la despedida del vicepresidente de Exxon Argentina, Thomas Hess, a quien le trajo un regalo casi masónico: un juego de gemelos con el sello del Departamento de Estado.

 

En esa despedida en el hotel Alvear estuvo toda la industria del petróleo y rodearon a Friedman y a Hess el asesor estratégico de Macri, Fulvio Pompeo, y el nuevo vicecanciller Pedro Villagra.

 

Ocurre que Hess trasmite fueros, porque es quien mejor conoce a Rex Tillerson, el postulante de Donald Trump para ser su canciller. Tillerson ha venido a la Argentina varias veces en la última década y desarrolló, con Hess sobre el terreno, la inversión de la Exxon en Vaca Muerta. Hess será consultado por los funcionarios argentinos para organizar la nueva etapa de las relaciones con los EE.UU.

 

En las horas de su estadía en Buenos Aires, Friedman no se separó de Noah Mamet, quien estuvo en la despedida de Hess y horas más tarde a solas con Macri en Olivos. No se dirá aquí que hubo alto tenis en la embajada porque lo van a desmentir. Tampoco que Hess estrenó los gemelos anteanoche en otra cena de despedida de altísima gama con los enviados de los EE.UU.

 

Ignacio Zuleta

Visto 639 veces Modificado por última vez en Lunes, 13 Febrero 2017 21:34

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