Domingo, 27 Noviembre 2016 11:24

Macri, ante los primeros síntomas de impotencia

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En la semana que pasó, el gobierno de Mauricio Macri chocó con la dura realidad de los desagradables números de la economía que no se reactiva y con una oposición cada vez menos dispuesta a facilitarle las cosas. Los últimos días revelaron los primeros signos de impotencia y de fastidio en una gestión gubernamental que nadie imaginó sencilla, pero que había venido sorteando hábilmente hasta ahora los problemas derivados de no ser mayoría en el Congreso.

 

 

El mismo Presidente que, hace pocas semanas, dijo haber coincidido con el papa Francisco en que el asistencialismo debía ser transitorio y en la necesidad de superar la crisis recuperando la cultura del trabajo y creando empleos de calidad, terminó hace unos días negociando mayores niveles de asistencialismo con las organizaciones piqueteras y acordando el tratamiento de la controvertida ley de emergencia social en las sesiones legislativas extraordinarias. La iniciativa pactada comprende el destino de entre 25 mil y 30 mil millones de pesos adicionales en los próximos tres años a políticas sociales. El Gobierno debió contentarse con borrar del proyecto el párrafo que mencionaba la absurda creación de un millón de puestos de trabajo por el Estado y con la promesa del dirigente social Emilio Pérsico de "un diciembre tranquilo". En síntesis, una transacción política que no difiere mucho de una extorsión, aunque la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, la justifique señalando que se trata de poner sobre la mesa un tema que existe en la Argentina, como el de la pobreza.

 

Casi al mismo tiempo, el Gobierno acordó firmar en la mesa del diálogo con sindicalistas y empresarios una declaración que incluye la "intención" de no despedir trabajadores hasta marzo próximo. Una manifestación voluntarista que puede fácilmente sucumbir ante las dificultades económicas y en la que nadie cree realmente.

 

Las cifras de un déficit fiscal que se expandió el 183% en octubre respecto del mismo mes del año anterior pusieron en evidencia que el gradualismo para achicar el gasto público e ir poniendo en orden las cuentas se está transformando en inacción, al tiempo que la promesa de Macri de eliminar el impuesto a las ganancias sobre los salarios quedó por ahora en un engaño a sus votantes.

 

El gobierno nacional permanece enredado en las telarañas que dejó la gestión de Cristina Kirchner. Sus funcionarios se resignan a explicar que no se puede achicar más el gasto del Estado y que no es viable bajar impuestos si no se crean o se aumentan otros tributos. Macri parece haberse convertido en un mero administrador de la crisis y en un Presidente de transición, antes que en alguien capaz de liderar un cambio profundo.

 

Atrapado su gobierno por la coyuntura y por conflictos sectoriales propios de una de las acostumbradas pugnas distributivas por recursos que no existen o son cada vez más escasos, Macri pasó a ser un administrador de las penurias.

 

"El macrismo no gobierna. Se justifica", apuntó el siempre filoso Jorge Asís, dando a entender que, primero, el oficialismo se justificó por lo que dejaron los que se fueron (los kirchneristas) y ahora se justifican porque quienes se fueron pueden volver. Puede, sin embargo, objetarse parte de esa observación. En rigor, Macri demoró más de la cuenta en describirle detalladamente a la ciudadanía la dimensión y la gravedad de la herencia recibida de la gestión kirchnerista. Hace unos días, durante el encuentro de la Unión Industrial Argentina (UIA) realizado en Parque Norte, el Presidente trazó un diagnóstico desgarrador sobre esa herencia: "Les dije que el punto de partida iba a ser difícil. Pero me quedé corto: la situación del país era infinitamente peor de lo que imaginábamos. Encontramos verdaderamente un país quebrado", les dijo a los empresarios. Como si antes de asumir ignorara la crisis energética y el elevadísimo nivel del déficit fiscal que convive con una de las más altas e insoportables presiones tributarias de la historia. De ninguna manera encontró el primer mandatario una situación que no imaginaba. Simplemente, por consejo de algunos de sus asesores políticos, se abstuvo de darla a conocer públicamente en su primer mes de gestión, como debió haberlo hecho.

 

La ilusión del segundo semestre y de los brotes verdes de la economía comienza a marchitarse. En el cambiante escenario internacional, Macri puede tener a mano ahora un nuevo pretexto: el ascenso de Donald Trump. Puede ser un pretexto para explicar las recurrentes demoras de la reactivación económica y para justificar las crecientes cuotas de populismo que exhibe su gobierno.

 

De acuerdo con algunos analistas internacionales, es probable que las medidas proteccionistas de Trump se demoren en llegar. Sin embargo, si su anunciada política de rebajas impositivas se concreta rápidamente, se aceleraría la tendencia a una suba de las tasas de interés internacionales y a una revalorización del dólar en el mundo, por lo que la estrategia argentina de financiarse aumentando sus niveles de endeudamiento externo se vería afectada. No hay muchas opciones frente a esto. Recurrir a más emisión monetaria provocaría más inflación. Aumentar más los impuestos luce inviable dado que la presión tributaria ya es muy elevada. Incrementar el endeudamiento del Estado en moneda local podría ser una alternativa, pero el stock de Letras del Tesoro (Lebac) es en pesos equivalente a más de 46 mil millones de dólares, que superan en más de un 20% las reservas internacionales y son superiores incluso a la base monetaria. La esperanza de los dólares del blanqueo no es menor, pero aun en el mejor de los casos éstos resultarán insuficientes para seguir financiando el monumental déficit fiscal.

 

Hay desajustes de los que nadie quiere hablar, como el hecho de que menos de 8 millones de personas del sector privado que hacen aportes regulares a la seguridad social financien a casi 20 millones que, de una u otra forma, viven del Estado a través del empleo público, jubilaciones, pensiones, asignaciones, subsidios y planes sociales. A esos desajustes ha contribuido la propia gestión macrista, que cuenta con la más exuberante organización ministerial de la historia argentina: 20 ministerios, a los que se deben sumar la Jefatura de Gabinete y otras unidades dependientes directamente de la Presidencia; 85 secretarías de Estado; 204 subsecretarías, incluidas 20 que son de coordinación; 50 institutos y 91 entes descentralizados. Todo un récord y una de las mayores señales sobre la poca prioridad que el excesivo gasto público tiene hoy para las autoridades nacionales.

 

La convocatoria por parte del Presidente a sus ministros a un "retiro espiritual" en Chapadmalal para el jueves próximo podría ser una buena oportunidad para analizar qué señales de ajuste de la política se podrían ofrecer para pensar que alguna vez se podrá reducir la presión impositiva y alentar las inversiones y la competitividad. Aunque nadie esté pensando por ahora en una tan postergada como necesaria reforma administrativa.

 

Por ahora, la inquietud en el oficialismo está centrada en una posible "oxigenación" del Gabinete, como lo ha definido el titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, luego de que con su sugerencia de convocar a dirigentes del peronismo, como el propio Florencio Randazzo, pusiera en evidencia la crisis de identidad que por momentos parece afrontar una coalición gobernante acosada por incipientes luchas internas, por las picaduras a las que la somete la propia Elisa Carrió y por el nerviosismo propio de quienes siguen esperando vanamente que la economía arranque. 

 

Fernando Laborda

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