Viernes, 11 Noviembre 2016 13:50

Trump, Macri, los outsiders y los vaticinios errados

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En una era en la que los fenómenos sociales parecen transparentes, en la que lo privado se convierte en espectáculo  y los instrumentos informáticos  permiten conocer  hábitos y deseos de las personas, las empresas  especializadas en demoscopia se empeñan en dar pronósticos fallidos. ¿Errores técnicos o miopía ideológica?

 

 

Un mes atrás, en vísperas del  plebiscito colombiano, se señalaba en esta columna: “La gran prensa y las encuestas aseguran que Trump no puede ganar. También  aseveraban meses atrás que jamás llegaría a imponerse como candidato del Partido Republicano. Los gurúes muchas veces se equivocan”. Volvieron a patinar, efectivamente, tanto en Colombia  como en la elección presidencial de Estados Unidos.

 

La victoria de Donald Trump no era en absoluto imprevisible. Quizás hubiera alcanzado con aguzar el oído para que registrara con objetividad las voces que  no reverencian el pensamiento políticamente correcto (esa papilla que consigue homogeneizar el pensamiento de lectorados  urbanos de Occidente y sus satélites  exóticos) o leer  los datos  que reflejan  las abolladuras del sueño americano o tomar en cuenta  el creciente descontento con el establishment  político, resumido en  el tono despectivo con el que se habla de Washington, la capital del poder.

 

Trump  consiguió la candidatura republicana expresando esas reacciones no atendidas. Lo hizo enfrentando al aparato de su partido. Al revés, Hillary Clinton, apoyándose en el aparato del suyo, el Demócrata,  pudo sofocar la oposición interna que  representó  Bernie Sanders,  un candidato que,  desde la izquierda, también canalizaba oposición al establishment.  Así, el enfrentamiento  decisivo se dio entre  una candidata que, más allá de la sedicente retórica  progresista que seducía a sus clientelas, encarnaba a Washington y al poder  político, y un hombre de negocios de modales zafios y  jopo decididamente rústico  que parecía ilustrar al  ricachón estadounidense  estereotipado por  el mundo bienpensante   que, pese a ello (o por ello) se transformó en  el instrumento de los que están  o se sienten empujados fuera del sistema, un outsider, una herramienta de cambio.

 

El mundo intelectual  decidió, primero, ningunear a Trump. Y después, demonizarlo. Resulta irónico que  quienes diez días antes se indignaban porque el candidato republicano había dejado “en suspenso” una  aceptación  anticipada de los resultados electorales, se lanzaron a la calle al día siguiente del comicio para  rechazar al  candidato electo al grito de “No es mi Presidente”.  Una manifestación  negacionista: rechazo al resultado electoral  sin siquiera alegar  excusas de fraude.

 

Algo de ese  rechazo  al cambio  (una reacción evidentemente conservadora) integró  la retórica de buena parte de la prensa más influyente  (no solo  la estadounidense) y, obvio, nubló la vista e insensibilizó a los investigadores de opinión pública que  pronosticaron tan insistente como pifiadamente la derrota del  “magnate” (término  demodée de tono progre que  emplean  los medios  conservadores para referirse a Trump).

 

Así como  esos vaticinadores  anunciaron resultados que se invirtieron, probablemente haya que  al menos poner  en el congelador  las calamidades globales que algunos anticipan  como  fruto de la victoria del candidato republicano.  Estados Unidos  es un sistema de pesos y contrapesos, poderes y contrapoderes que, aún  en tiempos de cambios profundos, busca el equilibrio.

 

Sabiendo que los encuestadores  pueden  meter la pata (y últimamente tienden a hacerlo asiduamente) es menester preguntarse por qué motivo la canciller  Malcorra, el embajador en Washington Martín Lousteau  y hasta el presidente Mauricio Macri decidieron  desafiar la tradición diplomática argentina que aconseja no  meterse  en problemas  internos de otras naciones y  pronunciarse a favor de la señora de Clinton  antes de la elección. 

 

¿Estuvo ese  paso de política exterior guiado por un interés doméstico (la certeza de que la opinión pública local simpatizaba con la señora de Clinton)?  El paso fue un resbalón, agravado por el hecho de que Clinton perdió. Sería además una pena que la motivación  fuera doméstica. El kirchnerismo colonizó  la política exterior argentina en el altar de las cuestiones internas.  Se trataría, así, de un revival  que  choca contra la idea del cambio que auspicia la formación oficialista.

 

Al fin de cuentas Macri y el Pro (una fuerza  que creció como cuestionamiento a la política tradicional alrededor de un empresario outsider) tienen señas de identidad en sus orígenes que  le permitirían entender mejor el fenómeno Trump. El presidente electo de Estados Unidos.

 

Jorge Raventos

 

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