Martes, 08 Noviembre 2016 12:25

El tío rico y la princesa rockera

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El largo recorrido judicial que recién comienza a adentrarse en el núcleo, el corazón de la corrupción kirchnerista, se vivió intensamente esta semana con un desfile visualmente impresionante de sus principales figuras por Comodoro Py.

 

 

En esta época en que las imágenes predominan por sobre las palabras, esas citaciones judiciales hablan por sí mismas. Y nos cuentan una historia que quedará en la historia.

 

Todo se inició con un hombre, Néstor Kirchner, que construyó con sus propias manos y su propia mente un artificio que algunos llaman asociación ilícita y otros revolución nacional y popular. Tal es la amplitud de miras con la que supo confundir a una sociedad recién salida de la anarquía.

 

La meta y la ambición de Néstor fue de una desmesura impresionante, esa y no otra es la palabra que puede describir lo suyo. Lo que se propuso lograr era políticamente más difícil que la liberación de medio continente. Buscaba que todos los bienes públicos de la Argentina fueran identificados con él. Una privatización sui generis de dimensiones colosales frente a la cual lo de Menem se quedaba corto. Es que Kirchner no quería entregarles a las empresas privadas los bienes públicos como hizo el caudillo riojano. Más bien quería hacer del Estado un búnker privado con un solo dueño, donde todos debieran subordinarse a él. El Estado como una gran empresa personal, aunque en su disfraz ideológico Kirchner fuera el Nestornauta colectivo.

 

El sueño de Néstor en su  presidencia consistió en quedarse con el manejo de las obras y los servicios públicos de todo el país y en la primera presidencia de su esposa, quedarse con Clarín, vale decir con los medios de comunicación que para él eran la ideología organizativa de esta época. Una traspolación de aquel viejo Lenin que identificaba al comunismo como la suma de soviets más electricidad. Para Kirchner la revolución era la suma de Clarín más Báez. Y siendo patrón de ambos, desde ellos quedarse paso a paso con el resto de las obras públicas y los medios.

 

Lograr esa meta no lo podía hacer desde la mera lógica política tradicional porque se trataba del más grande traspaso propietario jamás intentado. No de lo público a lo privado ni viceversa, sino del país entero a una sola persona. Por eso, para cometer los ilícitos imprescindibles a fin de concretar su obra magna, se valió sobremanera de mayordomos, choferes, jardineros, cajeros de banco, sumisos totales, compañeros de juergas o farras y hasta isidoritos noctámbulos de Mardel, como Amado Boudou. O sea, meros rufianes a su exclusivo servicio.

 

A partir de manejar obras y medios, intentaría que todos los empresarios y multimillonarios del país se convirtieran, ni siquiera en capitalistas amigos sino en sus meros testaferros. Que las clases medias se adormecieran con un hiperconsumo similar al de la plata dulce de Martínez de Hoz. Y que los pobres se mantuvieran calmos con la mayor cantidad de subsidios posibles. Eso sí, sin que nadie ignorara que todos comerían de la única y exclusiva mano de Néstor. Esa era su utopía mayor. Menor en su miserabilidad conceptual pero gigantesca en su imposible concreción. Aunque durante un tiempo creyó lograrla cuando puso a disposición de su finalidad los recursos superabundantes del colosal aumento internacional de las materias primas. Vale decir, la plata con la que podría haber construido un país nuevo de principio a fin, se la gastó enteramente en su esperpéntico antojo.

 

Néstor Kirchner quería ser el dueño de toda la riqueza nacional, una especie de aquel tío rico del Pato Donald, para zambullirse en una piscina repleta de dólares, ya que era insaciable para acumular, mientras que gastar le importaba poco. Cristina, en cambio, se conformaba materialmente con mucho menos, lo suficiente para devenir una de las personas más poderosas y famosas del mundo. A su particular modo. Que consistió en auto-modelarse como una original síntesis entre Lady Di, Rosa Luxemburgo y Madonna. Una princesa revolucionaria que fuera aclamada popularmente como una estrella de rock. Caritativamente benemérita con los pobres como Lady Di.

 

Implacable con los poderosos como Rosa Luxemburgo. Y aclamada como Madonna bailando en los escenarios del poder. Ambiciones figuronas pero insignificantes y frívolas frente a lo que pretendió su marido.

 

Sin embargo, entre los dos pudieron hacer que lo bueno y lo malo se tornaran indistinguibles. Gracias a Néstor se perdió toda diferenciación entre público y privado. Gracias a Cristina se perdió toda distinción entre verdad y mentira. Y gracias al relato kirchnerista se perdió toda distancia entre realidad y ficción. Lo que se intentó y logró en gran medida, fue confrontar con los datos para desprestigiarlos.

 

Que no es lo mismo que considerar falso a un dato en particular, sino negar la entidad de todos los datos por el solo motivo de ser datos.

 

Los datos y los hechos sólo pueden ser ontológicamente explicados y justificados por el particular relato que esta extraña pareja inventó. Si no, no valen ni existen por sí mismos. Eso hicieron con los datos del Indec o de la pobreza, los mintieron miserablemente desde el punto de vista estadístico para ajustarlos enteramente a la verdad de su relato. Con Nisman e Irán hicieron algo peor: negaron y ocultaron todo lo que tuviera que ver con ellos porque lo que no se ve no existe.

 

De todo esto se trata, en muy breve síntesis, el meollo, el fondo, el origen de lo que se está juzgando por estos días. Ni es una tangentópolis porque no se trató del mero financiamiento espurio de la política como con Menem, Brasil o Italia. Ni tan solo una asociación ilícita, porque si bien se delinquió, y mucho, no se trató nada más que de una banda organizada para ello sino de todo un proyecto político que se confundía con una sola persona. Un caudillismo exacerbado como en esa magnitud nunca se vio en el país, pero sin lugar a dudas producto de todos los vicios que fue acumulando la Argentina a lo largo de su historia, tanto que hasta se creyó posible un proyecto tan alocado.

 

En otras circunstancias, Néstor hubiera sido un mero usurero de provincia cuya fortuna habría consistido, como mucho, en veinte o treinta casas expropiadas a desesperados. Pero en la Argentina post-anarquía, esos vicios de su personalidad le permitieron convertirse en el hombre más poderoso del país. Que pudo usar sus miserias personales para la desmesura nacional. El éxtasis por el dinero y las cajas fuertes fue la pulsión principal de su pasión política. Quiso lograr un país a su imagen y semejanza, escriturado a su solo nombre. No era esta-tista, sino ego-ísta.

 

Las acusaciones que hoy se localizan en Comodoro Py son apenas la punta del iceberg de todo lo que hizo Néstor para justificar la privatización personalizada de lo público y de todo lo que hizo Cristina luego para poder justificar, aun sin compartirlo enteramente, lo que hizo su marido. Apenas se están juzgando, porque es lo único que se puede por ahora, los impuestos falseados de Al Capone. Ocurre que lo profundo de este drama es una mezcla entre delito y política muy difícil de distinguir.

 

Por eso los juicios que hoy se emprenden en Comodoro Py se ubican en el filo de la navaja entre lo judiciable y lo no judiciable, sin caer ni para un lado ni para el otro de modo taxativo. Hubo claras acciones delictivas (sobre todo por parte de Néstor Kirchner y sus secuaces) y traiciones a la patria (en el caso del vergonzoso acuerdo con Irán) difíciles de demostrar jurídicamente aunque muy fácil políticamente.

 

En fin, habrá que ver si se demuestra la asociación ilícita para que la Justicia pueda adentrarse algo en el barril sin fondo de la corrupción inevitable para llevar adelante la desmesura nestorista. O si se deberán conformar con la berreteada de las habitaciones hoteleras pagadas sin usar y el lavado de plata para transferir un puñado de dólares entre los Kirchner y los Báez.

 

Pero en un caso u otro, el juicio de la historia será lapidario con esta etapa tan increíble de nuestra historia. Que difícilmente alguien hubiera podido imaginar, ni siquiera mínimamente, antes de que ocurriera. Y que ojalá sea el epílogo de una Argentina que muere y que otra nueva y mejor empiece de una vez por todas a nacer. 

 

Carlos Salvador La Rosa

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