Lunes, 09 Mayo 2016 12:41

Herencias presentes: inflación y corrupción

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El contradictorio ministro de Energía, Juan José Aranguren, dispuso aumentos permanentes en los combustibles en lo que va del año y las subas ya llegaron al 30%.

Los muestreos de opinión revelan tres preocupaciones principales de los argentinos. En orden, primero aparece la inflación. En segundo término, la corrupción. En tercer lugar, la inseguridad. En el podio, no hay, de momento, lugar para el empleo.


Más allá de los políticos, los empresarios, los sindicalistas o los periodistas, los argentinos demostramos, después del interminable paréntesis kirchnerista, un retorno a la normalidad: nos preocupan los problemas que, por su dimensión, ameritan nuestra inquietud.


Desde ya que la trilogía no finiquita los desvelos. El estado de la educación pública está en condiciones de ocupar plaza en el citado podio. Tal vez no lo ocupa, producto de años de dejadez y facilismo y de la falta de una discusión seria sobre el tema, que incluya la totalidad de las aristas como por ejemplo la revisión del estatuto del docente y la evaluación de quienes educan.


No obstante la postergación de la selección de la educación como tema prioritario en la preocupación de los habitantes de la Argentina, la preferencia popular parece atinada.


Sin dudas herencia del pasado, de la pésima administración de un gobierno que no será recordado precisamente como un modelo –al menos de lo que se debe hacer- la lucha contra la inflación no parece ser encarada con una unidad de criterio para el combate, por parte de la actual administración.


Nadie discute la voluntad de doblegar al flagelo que el gobierno del presidente Mauricio Macri despliega. Vale la pena la aclaración porque nadie debe olvidar la negación que de la inflación hacían Cristina Kirchner, su ministro de Economía, Axel Kicillof y la cohorte de corruptos que los rodeaban.


No obstante, como cualquiera sabe, la voluntad es “conditio sine que non” pero no es condición suficiente.


La disputa entre el mayor y el menor grado de gradualismo que exhiben los cinco ministros del área económica más el presidente del Banco Central determinan una urgente intervención del presidente Macri para zanjar la cuestión.


Debe hacerlo y debe hacerlo ya. Bueno es el intercambio de opiniones, pero malo es el encuadre contradictorio de soluciones cuando no quedan reservadas al marco de lo teórico. No se puede virar a babor y a estribor a la vez. No existe un simultáneo viento de cola con otro simultáneo viento de popa.


Con los incrementos de las tarifas públicas, abril fue -aún restan por conocer las mediciones más serias- el mes de mayor incremento de los precios de los últimos años. Probablemente no se repita. Pero aun si la inflación cae a la cuarta parte –cosa improbable para el actual mayo- será altísima e insoportable para un país que votó y persigue una idea de estabilidad.


Contradicciones


Hablar de tarifas conforma el ejemplo patético de lo dicho anteriormente. No solo por las contradicciones entre el ministro de Hacienda, Alfonso Prat-Gay, y el de Energía, Juan Aranguren, sino por las decisiones contrapuestas que la propia secretaría de Energía dispuso sobre la materia.


No es curioso sino, por el contrario, demostrativo de cómo deben ser tomadas las decisiones.


Los aumentos en materia de energía eléctrica y gas, y en menor medida de agua y transporte fueron brutales. Nadie conoce muy bien el guarismo promedio de incremento, pero supera con creces cualquier porcentaje habitual.


Ante semejante golpe al bolsillo de los particulares y a la composición de costos de las empresas, nadie protestó. Cierto es que no abarca a todo el país. Y que es sensiblemente mayor en el área metropolitana de Buenos Aires que en el resto, algo que normalmente debería agravar la cuestión en virtud del valor de la Capital y alrededores como caja de resonancia.


Con todo, nadie protestó. Porque todo el mundo reconocía el brutal atraso en las tarifas provocado por el populismo. Un atraso que redundó en una mayor inflación debido a que la factura la soportaba el gasto público, no con ingresos genuinos, sino con emisión monetaria.


Y que generó una total falta de inversiones en el sector con la consiguiente, cíclica y odiosa escasez de electricidad en verano y de gas en invierno.


Fue tal la dejadez que ahora la Argentina ya no solo importará gas de Bolivia y de otras latitudes mediante el arribo de buques contenedores al país, sino que ahora Chile también será proveedor. Hace tan solo siete años, la Argentina exportaba gas a Chile.


Volvamos a las tarifas. Exactamente lo contrario ocurrió con los combustibles. En lugar del shock de un único e importante incremento al año, el contradictorio ministro Aranguren dispuso aumentos casi mensuales que nunca superaron el 10 por ciento. Así, a la fecha, los combustibles subieron un 30 por ciento.


Pues bien, 30 por ciento es mucho menos que 200 o 300 por ciento, sin embargo provoca un malestar mayor en los usuarios. Hay que reconocer que fue el gobierno K quien debió iniciar el camino de la recuperación de los precios tras la pérdida del autoabastecimiento petrolero a la que condujo su política.


Obviamente, el malestar de marras acontece porque, casi sin excepción, todo el mundo prefiere un justificado y duro golpe por única vez que continuas cachetadas por etapas.


Dicho de otra manera, el shock de la electricidad y el gas revela menos malestar que el gradualismo de los combustibles.

Una lección que debería ser aprendida, no solo por Aranguren, sino por todo el gobierno con Mauricio Macri incluido, quien ahora debió salir presuroso a decir que el de mayo fue el último incremento.


Más allá del gradualismo o el shock, el Presidente debería sacar dos conclusiones. La primera es que debe evitar las contradicciones entre ministros y, mucho más, entre políticas que implementa un mismo ministro.


La segunda es que debe de una vez por todas comprender el valor de la política. No como sinónimo del facilismo, como lo entendía el kirchnerismo, sino como interpretación de la sensibilidad popular.


Una sensibilidad popular que es bastante más compleja que la simple interpretación del bolsillo como la víscera más susceptible. Que incluye, por supuesto, el vivir mejor pero que también está dispuesta al sacrificio para lograrlo. Si no

¿Qué otra cosa es la vida?


Valga un recuerdo como ejemplo. Cuando en el 2001, Eduardo Duhalde se hizo cargo de un país casi incendiado, citó a los representantes del sector agropecuario y les dijo que reponía las retenciones. Nadie protestó. Era necesario poner el hombro.


Cuando algunos años después Cristina Kirchner intentó imponer su resolución 125 para apoderarse de una parte de la renta de los productores, el campo reaccionó, peleó y ganó. El sacrificio sí, el abuso no.


Por último, algunos datos sueltos de la economía. Junto al despropósito de los precios, el aumento de la fabricación de automotores, un 4,9 por ciento más en lo que va del año y un 13,8 por ciento más en abril, ambos guarismos anualizados.


En recaudación impositiva, un 33,9 por ciento más en abril 2016 que en igual período del año anterior. En producción de trigo, se espera siembra record. Datos alentadores que contrastan con la fuerte inflación y con la caída del consumo, un 2,3 por ciento en lo que va del año con un pico de un 3,6 por ciento en abril.


Mayo, pero sobre todo, junio, son meses claves para que la sensibilidad popular considere que comenzó la salida del pozo negro en que nos dejaron los doce años de kirchnerismo.


Corruptos


Es, hoy por hoy, la segunda preocupación que muestran los argentinos cuando son abordados.


Ya era hora, claro, después de más de una década kirchnerista dedicada al delito institucional. No obstante, y aún tras el letargo, evidencia una actitud que obliga a los descreídos a rever el fatalismo por aquello que dice que todo está perdido.


También aquí los ejemplos históricos sirven. Raúl Alfonsín no llegó a la presidencia de la República como consecuencia de un cambio en la economía o de una necesidad de otra distribución de la riqueza.


Llegó con el imperativo de recuperar el valor de los derechos humanos y con la consigna política de finalizar de una vez y para siempre con los golpes de Estado.


Limpiar a este país de corruptos, recuperar el valor de la ética, sentirse parte de una sociedad que no permite y que combate la impunidad, conforma imperativos de la hora. La reserva moral de una sociedad funciona.


No es tarea menor y nadie apuesta a la idoneidad, ni a la transparencia de la justicia para hacerlo. Tampoco, a la decisión del gobierno para impulsarlo.


Pero, más allá de gobierno y de poder judicial, es el requerimiento social el que impulsa las investigaciones y el que puso contra las cuerdas a la gavilla que se adueñó del país y de los dineros públicos.


Hablar de la caterva k es hablar con asco. De tipos que buscan toda clase de chicanas para evitar que les sean allanados los domicilios como Julio de Vido, el recaudador de los Kirchner, amparado ahora cobardemente tras los fueros de diputado nacional.


Es hablar de miles de millones de pesos robados a la confianza pública. De obras que no se hicieron y se pagaron. De sobre precios que nadie objetaba. De fraudes alevosos al Tesoro Público.


Es hablar de Cristina Kirchner, de su hijo Máximo, de Lázaro Báez, de Cristóbal López, de Julio de Vido, de Amado Boudou, de Aníbal Fernández y de todos quienes los secundaban a cambio de la venta de su honra y de su honradez.


Ya no se trata de hablar de ellos para, como hicimos desde ya hace unos cuantos años, denunciarlos aun cuando con el relato y el populismo convencían a los incautos.


Se trata de hablar del futuro “normal” de la Argentina. Si al menos todos los nombrados no quedan tras las rejas y sus bienes no son expropiados, el país no tiene chance alguna de emerger.


Habrá seguramente nuevos enriquecidos de la noche a la mañana y nuevos relatos que justifiquen cualquier cosa. Pero no habrá normalidad. Ni valor esfuerzo. Ni espacio válido para la capacitación y el trabajo.


Ahora bien ¿Están el gobierno y el poder judicial en sintonía con la sociedad? Algunas dudas surgen sobre lo primero, demasiadas incertidumbres rodean a lo segundo.


El presidente Macri definió a su gobierno con tres consignas: unir a los argentinos; pobreza cero; y combate total al narcotráfico. ¿Dónde incluye la lucha contra la corrupción? ¿En las tres o en ninguna de ellas? En todo caso, específicamente, no constituye una consigna en sí misma.


¿Fue un error de cálculo? ¿Deliberado? ¿Una incorrecta interpretación de la resignación argentina? ¿Una valoración errónea de la honestidad promedio en este país?


Válido es unir a los argentinos. Sí, claro, pero con los corruptos en la cárcel. Válida es la pobreza cero pero imposible si los corruptos no están en la cárcel y por ende resulta válido apropiarse del dinero público. Válida es la lucha contra el narcotráfico, si nadie pretende tapar que el narcotráfico avanza con la complicidad de los poderes del Estado a los que corrompe y coopta.


Si algunas dudas subsisten en cuanto a la voluntad del Gobierno, de mucha mayor amplitud son las que genera el Poder Judicial.


Ninguno de los jueces actuales del Fuero Federal puede exhibir un pasado impoluto. Es más, pocos o casi ninguno debería permanecer en su cargo. La impune y obscena corrupción no floreció cuando ellos eran aprendices, sino cuando la casi totalidad ocupaba sus cargos y los restantes fueron nombrados por el propio kirchnerismo.


¿Qué están a tiempo de arrepentirse? En fin, sí, a condición, no de sentenciar, pero sí de imputar rápidamente y llevar a los sospechosos a juicio oral casi de manera inmediata. ¿O acaso no existen semi pruebas suficientes para juzgar a la cúpula encabezada por la propia Cristina Kirchner?


El país no aguanta más que los jueces arrastren los pies. El Gobierno tampoco debería aguantarlo. La Corte Suprema lo sabe y apura


Pero, en el apuro, nadie debe llamarse a engaño. Son estos jueces, los que toleraron todo, los encargados de juzgar a quienes apañaron o, al menos, sobre quienes posaron ya no una mirada indulgente, sino una vista obesa.


En fin, justo también es recordar, a su vez, que nada es más duro que la “fe del converso”. Ojalá sea el caso porque el país lo necesita.


Por último, un párrafo para el Papa Francisco. Ya a esta altura, por más simpatía que despierte y por más carisma personal que despliegue, nadie ignora que el populismo también forma parte de su pensamiento.


Obviamente, no se trata de un populismo corrupto, pero es un populismo al fin. Y como tal, inevitablemente, se mezcla con la corrupción.


Bueno sería que al papa que no le gusta Macri y que dedicó cinco encuentros a Cristina Kirchner,  formule alguna condena no ya de la corrupción en teoría sino de quienes hicieron lo que hicieron en la Argentina en lugar de recibir a jueces cómplices y de mandar rosarios para corruptos.


A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.   


Luis Domenianni 
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Visto 392 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 21:31

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