Sábado, 16 Julio 2016 10:53

El gas, una bomba mal desactivada

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Las primeras discusiones que Juan José Aranguren tuvo en el Gobierno fueron semánticas. Las tuvo apenas asumió, cuando quiso aplicar una idea que tenía pensada mucho antes de sumarse a Cambiemos.

 

 

"El próximo funcionario a cargo del área -repetía el entonces líder de Shell- tiene que llamar a una conferencia de prensa el primer día y, con el aire acondicionado apagado y la camisa arremangada, explicar sin vueltas la gravedad de la crisis." No llegó a aplicarla. "La gente quiere que le hablen de esperanza", fue la respuesta con que lo convencieron en la Casa Rosada en diciembre. Es cierto que le costó habituarse. Al tercer día de gestión, por ejemplo, usó dos conceptos prohibidos: declaró en rueda de prensa la "emergencia energética" y auguró una "reducción de la inflación". El manual de Pro recomendaba evitar esos términos; decía que remiten a "ajuste" y a "enfriamiento".

 

Pero los hechos tienen su propio peso. Es irrelevante ahora, con la discusión tarifaria casi dando por terminada la luna de miel del oficialismo, recordar cómo molestaba entonces al Gobierno que se hablara de "tarifazo". Delicadezas retóricas. O que en abril, luego del revuelo de febrero con los aumentos en electricidad, su decisión fuera subir el valor del gas casi en silencio, sin conferencias.

 

Las últimas facturas desencadenaron no sólo críticas en los usuarios y la oposición, sino también el primer gran revuelo interno del macrismo. Y un enorme costo para Aranguren. "Juanjo nos está haciendo un servicio a todos: está poniendo la cara", intentó respaldarlo Macri el lunes ante el gabinete. Pero no consiguió atenuar los recelos. Ni para Aranguren -todavía convencido de que habría sido mejor subir estas tarifas antes del otoño, propuesta postergada en su momento para no entorpecer la negociación con el peronismo por el pago a los holdouts-, ni para el resto del equipo económico, donde ya señalan la energía como la primera bomba kirchnerista mal desactivada.

 

¿Pudo el Gobierno evitar sorpresas si, conociendo la magnitud del tarifazo, hubiera instado desde el principio a la población a ahorrar? Nadie cambió sus hábitos. Y conspiró también el mayo más frío en 60 años, que llevó a duplicar el uso del gas y, como consecuencia, a que los usuarios escalaran varias categorías de consumo. Resultado: precio por metro cúbico más caro, facturas siderales, crisis política y un costo fiscal estimado en 12.000 millones de pesos adicionales, sin expectativas de inversión para el sector. La tormenta perfecta.

 

El descuido sacude a todo Cambiemos, donde se oyen objeciones incluso entre quienes valoran a Aranguren. Elisa Carrió, por ejemplo, que le venía aconsejando una aplicación más gradual. O el propio Macri, que aceptó sugerencias que Rogelio Frigerio le hizo tras oír las quejas de los gobernadores. "¿No se pudo ir con el gas a la misma velocidad que con la electricidad?", preguntó en estos días Alfonso Prat-Gay. "No", le contestó Aranguren, y lo justificó en que la oferta eléctrica tiene menos urgencia por razones técnicas: en el peor de los casos, si falta o se vuelve impagable, se corta sin riesgos; el gas, en cambio, sólo se puede racionar en la industria y el comercio. ¿Y si bajamos por estos meses el IVA u otros impuestos?, llegó a proponer el ministro de Energía. La respuesta fue un silencio general.

 

Es cierto que algunas alteraciones políticas se empiezan a calmar. Aranguren aceptó una invitación a tomar café el martes a la noche en la casa de Carlos Melconian, donde se encontró con Sergio Palazzo, líder de La Bancaria, que venía de cuestionarlo en el cierre de un seminario. "Perdóneme la vulgaridad: andá Aranguren a hacer prueba y error con la puta madre que te re mil parió", había dicho Palazzo, y recibió una respuesta del ingeniero en Cartas de lectores de LA NACION: "El señor Palazzo no sabe que mi madre hubiera cumplido 82 años el pasado miércoles. El recuerdo que hizo de ella es bajo, vulgar, cobarde y no está exento de violencia de género". Melconian, que los conoce bien, los convocó para que se reconciliaran. "Lo primero que tengo que hacer es pedirle disculpas -saludó Palazzo-. No debí referirme a su madre; tampoco sabía que hubiera muerto. Pero también debo decirle que no coincido en nada con su política energética."

 

Macri respaldó a su ministro, pero sintió el golpe. Estuvo, por ejemplo, a punto de contestarle públicamente esta semana a Sergio Massa la carta en que el líder del Frente Renovador pidió anular los aumentos. "Le estás dando una tribuna", lo frenaron sus colaboradores. La discusión no es inocente. La gran batalla que el Gobierno cree tener por delante son las elecciones del año próximo. Concretamente, la provincia de Buenos Aires. A ese objetivo apunta la conversación que tuvieron el jueves de la semana pasada María Eugenia Vidal y Elisa Carrió sobre el rol de Pablo Bressi, jefe de la policía bonaerense. La gobernadora se comprometió a investigar el caso, y Carrió, que venía de recibir amenazas por mail, a aceptar el consejo de su médico: no hablar con nadie, ni en público ni en privado, por 15 días. Esa prescripción surgió luego de una baja de potasio que la diputada tuvo por estrés. La está cumpliendo. Canceló el lunes, pese a que había 200 entradas vendidas, la visita de Prat-Gay al Instituto Arendt.

 

Carrió dice estar cansada de los tironeos en la provincia, algo que le hace dudar en qué distrito competir. En el macrismo, que midió allí hasta la imagen de dirigentes de menor exposición como Esteban Bullrich o Carolina Stanley, hay quienes pretenden verla de vuelta en la Capital Federal.

 

El bonaerense es un territorio que el Gobierno juzga decisivo para su programa y en cuyo contexto debería continuar la reducción de subsidios. ¿Volverá a subir tarifas en 2017? La experiencia argentina indica que es imposible que la técnica se imponga a la política en un año electoral. Pero hay excepciones en la región. En 2001, Brasil sufrió una severa crisis eléctrica como consecuencia de la sequía y su entonces presidente, Fernando Henrique Cardoso, instó por cadena nacional a un ajuste drástico. El plan, difundido en campañas de televisión, incluía un doble castigo para quien no bajara 20% el consumo: alzas de hasta 200% y cortes de luz durante tres días, penalidad que subía a seis días al segundo incumplimiento. Cardoso llegó a comparar a Brasil con un auto sin nafta: "Si no llueve, el país se paraliza", dijo, en medio de críticas de todos los sectores y deterioro en la economía, que casi no creció ese año (1,4%). Su popularidad se desplomó entonces a 30% y, al año siguiente, José Serra, su candidato en las presidenciales, perdió con Lula da Silva.

 

Pero el programa fue un éxito. El consumo de energía no sólo se redujo en 2001 -casi en la magnitud de la demanda de todo Chile-, sino también en los años siguientes. Los usuarios habían aprendido a ahorrar. Así, Brasil volvió a crecer a buen ritmo durante más de una década. La historia puso las cosas en su lugar: según los sondeos, la mitad de los brasileños recuerda hoy a Cardoso como un gran presidente. Nadie lo definiría como ajustador, ese rótulo que tanto espanta en la Argentina. 

 

Francisco Olivera

Visto 436 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:13

Fundado el 4 de agosto de 2003

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