Viernes, 15 Julio 2016 11:23

Mafias, traición y lealtad en la Provincia

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Desde que llegó a la Gobernación bonaerense, María Eugenia Vidal trabaja para cortar el circuito negro de recaudación policial.

 

 

Lo está haciendo con suerte diversa. Clausuró cajas y rechazó valijas. Limitó algunos acuerdos iniciales con la Bonaerense, heredados de la gestión de Daniel Scioli. Les está exigiendo a los jefes policiales la presentación de sus declaraciones patrimoniales: el plazo venció ayer y hasta poco antes había alrededor de mil altos oficiales que no habían cumplido el trámite, exponiéndose a sanciones.

 

Una consecuencia emergente de esta cruzada de saneamiento la describen los intendentes peronistas: “Donde la inseguridad ya estaba mal, ahora está peor”. Hablan de Lomas de Zamora, La Matanza, San Martín, Morón, los puntos más calientes de una provincia que arde.

 

Al presidente Mauricio Macri el tema lo desvela. En la Provincia se juega el futuro de su proyecto político, expresado en el resultado electoral del año próximo. Por eso, en la gobernación de La Plata hay expectativa sobre el retorno de las fuerzas federales al Gran Buenos Aires. Miles de gendarmes habían sido desplegados por Cristina y Scioli durante la etapa electoral. Cuando cambió el gobierno, Macri los fue devolviendo a sus lugares naturales, en la frontera. Pero la realidad llama con más fuerza en el Conurbano inseguro. Quizás pueda incluirse este capítulo en el libro de ensayo y error que el Gobierno escribe a diario.

 

Impulsa estas soluciones de urgencia un notorio accionar mafioso en torno de la inseguridad que se expresa, por ejemplo, en zonas liberadas. Cualquier político bonaerense, sea del partido que sea, admite saber que hay sectores policiales que recaudan plata de la droga, de las entraderas, de los secuestros y de los motochorros. Que hay villas enteras tomadas por las bandas narco. Pero todos afirman que la capacidad de acción frente a esa asociación para el delito es limitada. La política de Vidal apunta a ampliarla. Es una tarea de resultado incierto.

 

En este contexto, por razones que son de fondo pero también de circunstancia política, Elisa Carrió embistió contra el comisario Pablo Bressi, el jefe que Vidal puso en la Bonaerense.

 

Carrió, que siempre juega fuerte, habló de la incapacidad de Bressi para combatir el narcotráfico, y también insinuó –aunque admitió no tener pruebas– sobre su eventual complicidad con el negocio de la droga. Eso fue la semana pasada. El cortocircuito entre Vidal y Carrió se arregló con un llamado telefónico. Se comprometieron a seguir trabajando juntas. En la Legislatura, el ministro de Seguridad provincial Cristian Ritondo se comprometió a investigar las denuncias contra Bressi. En la Gobernación dicen que nadie puede asegurar Bressi comande la Bonaerense durante cuatro años, pero que “hoy está más fuerte que nunca”. Este capítulo sigue abierto: Vidal le habría reclamado con firmeza a Macri que le saque de encima el aguijón de Carrió.

 

Suceden estos hechos cuando el Gobierno nacional está digiriendo con costo político indudable el malestar popular por el tarifazo en el gas. Y la inflación persistente, con su poder corrosivo sobre el salario, empuja también el malhumor sindical.

 

En la Provincia, la gobernadora afronta además sus propios problemas. Por ahora se viene ingeniando para sostener acuerdos puntuales con los intendentes peronistas –que son mayoría en el Gran Buenos Aires– y con los bloques opositores en la Legislatura de La Plata.

 

Eso le ayuda en la política, pero también en la construcción de una red de contención social que es clave para los meses que se viven. Esto es una necesidad de Vidal y también de los intendentes de todo signo, que por ser el escalón más cercano del poder siempre son los primeros en recibir el malestar popular.

 

“La gente está enojada pero adentro de su casa. Nadie sale hoy a la calle y nadie responsable la quiere hacer salir”, dice un intendente peronista de diálogo fluido con la Gobernación. El interlocutor cotidiano es el ministro Federico Salvai.

 

Los intendentes explican fácil la buena relación con la Provincia: “Son los únicos que nos hicieron llegar plata”. Sin ese lubricante esencial cualquier gestión se paraliza. Se les pregunta: ¿Y el Gobierno nacional? “Muchas promesas y buen trato, pero los fondos para cloacas y viviendas todavía no se ven”.

 

La Casa Rosada dice tener el oído abierto a estos reclamos. Le apuestan mucho al programa El Estado en tu barrio, que empezó en La Matanza y ayer produjo la foto del jefe de Gabinete Marcos Peña y la ministra de Desarrollo Social Carolina Stanley, en José C. Paz, junto al incombustible intendente peronista Mario Ishii.

 

El programa suma recursos de la Nación, la Provincia y el municipio, y lleva a los barrios menos favorecidos la atención de asuntos de todo tipo, desde la gestión de la Asignación Universal por Hijo hasta la vacunación de chicos y grandes. Como van con el intendente, nadie se queja de que le caminen el territorio sin aviso. Las autoridades juran que pronto el programa funcionará en simultáneo en dos o tres municipios del GBA cada semana.

 

Bajo este contexto social complejo, la política anuda sus redes. Salvai y el presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, trabajan para armar la pata peronista de Cambiemos. Han cosechado algunos intendentes de municipios medianos y pequeños, pero van por más.

 

Un par de jefes municipales peronistas con historia e influencia, que supieron tener alto perfil con Cristina y con Scioli, hoy dicen estar dispuestos a arrimar colegas a un acuerdo con Vidal. Hablan de una docena de intendentes que podrían cambiar un plan consistente de ayuda a los municipios por una actitud neutra o de colaboración con el oficialismo, de cara a la elección de 2017. Los radicales bonaerenses, aliados de Vidal en Cambiemos, ponen el grito en el cielo. No se podía esperar otra cosa.

 

Se le pregunta a un operador peronista de ese acercamiento: ¿y si en el camino a la elección el acuerdo no funciona? “No hay problema. Los intendentes van agarrando lo que haya y llegado el momento ven qué hacen”. Bajo esa concepción pragmática, la lealtad y la traición apenas son conceptos livianos, intercambiables.

 

Mientras estos devaneos progresan, los intendentes peronistas buscan sumar volumen político propio para plantarse en una eventual negociación con Sergio Massa –de quien siempre desconfían– para tantear la eventual unificación política en 2017.

 

Son 55 los intendentes peronistas de la Provincia. Después de la catástrofe de José López y sus bolsos con millones de dólares, hace una semana no llegaban a media docena los que le seguían respondiendo a Cristina. Ahora podrían ser todavía menos.

 

Los ultra K notorios, como Jorge Ferraresi (Avellaneda) y Patricio Mussi (Berazategui), están cada vez más adentro del proceso de recomposición del peronismo. Los dos estuvieron en Ituzaingó, para una reunión de intendentes y legisladores del GBA. También hubo representantes de La Cámpora en busca de un lugar protegido.

 

Muchos jefes municipales peronistas están estrenando su primera gestión. Quieren sentirse parte del futuro, no del pasado. Son los mismos que ahora parecen algo decepcionados con Florencio Randazzo, que en medio del ruido ensordecedor de la corrupción K parece haber postergado sin fecha su reingreso al juego político.

 

En el vaivén constante al que obliga la reformulación peronista, los intendentes se unieron esta semana a Massa en la Legislatura para empujar, con sus diputados provinciales, un proyecto de creación de la Policía de Seguridad Municipal, fusionando todas las fuerzas -incluyendo la actual policía local- bajo el mando político del intendente.

 

El oficialismo quedó en minoría y la propia Vidal se quejó en público, diciendo que el gobierno provincial ya va por ese camino. Pero la necesidad política de los intendentes era dar una señal de juego propio y autonomía. El gobierno bonaerense quedó enojado, pero al parecer entendió el mensaje.

 

Quizás de esto hayan hablado anoche, en una cena bien servida, el ministro Salvai y los intendentes Gabriel Katopodis (San Martín), Juan Zabaleta (Hurlingham), Mariano Cascallares (Almirante Brown), Juan de Jesús (Partido de la Costa) y Bali Bucca (Bolívar), el amigo de Marcelo Tinelli en la selva política bonaerense.  

 

Julio Blanck

Visto 505 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:13

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