Jueves, 14 Julio 2016 11:36

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El mensaje realista "si no puede pagar, consuma menos" se ha convertido en tabú para la corrección política. Hay alergia a la verdad y una extendida mentalidad de avestruz. Creen que se pueden consumir bienes sin pagarlos o, peor aún, que los paguen otros. Son inmunes a la experiencia.

 

 

A propósito del Bicentenario aparecieron en los medios encuestas sobre la autopercepción de los argentinos. Se les preguntó si se consideraban transgresores, alegres, humildes o democráticos, pero no sobre lo que podría haber sido más revelador: su relación con la verdad. Porque en el autoengaño está tal vez la clave de la decadencia sin fondo en que cayó el país en los últimos 70 años.

 

La tan argentina costumbre de "practicar deliberadamente la esquizofrenia", como decía el poeta alemán Gottfried Benn sobre su hábito y el de sus compatriotas de ignorar las realidades atroces con las que convivían.

 

Los ejemplos de esta práctica son infinitos. El presidente Mauricio Macri, por caso, exhortó hace 48 horas a un uso racional de la energía ante las protestas por el aumento de tarifas. Los mismos que derrochan la energía que se cobra a precio vil se quejan de la insensibilidad de las nuevas autoridades con el eco infinito de la demagogia política que hizo posible la presente crisis energética.

 

El mensaje realista "si no puede pagar, consuma menos" se ha convertido en tabú para la corrección política. Hay alergia a la verdad y una extendida mentalidad de avestruz. Creen que se pueden consumir bienes sin pagarlos o, peor aún, que los paguen otros. Son inmunes a la experiencia.

 

El combustible tiene un precio que los consumidores creen poder evitar exigiéndole al Estado que le pague el 70% de su factura, pero como ha quedado demostrado hasta el hartazgo, esa "solución" no existe.

 

Lo que no pagan a Metrogas, terminan pagándolo en inflación porque el Estado emite moneda espuria para cubrir el déficit monumental que le generan los subsidios. Esta divergencia entre la razón y el "realismo mágico" demuestra que los problemas del Bicentenario son graves. No hay "brecha" ni dos Argentinas; hay argentinos viviendo en planetas distintos.

 

Otro ejemplo del rechazo pertinaz a la verdad es lo ocurrido con la renuncia del ministro de Cultura porteño, la primera baja en el gabinete de Horacio Rodríguez Larreta. Nadie derramó una lágrima por Darío Lopérfido, ni ha de creerse que la cultura perdió un baluarte irremplazable, pero la verdad terminó derrotada penosamente.

 

Lopérfido había dicho que los desaparecidos durante la represión ilegal no fueron 30 mil, cifra elevada a la condición de dogma por la izquierda. No inventó nada, sino que repitió una estimación que surge de las investigaciones y listas conocidas. También dijo que la cifra de 30 mil era una herramienta política de los organismos de derechos humanos para agravar el ya de por sí catastrófico saldo de la denominada "guerra sucia" entre grupos terroristas y las Fuerzas Armadas y de seguridad en los años 70.

 

La dirigencia ligada a los derechos humanos, en particular la kirchnerista, reaccionó violentamente, con la furia que generan la blasfemia o la herejía, esto es, el cuestionamiento de verdades "sagradas". Hubo también defensores de Lopérfido y la tradicional junta de firmas arrojó cifras parecidas en ambos bandos, pero la suerte estaba echada. No contra Lopérfido, sino contra la verdad, un bien escaso y cada vez con menor demanda. 

 

Sergio Crivelli

Visto 445 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Marzo 2017 23:13

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