Domingo, 19 Marzo 2017 00:00

La batalla madre del Gobierno

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Entre tantas aguas encrespadas, Mauricio Macri parece haber encontrado anclaje para --al menos-- una de sus estrategias políticas. No son novedad los zarandeos que existen para afrontar el conflicto con los movimientos piqueteros.

 

O el ensayo de prueba y error al que se somete la economía con decisiones repetidas. No se avizoran fisuras, en cambio, en la severísima batalla que María Eugenia Vidal está librando en Buenos Aires contra los gremios docentes.

Ese pleito reúne muchos de los condimentos que, según sea el desenlace, podría marcar un antes y un después para la gestión del Gobierno. La gobernadora es la figura con mejor ponderación en el plano nacional. Su principal contrincante es el kirchnerista Roberto Baradel, titular de SUTEBA. Cristina Fernández se enredó los últimos días en la pelea. Salvo los ultra K y la izquierda, la mayor parte de la dirigencia se ha mantenido a distancia del problema, aún cuando despunta el tiempo electoral. La gobernadora está utilizando un plan global que no circunscribe la refriega a la cuestión salarial. Plantea un debate sobre la perentoriedad de inyectar dosis de calidad a la educación que ahora escasea. Insiste con la evaluación de los docentes. Los gremios carecen de un libreto fuera de la legítima reivindicación de los sueldos. Esgrimen la defensa de la escuela pública. En la última década la matriculación en los establecimientos privados ha duplicado a los estatales. Este sector perdió más de 50 mil alumnos.

La realidad argentina acostumbra a ser selva de paradojas. El kirchnerismo en el poder –en especial con Cristina-- trazó un eje de alianza regional que incluyó a Venezuela, Bolivia y Ecuador. La ex presidenta viajó hace poco a Quito para apoyar la candidatura de Lenin Moreno, el discípulo de Rafael Correa. Las presidenciales se definirán el 2 de abril en un balotaje. Correa apuntaló su década presidencial con el primer combate. Entre 2007-2008 enfrentó a los gremios docentes e introdujo una profunda reforma que, entre muchas cosas, estableció una disposición con rango constitucional. Dispone que las huelgas en las escuelas públicas están prohibidas.

En ese derrotero el todavía presidente ecuatoriano disparó acusaciones que aquí serían indignantes para los sectores progresistas y radicalizados. Responsabilizó a la izquierda de haber “arrasado la educación y destrozado la calidad académica” de aquella nación.

Vidal se embarcó en la batalla después de contar con buenas garantías. Las tuvo, en una reunión reservada, de parte del Presidente y de Horacio Rodríguez Larreta. Consideró necesario tener compacto el frente de los únicos distritos donde gobierna el PRO puro. “No hay margen para retroceder”, se oyó decir a Macri. Resultó suficiente para que Jaime Durán Barba, que pasó brevemente, asintiera con un movimiento de cabeza. Aunque el asesor ecuatoriano guardaría reserva. Quizás porque aquella irrupción fundacional de Correa no representa un grato recuerdo para él.

La otra herramienta para sostener la cruzada de Vidal resultó manipulada por Rogelio Frigerio. No se ha escuchado, salvo de parte de Carlos Verna, de La Pampa, a gobernadores del oficialismo o de la oposición cuestionar la determinación de la mandataria bonaerense. Apenas una menuda precisión del socialista de Santa Fe, Miguel Lischitz, sobre las características de la huelga. Ni siquiera afloró Alicia Kirchner en Santa Cruz, que soportó la semana pasada una de las movilizaciones docentes más masivas que se recuerdan en esa provincia. Allí no hay clases ni paritarias.

Los gobernadores afrontan dificultades múltiples. Las cuentas de casi todos los estados provinciales figuran en rojo. Varias economías regionales sufren. De allí la resistencia al llamado a la paritaria nacional que los gremios exhiben como argumento para fundamentar la prolongación de la huelga. En 14 distritos, por otro lado, aquellas discusiones salariales han quedado saldadas.

Baradel no imaginó, a lo mejor, que Vidal fuera a fondo con su política. En el pasado su presión siempre había surtido un efecto. Lo disfrutó, en especial, con Daniel Scioli. Aunque contó sobre su espalda con la mano del cristinismo. La gobernadora ha puesto este conflicto –al estilo de lo que supo hacer también Correa-- casi como el motivo neural de la gestión que le resta.

Combinó su presunto desprendimiento político para el futuro --”no me interesa perder las elecciones”, aventuró-- con otras medidas dolorosas y concretas. La remuneración extra para los docentes que dan clases; el descuento salarial por los días de paro. La semana concluyó con un 58% de maestros presentes. Baradel supo conducir medidas de fuerza, en otro tiempo, con un 90% de adhesión. Quizás por esa razón tuvo el miércoles por la noche un diálogo circunstancial pero amigable con Hernán Lacunza, el ministro de Economía provincial. También mencionó futuros procedimientos de protesta alternativos a una huelga. Aunque tales gestos dirían poco. Ocurrieron otras veces antes y durante el conflicto que se arrima a su punto de hervor.

La gran incertidumbre del macrismo radica en conocer de qué modo este litigio será procesado por la comunidad de Buenos Aires. Cuánto incidirá a la hora de votar. Ocurre algo curioso. La pelea de Vidal con los docentes bonaerenses condicionaría otras conductas de alcance más vasto. En el poder y en la oposición. El Gobierno resolvió soportar cuatro días de caos piquetero. Buscó aplacarlo sólo a través de la negociación y las concesiones. La Confederación General del Trabajo (CGT) terminó anunciando el paro general para el 6 de abril. Pero sin movilización. La Confederación de Trabajadores de la Argentina (CTA), donde la influencia kirchnerista se hace sentir, volvió a desafiar a los cegetistas. Levantó su paro del 30 de marzo y se sumó al de abril. Aunque enloquecerá las calles con marchas y piquetes.

El Gobierno tuvo, en principio, otras previsiones para hacer frente a las irrupciones de los movimientos sociales. Calibró varias y las fue mutando. De hecho, la ministro de Seguridad, Patricia Bullrich, no pudo cumplir lo que quería. Un día antes de la oleada de cortes aseguró que la obstaculización de cualquier vía de acceso a la Ciudad sería despejada. Nada de eso sucedió. El Puente Pueyrredón y la Panamericana resultaron bloqueadas. También cuestionó a Emilio Pérsico, del Movimiento Evita, por encubrir con intencionalidad política la presunta defensa de la gente que la pasa mal. Pérsico terminó siendo interlocutor del ministro coordinador, Mario Quintana, y de la titular de Desarrollo Social, Carolina Stanley, para levantar los cortes que colapsaron la Ciudad.

Quintana dirige una Mesa de Enlace que se conformó para evaluar el comportamiento oficial ante los cortes. El lunes predominó el consenso sobre la necesidad de empezar a colocar límites. Pero esa postura varió el martes cuando un grupo de organizaciones sociales que convergen en el Polo Obrero invadieron la Avenida 9 de Julio. El pánico inundó al oficialismo un día después. Sobre todo cuando fue ocupado el Puente Pueyrredón. La ministro de Seguridad solicitó permiso para actuar. Pero el peso de un recuerdo trágico produjo el retroceso del Gobierno. ¿Qué recuerdo? El del 26 de junio del 2002. Una movilización del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón (MTD) arrancó en ese puente pero concluyó en la Estación Avellaneda con las muertes de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Fue el detonante que obligó a Eduardo Duhalde a anticipar el llamado a elecciones.

Aquel retroceso fue fundamentado por Quintana y Marcos Peña, el jefe de Gabinete. Macri comprendió los argumentos y el difícil momento que atraviesa. Sigue convencido, sin embargo, que no falta mucho para empezar a hacer algo diferente. Sostuvo conversaciones sobre ese incordio con Rodríguez Larreta. El jefe porteño mantiene su pleito con Patricia Bullrich. La ministro de Seguridad repite que los piquetes en la Ciudad deben ser atendidos por la Policía Unificada. A esa invocación se sumó el ministro de Justicia, Germán Garavano. Rodríguez Larreta retruca que dicha petición no se ajustaría al Protocolo Antipiquetes que Bullrich anunció en Bariloche, en febrero del año pasado. En realidad, confía poco en la destreza de la Policía que acaba de amalgamar. Blande sus encuestas cuando el problema de los piquetes ingresa en el menú electoral. Sostiene que la demanda mayoritaria de los porteños descansa en la inseguridad. “Los piquetes ocurren en el centro. La gente se entera en los barrios por la televisión”, se suele defender.

El Presidente masculla desacuerdo. No está tan convencido como su sucesor en la Ciudad. Remarca dos cosas: las molestias recaen siempre sobre el electorado propio más consecuente del país. La imagen del desorden se propaga y, con el tiempo, podría horadar su indispensable autoridad. No le interesa el control de la calle porque el macrismo jamás la tuvo. A lo sumo logró una tregua del sindicalismo durante el primer año. Su fuerte siguen siendo las redes sociales y el marketing. Pero tampoco Macri quiere que la inacción deshilache su Gobierno.

Ese constituye su dilema clave de esta hora. Siempre dialoga y transa con los movimientos sociales. Pero esos movimientos se repliegan sólo para retornar por más. El dialoguismo vacío podría convertir la virtud en una peligrosa sensación colectiva de debilidad. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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