Domingo, 21 Mayo 2017 00:00

La decisión de Cristina - Por Eduardo van der Kooy

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La campaña electoral del peronismo continúa ceñida a una lógica todavía inmutable. Nada allí puede definirse hasta que no salga del enigma el destino que para sí misma imagina ahora Cristina Fernández.

 

Su silencio desde que regresó de su pálida gira por el exterior (Grecia y Bélgica) alentó ciertas osadías: nueve gobernadores del PJ (sobre 16 en sus distintas vertientes) se congregaron para intentar fortalecer el partido; Florencio Randazzo mutó sus fotografías de candidato por una escueta comunicación en las redes sociales en la cual manifestó su voluntad de pelear en las primarias del FPV; un grupo de intendentes bonaerenses se resistió a participar de un encuentro comandado por Máximo Kirchner espantados, entre otras cosas, por las presencias de Amado Boudou, Luis D’Elía y Martín Sabbatella. El hijo de la ex presidenta se presenta como el ingeniero político del ultrakirchnerismo. El mayor pergamino que posee para eso es la portación del apellido.

Aquel interrogante que Cristina atesora no representa el único condicionamiento para la oposición mayoritaria. Sea candidata o no lo sea, la ex presidenta no parece proclive a admitir que La Cámpora no tenga un papel protagónico en la confección de las listas que se vienen. Sobre todo en Buenos Aires. Casi una provocación para el peronismo que rastrea otro horizonte.

Días antes de viajar a Europa Cristina tuvo en Rio Gallegos una extensa conversación con un reconocido intelectual kirchnerista. El hombre se presentó con un inédito espíritu autocrítico del cual jamás había hecho gala en la “década ganada”. Cuando repasó el lastre de la corrupción se detuvo en nombre emblemáticos. Le cayó a José López, el hombre de los bolsos, y a Julio De Vido, el ex ministro de Planificación que distribuía los fondos. Cristina se despegó rápidamente de ambos.

El recorrido autocrítico de aquel intelectual incluyó además algunos personajes y comportamientos de La Cámpora. La ex presidenta lo escuchó hasta su última palabra. Pero cuando terminó le dijo de modo terminante: “Ustedes se equivocan. La Cámpora no es mi debilidad. Es mi verdadera fortaleza”.

Cristina prolonga su indefinición pero no modifica ninguna de las herramientas que supo utilizar. Sus incondicionales deberán formar parte de la próxima oferta electoral. Con ella o sin ella a la cabeza. Los intendentes bonaerenses habrían tenido ya una primera constancia: la mujer demanda ocho de los doce lugares iniciales de los candidatos a diputados. Casi la mitad estimada de lo que podría obtener el peronismo en Buenos Aires. Máximo y el diputado Eduardo De Pedro hicieron circular la exigencia. Eso también explicaría, amén de los invitados impresentables, la dispersión de una veintena de alcaldes en la cumbre que ideó el vástago presidencial.

La ex presidenta continúa barajando las dos opciones posibles. Jugar o no jugar. Hace pocos días –antes de viajar-- tenía casi decidida su deserción. Pero un episodio inesperado la indujo a retroceder. Fue el escándalo en la vida privada de Daniel Scioli que se transformó en un asunto público. Créase o no: Cristina había resuelto delegar de nuevo en el ex gobernador y ex candidato a presidente la responsabilidad de la pelea política.

¿Cómo podría ser así después de la derrota del 2015? ¿Cómo luego de haberlo sometido a tanto destrato? Scioli es dócil con La Cámpora y escucha las instrucciones de Máximo. Es también el único candidato peronista capaz de arrastrar todavía a un buen lote de intendentes. Jamás pondría objeciones a los pedidos de Cristina. Esa realidad magra estaría desnudando un montón de cosas.

Por un lado, la repetida incapacidad de Cristina para fomentar el crecimiento de dirigentes por encima de la militancia festiva. Por otro, la decadencia política manifiesta de aquellos que en algún momento se ocupó de encaramar. Boudou y Sabbatella, por citar un par, son como peste para la mayoría peronista. Otros debieron recluirse simplemente por su impopularidad. Es el caso de Carlos Zannini, el ex secretario general y candidato a vice, considerado su cerebro favorito. Aquel declive también envuelve a La Cámpora, la única novedad política de una década que los Kirchner intentaron inyectar al peronismo. Pruebas a la vista: todos los brotes alternativos a Cristina tienen como objetivo primordial prescindir de aquella organización. Más que eso: enfrentarla para intentar captar las simpatías populares. Fue una de las banderas que levantó con éxito Sergio Massa cuando en el 2013 derrotó a la ex presidenta en las legislativas bonaerenses y puso epílogo a su proyecto de eternización. Es la misma condición que esgrime ahora Florencio Randazzo para el armado electoral con el cual aspira a competir en las primarias del FPV. Hasta su jefe de campaña, Alberto Fernández, anda detrás de una meta parecida para la batalla en la Ciudad.

El cristinismo está evaluando el daño político que pudo haber sufrido con motivo del escándalo. Las primeras encuestas indican una caída atenuada de cuatro puntos en Buenos Aires. Hay un núcleo ultrakirchnerista que lo votaría, si llega de la mano de la ex presidenta, aún si estuviera acusado de la peor atrocidad. También es cierto que el ex gobernador mantiene la imagen negativa más voluminosa, que compite con la de Cristina.

Pese a todo se hará difícil sostenerlo como cabeza de una lista en una campaña en la cual la discusión económica se apareará con los temas de transparencia. Scioli escondido detrás de otros postulantes no provocaría la misma tracción de votos. Verónica Magario, la intendenta de La Matanza, constituye una alternativa. Pero representa aún sólo una promesa.

Tal vacío habría prorrogado la determinación de Cristina. Tiene un convencimiento: será más importante para su futuro que el gobierno de Mauricio Macri sea derrotado en octubre, al margen de que ella cuente a no con fueros. El afianzamiento macrista representaría una señal inconfundible para la Justicia. Allí posee cinco causas por corrupción y una por mala administración. De las primeras, el procesamiento de Julián Ercolini por asociación ilícita en Hotesur (la empresa que administraba inmuebles) podría ser revocado por la Cámara Federal y cambiada la carátula por “fraude y malversación de fondos públicos”. Los especialistas sostienen que la colocaría más cerca de una condena ante la eventualidad de un juicio oral y público.

La ex presidenta le teme a la posibilidad de una derrota en Buenos Aires. También por razones políticas. Resignaría definitivamente el liderazgo en el peronismo kirchnerista. Enterraría el sueño de un retorno. Su no participación también encerraría altos costos. Pero supone que quedaría como figura de reserva de una mayoría opositora si Macri se sumergiera –como quiere y cree—en una profunda crisis.

Al silencio de Randazzo lo explica aquella vacilación de Cristina. También el quietismo de Massa. Ambos desean convertirse en cazadores de la cabeza del león. Hay en esos mundos quienes siguen apostando a la posibilidad de una convergencia. Parece una apuesta que, a esta altura, pagaría poco. Por motivos personales y políticos.

El ex ministro del Interior y Transporte sospecha que el líder del Frente Renovador estuvo atizando algunas denuncias en su contra que descansan en el despacho del juez Claudio Bonadio. Massa niega cualquier acusación. Pero Randazzo debería estar preparado para algún mal trago en la campaña. El macrismo también conoce aquellas denuncias. María Eugenia Vidal disparó la primera munición: advirtió que no observa diferencias entre el ex funcionario de Cristina y las oscuridades de la época kirchnerista.

Tampoco entre Randazzo y Massa encajan otras piezas. Al ex ministro del Interior y Transporte le agradaría la vuelta del diputado al peronismo. Le cedería la primera diputación. El líder del FR le transmitió una oferta similar al candidato silencioso. Pero Randazzo no está dispuesto a salir del peronismo. Igual que Massa para volver. El diputado de Tigre tiene otra estructura política. La comparte con Margarita Stolbizer. A la dirigente del GEN le aterraría un posible acercamiento al colectivo del PJ.

Randazzo y Massa, de todos modos, no le escaparán al dialogo. Sobre todo para descomprimir tensiones en sectores de sus propias fuerzas que imaginan con optimismo que esa dupla podría cumplir con un objetivo triple: sacar de la carrera a Cristina, derrotar al macrismo y desmalezar el camino al peronismo para el 2019. Pero las dificultades serían tantas que en los últimos días varios intentos para una reunión fracasaron por un motivo nimio: no se pusieron de acuerdo sobre un sitio conveniente para la cita.

Tanto desmadejamiento en la oposición encubre incomodidades evidentes del Gobierno. Cambiemos tiene una ventaja objetiva: no depende de Cristina. Nominó sin traumas los candidatos en los distritos principales. Pero no consigue que la inflación ni el consumo lo acompañen. La historia brinda una lección. Todos los gobiernos democráticos ganaron la primera elección de medio término con la economía a favor. Raúl Alfonsín con el plan Austral, Carlos Menem con la convertibilidad, Néstor Kirchner con el despegue luego de la gran crisis del 2001. A Fernando de la Rúa no valdría contabilizarlo. Cristina fue derrotada en el 2009 por el inútil conflicto con el campo y la desaceleración económica producto del crash financiero internacional.

Como si el Gobierno no tuviera suficiente con su raída economía, acaba de replicarse un nuevo cataclismo en Brasil. 

Eduardo van der Kooy

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