Domingo, 04 Junio 2017 00:00

Macri y Cristina, 17 meses después - Por Eduardo van der Kooy

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En el trayecto hacia las elecciones de octubre Mauricio Macri y Cristina Fernández están librando ahora un duelo de bastante paridad. El Gobierno ha dado en estos diecisiete meses casi todo lo que pudo dar. La sociedad dictaminará si ha sido suficiente, escaso o nulo.

 

No parece en condiciones de provocar alguna sorpresa en los próximos meses que permita un vuelco de campana en el humor popular. En especial, porque la economía sigue perezosa. Tanto que el macrismo empieza a confundir el oro con el dorado. Le ilusiona el descenso inflacionario en mayo (quizás de 1.5%) y la tendencia que podría sostenerse en junio (1.2%).

A la ex presidenta le ocurre algo similar al ingeniero. O aún peor. En 2015 resultó derrotada por el cansancio colectivo sobre sus políticas y su estilo. Ella retorna siempre con más de lo mismo. Y suele ungir a los discípulos vulnerables para pelear. Axel Kicillof se convierte en la voz cantante del sector cada vez que Marcos Peña brinda su informe en Diputados. Un bocado para el jefe de Gabinete. El ex ministro naufraga ante cada estadística. Resiste mejor cuando logra desplazar el debate al terreno vago de las ideologías. Pero los diretes sobre neoliberalismo y otras yerbas no conmueven al común de los ciudadanos. Sirven, en todo caso, para su propia tribuna.

El Presidente, sin embargo, conserva un módico hándicap sobre Cristina. La expectativa de que algo superador pueda llegar luego de las elecciones. Aunque resulta difícil establecer si aquel ánimo está espoleado por las presuntas virtudes aún no conocidas del Gobierno o la corroboración fehaciente de que el kirchnerismo huele a naftalina. ¿Cómo puede explicarse, a esta altura, que el Frente Para la Victoria no se anime en Diputados a firmar una declaración sobre la trágica situación en Venezuela? ¿Cómo puede ser que no lo haga simplemente por miedo a Cristina?

Esa sería le hendija que dispone Cambiemos para observar con esperanza las elecciones de octubre. Tal comprobación obligará a Macri a repensar las promesas básicas que le permitieron el acceso al poder. La débil economía podría poseer el atenuante de la herencia recibida. También de errores en la instrumentación de medidas que sólo achataron el consumo. El restablecimiento de la transparencia resultó empañada por dificultades propias (Panamá Papers, Correo, Agencia Federal de Inteligencia) y la especulación política existente en sectores del Poder Judicial. El kirchnerismo tiene mucho que ver con eso. La regeneración institucional constituye también una deuda. Elisa Carrió habla con recurrencia sobre la existencia de espionaje impune. La AFI se asemeja demasiado a la vieja SIDE. Los canales entre la inteligencia y los jueces siguen vigentes. Días pasados Rodolfo Canicoba Corral incurrió en la peor desmentida de su vida. Negó, como se había divulgado, haber cobrado U$S14 mil de sobresueldo de la ex SIDE. Explicó que era imposible porque se llevaba mal con dicho organismo.

Macri, como Néstor Kirchner, hizo su primer ensayo regenerativo de las instituciones con la Corte Suprema. Buscó ventilarla luego del sofocón a que fue sometida durante años K. El procedimiento inicial que eligió (Decretos de Necesidad y Urgencia) no fue propicio. Enmendó el error y logró que los pliegos de los nuevos designados, Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz, fueran aprobados por el Senado. Pero el fallo dividido por la aplicación del dos por uno en favor de un ex represor originó una reacción del Congreso que produjo una ley relámpago de carácter casi revocatorio. Ese vaivén abrió grietas en el Tribunal. Y dejó secuelas. Habría en gestación una nueva mayoría. Sobre los tres magistrados que dictaron aquel fallo cayó un pedido de juicio político. También pende otro disparado por Carrió contra Ricardo Lorenzetti. Ninguna de esas solicitudes ha sido aún desestimada. Que cuatro de los cinco integrantes de la Corte carguen con esa mochila no representa una buena marquesina para el nuevo tiempo político.

Parece claro, por ese y otros motivos, que el Gobierno padece de problemas operativos. La semana pasada volvió a ponerse de manifiesto en dos episodios. El fracaso para suspender al juez Eduardo Freiler en el Consejo de la Magistratura. Pesa sobre él una acusación por enriquecimiento ilícito. La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que depende de la OEA. La entidad llegó a la Argentina por invitación del Gobierno a raíz del encarcelamiento de la piquetera Milagro Sala.

Cambiemos no consiguió en la Magistratura, por un voto, que Freiler fuera suspendido. Por lo tanto debió cajonear la presentación del jury de enjuiciamiento. Nadie sabe hasta cuándo. La derrota obedeció a una razón simple. El representante de los académicos, Jorge Candis, escuchó las admoniciones kirchneristas y privó de los dos tercios imprescindible al oficialismo. Allí hubo impericia política. También alguna debilidad jurídica de la cual se aferró Candis. Entre las acusaciones no figuró una causa en la cual está implicado el juez por la compra de un vehículo con 12 cheques cedidos por un empresario al cual favoreció en un pleito judicial.

El Gobierno carga sobre sus hombros otra frustración. La permanencia de Alejandra Gils Carbó como Procuradora General. Macri pensó un momento, ni bien debutó, con la separación de la funcionaria mediante un DNU. Pero se frenó ante la suposición de un escándalo y un par de promesas. La posibilidad de su enjuiciamiento. El acotamiento de sus extendidas facultades a través de una ley del Congreso. Ninguna de las fórmulas han funcionado.

Gils Carbó estuvo en febrero en Brasil donde firmó un acuerdo con su colega Rodrigo Janot para colaborar sobre las coimas de Odebretch, la constructora brasileña que confesó en Nueva York haber pagado en la Argentina U$S35 millones para favorecerse con obras públicas. Desde el verano la Procuradora no hizo absolutamente nada. Se presume que la mayoría de aquellas coimas habrían sucedido en torno al ex ministro Julio De Vido. De allí la pasividad de la mujer. El Gobierno indaga una salida expeditiva. Está en trámite una compleja negociación con la empresa. Viajaron a EE.UU. Germán Garavano, el ministro de Justicia, y Laura Alonso, la titular de la Oficina Anticorrupción. ¿Lo hicieron con la garantía de que obtendrán alguna información? ¿O se arrojaron a la pileta?

Con la situación de la piquetera Sala también sucedieron cosas extrañas. La CIDH fue invitada por el Gobierno aunque resultó abordada por la oposición. Tallaron las organizaciones de DD.HH. y el kirchnerismo. No maduraron los esfuerzos para que Macri le hiciera un lugar en su agenda. Conclusión: se llevaron la impresión que la dirigente de Tupac Amaru sería una víctima. Regresarán a mediados de este mes para visitar Jujuy. La Corte debe decidir sobre su prisión. Un pronunciamiento desfavorable de la CIDH representaría un condicionante. Sobre todo para un Tribunal sensibilizado después del dos por uno.

Macri tiene conciencia que el esquema que ideó para gobernar exhibe síntomas de ineficacia. El Ministro de Modernización, Andrés Ibarra, elaboró un nuevo plan que será colocado en práctica después de las elecciones. Incluye la reducción del número de ministerios. Esa podría ser, quizás, sólo una cara del problema. La otra fue expuesta la semana pasada por Isela Constantini. La mujer que dirigió un año, con buenos resultados, Aerolíneas Argentinas. Que, pese a eso, resultó cesanteada por el ministro de Transporte, Guillermo Dietrich. Constantini confesó la existencia de problemas múltiples cuando un CEO –como ella-- pasa de la función privada a la pública. Mencionó cuestiones de formación. También aspectos viscerales. “No es sencillo tener el estómago del político, las habilidades del político y algunas sensibilidades de demanda la política”, describió.

Tal vez la reorganización de la estructura de poder de Macri se inicie antes de las elecciones. Se sabe que sale Susana Malcorra de la Cancillería. Las incógnitas merodean el ministerio de Educación, por la postulación de Esteban Bullrich en Buenos Aires. También la cartera de Defensa: el radical Julio Martínez será candidato a senador por La Rioja. El radicalismo aspira a no perder el cupo, como siente que le ocurrió con Relaciones Exteriores. En esa puja andan un diputado y un intendente partidarios.

​ Freiler y Sala han sido hasta ahora dos pequeñas victorias de Cristina. Que demuestran algo. Aún sin fueros, la ex presidenta goza de un sistema de protección que enhebró, antes de irse, entre la política y la Justicia. Ha sobrevivido a la intemperie más de un año y medio. Aunque la realidad se complica. La Cámara Federal pidió que se la investigue junto a Lázaro Báez por la obra pública. Los fiscales Germán Pollicita e Ignacio Mahiques solicitaron su declaración por presunto lavado de dinero con sus hoteles. El juez Claudio Bonadio quedó a cargo de la denuncia del fiscal muerto, Alberto Nisman, sobre encubrimiento terrorista por el pacto con Irán a raíz del atentado en la AMIA.

Quizás por esa tormenta en ciernes Cristina demanda la unidad del peronismo para presentarse como candidata en Buenos Aires. Desearía el mayor escudo protector. Ninguna confrontación. Esa misma inquietud no la manifiesta para la Ciudad, Santa Fe y Mendoza. Por citar distritos clave. Allí se encaminan las internas. Como siempre, su obsesión es ella misma. Nunca los demás.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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