Domingo, 18 Junio 2017 00:00

A pedir de Macri - Por Eduardo van der Kooy

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La centralidad política de Cristina Fernández se transformó los últimos días en la constatación más auspiciosa que tuvo el gobierno de Mauricio Macri. La mujer se devoró el espectáculo del cierre de alianzas y tiene una semana por delante para permanecer en aquel foco público.

 

El sábado próximo, la fecha límite, deberá comunicar si se presenta o no como candidata en Buenos Aires.

Aquella permanencia de la ex presidenta causa múltiples efectos. Ninguno, a priori, nocivo para Cambiemos, la coalición oficialista. Su injerencia en el distrito electoral de mayor importancia ayuda a nacionalizar la elección legislativa. El eje de la campaña podría deslizarse, entonces, desde el hipotético balance sobre la gestión macrista a impedir sencillamente el retorno del peor rostro kirchnerista. Ni el ecuatoriano Jaime Durán Barba debió haber imaginado un diseño tan a la medida.

El peor rostro posee relación de nuevo con el modo en que Cristina se planta. Idéntico al que utilizó cuando dejó el poder y resolvió ausentarse de la ceremonia del traspaso del mando. Sólo con prepotencia, sin explicar de verdad por qué hace lo que hace. Inventó un nuevo Frente (Unidad Ciudadana) únicamente para evitar la disputa en las PASO con Florencio Randazzo. No dudó tampoco en desprenderse del PJ. Sabe que un lote importante y sumiso de alcaldes igual la seguirá. Exhibió como novedad al partido del puntano Alberto Rodríguez Saá, etiquetado Compromiso Federal.

Esa articulación estuvo también envuelta por palabras. Un documento de 22 páginas para, según pregonó, “volver a tener futuro”. Su repaso permite extraer dos verificaciones. Cristina sigue sin reconocer la legitimidad del gobierno de Macri. Lo describe como “estafa electoral”. Sus líneas discursivas podrían encontrarse, además, en cualquiera de las innúmeras cadenas nacionales que ofreció mientras estuvo en la Rosada.

La ex presidenta parece enmarañada en un problema por ahora insoluble. No muestra capacidad para crear presente. Su presente se remite sólo al pasado. Resulta complejo en política lograr transpolar aquel pasado como apuesta de futuro. Las sociedades, al margen de las ideologías, requieren siempre de expectativas. Néstor Kirchner y ella misma repararon en eso, al menos en los primeros años de su década.

Aquel anclaje en el pasado sobresalió en cada tramo del documento bautismal. Para frenar la suba del precio de los alimentos Cristina propuso profundizar la intervención del Estado para regular los valores. Una fórmula que ensayó y fracasó en su gestión.

Aconsejó declarar la “emergencia previsional” y el pago sin descuento de las sentencias favorables a los jubilados. Ella se negó a pagar tales juicios previsionales convalidados por la Corte Suprema. Sobre la deuda contraída por el macrismo para solventar el déficit fiscal que heredó de la “década ganada”, Cristina reflotó la idea de revisar la deuda. Un debate de los 80 y los 90. Siempre la vuelta hacia atrás.

La excepción de Cristina a esa tendencia marcada sucedió al abordar la corrupción. Habló de las sospechas que pesan sobre el macrismo y de la necesidad de articular una Comisión Bicameral que fiscalice las incompatibilidades de los funcionarios con sus intereses privados. Resultó escueta sobre el tema en una semana que, de nuevo, arrojó novedades poco felices para ella. El fiscal Guillermo Marijuán pidió su declaración por la ruta del dinero K que tiene encarcelado a Lázaro Báez. La diputada Margarita Stolbizer le asestó un golpe duro: la aparición de otro hotel, esta vez en la Ciudad, donde se habrían consumado maniobras de lavado de dinero.

La denuncia posee dos pilares. El ojo habitualmente certero para esos menesteres de Stolbizer. También los antecedentes hoteleros de la familia Kirchner en Santa Cruz. Con mecanismos curiosos como el que acaba de detectar la diputada del Frente Renovador. Hay cosas que no saltan de ningún expediente judicial. Sólo de la base del sentido común. Osvaldo Sanfelice, amigo histórico del ex presidente Kirchner, es socio de Máximo en una inmobiliaria de Río Gallegos. Esa actividad le habría alcanzado para hacer una fabulosa inversión hotelera en la Ciudad en el 2009. Llamativo. Los registros de aquel alojamiento denuncian otras curiosidades. Semanas con cerca de 75 habitaciones ocupadas y una dotación en el establecimiento de apenas 7 empleados. Un gasto mínimo además en panificación. Tal vez sus clientes optaban por no desayunar.

En la denuncia de Stolbizer figura otra punta para desovillar. Reveló que el Hotel Waldorf fue contratado con frecuencia por la constructora brasileña Odebretch. La misma que desató el mayor escándalo de corrupción en Brasil por el pago de coimas. Que tuvieron, según la confesión en Nueva York de su ex titular, Marcelo Odebretch, extensión en la Argentina. Montos que oscilaron entre U$S35 y U$S100 millones. Se trata de la precisión que Germán Garavano, el ministro de Justicia, está rastreando con denuedo en EE.UU. El mismo hotel habría sido reservado también por las empresas de Báez, Cristóbal López y Ángelo Calcaterra, el primo de Macri. Es inevitable que se huela a podrido.

La centralidad de Cristina detonará otro fenómeno en campaña. Será difícil evitar que los debates no atraviesen la corrupción. Incluso desde lugares impensados. El macrismo la tiene a Elisa Carrió, que muchas veces pega en el talón de su propia coalición. El massismo cuenta con Stolbizer. Randazzo, luego del desplante de Cristina, se vería forzado a resetear su plan original. Imaginó para las PASO que no ocurrirán en el FPV un equilibrio para captar votos de macristas desencantados, de peronistas puros, de renovadores y hasta de kirchneristas que apostaran desde adentro por un tiempo nuevo.

El juego cambió. El ex ministro de Transporte e Interior debe ir desde el PJ por un combate frontal contra la ex presidenta. Porque lo que se disputa son dos cosas: la subsistencia peronista y el fin de la autoridad hegemónica de Cristina. Randazzo no podrá obviar, sin costo electoral, las denuncias de corrupción que cercan a la mujer. Habrá que ver si puede.

Randazzo tampoco la tiene sencilla. Hace semanas Cristina alertó sobre posibles carpetazos. Fue su ministro de Interior y Transporte hasta diciembre del 2015. Su tránsito por el PJ promete temblores. Está a la vista: el intendente de José. C. Paz, Mario Ishii, salió de inmediato a desafiarlo. Fue luego de una conversación con el ex secretario general, Carlos Zannini. La adrenalina de tal competencia sería la platita: al PJ le corresponde el 83% del total de los fondos del FPV para el financiamiento de la campaña. Habrá una tormenta segura en el plano judicial.

También se avizora un vendaval político. El grupo de intendentes leales a Randazzo es presionado para emigrar. A esos hombres, como a todos los barones, no los obsesiona tanto la pelea entre la ex presidenta y el ex ministro como la conservación de su poder territorial. Asoma el fantasma del 2009 cuando los dirigentes articularon boletas dobles detrás de Francisco De Narváez y el propio Kirchner.

El macrismo empieza a soñar con la posibilidad que Cristina no desaparezca nunca. Que su influencia pueda conservarse hasta el 2019. Representaría un condicionante para el peronismo. Aquel sueño oficial despierta suspicacias en la oposición mayoritaria. Pocos comprenden el desguace que la ex presidenta ha hecho del FPV. Más se entiende su desprecio visceral hacia el PJ.

Las suspicacias apuntan a que en la misma jornada que Cristina quebró el FPV, el Gobierno terminó cerrando un acuerdo con Alicia Kirchner para el salvataje de Santa Cruz. Un aporte de $1200 millones. Que tiene exigencias: la derogación de la Ley de Lemas, el acceso a la información pública, el ajuste de las jubilaciones. Demasiadas veces las razones de los asuntos políticos afloran en la superficie antes que en el fondo de las cosas. La ex presidenta ha sido siempre como es ahora. ¿Acaso no fracturó cada vez que estuvo sus bloques parlamentarios? ¿Acaso no urdió con Kirchner una ruptura en el 2005 para deshacerse de Eduardo Duhalde?

La realidad colabora para que Macri pueda sentirse aliviado en el plano electoral. Quizás tenga menos obligaciones para demandar el voto a su favor por los resultados de la gestión. En algún punto, Macri también tiene parecidos problemas de presente que Cristina. Su hándicap está en la apuesta a futuro. Varios de sus activos políticos ya han sido absorbidos por la sociedad. La vigencia de un estilo amable. La temida salida del cepo. La apertura al mundo. No hay en este tiempo de pelea electoral mucho más. Sólo el surgimiento, de acuerdo con un trabajo de la consultora Isonomía, de la incipiente percepción colectiva favorable (10%) en torno a la existencia de la obra pública.

Los semestres pasan y la reactivación económica no llega. En mayo el consumo descendió 3.4%. El INDEC informó que la desocupación subió en el primer trimestre al 9.2%. Un salto de 1.6% respecto de la última medición del 2016. La inseguridad volvió a tomar forma de tragedia. Cinco crímenes en una semana en Lomas de Zamora, un colectivero asesinado en Claypole, un comerciante en San Martín. El conurbano derrama sangre. Las decisiones políticas en la materia no alcanzan a mitigar ningún dolor.

Cambiemos celebra la persistencia de Cristina y la fragmentación del peronismo. Se entiende. Aunque mirando el paisaje cotidiano aquella celebración, sensatamente, debiera mutar en congoja. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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