Miércoles, 21 Junio 2017 00:00

La candidatura o el suicidio político - Por Eduardo van der Kooy

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Cristina Fernández ha llegado en su carrera de principal líder de la oposición a un punto sin retorno. En pocas semanas resolvió apartarse del peronismo. Lo ha reemplazado con un grupo de agrupaciones conocidas, pequeñas y radicalizadas.

 

Presentó ayer junto a ellas y cerca de 35 intendentes bonaerenses, el Frente de Unidad Ciudadana. Juntó en el menudo estadio de Arsenal, en Sarandí, a una verdadera multitud que pareció aguardar otra cosa. Que no se contentó con la adoración de su figura. Aquella multitud esperó la corroboración de su regreso. Su candidatura a senadora para octubre. Como no sucedió, se atrevió a soñar con el repiqueteo de “se siente, se siente, Cristina presidente”.

La corroboración, aún en suspenso, sería cuestión de horas. El límite para la inscripción de las candidaturas vence el sábado próximo. La ex presidente llegará al filo de ese plazo por tres razones: como a su ex marido, siempre le seduce el impacto de los anuncios políticos. El impacto llega de la mano del suspenso. Esa misma incertidumbre posee un efecto aglutinador hacia adentro. Ninguno de los alcaldes que permanecen con ella, por convicción o conveniencia, podrán otear otras comarcas. Las de Florencio Randazzo, en el PJ, o las de Sergio Massa, en el Frente Renovador. Su propia indefinición mantendría pendiente además la estrategia esbozada de Cambiemos. Este constituiría, tal vez, el punto menos trascendente. El oficialismo tiene decidido el puñado de candidatos que encabezarán las listas en Buenos Aires. Sólo le resta determinar el volumen que concederá en la campaña a María Eugenia Vidal, la gobernadora, y Elisa Carrió. La diputada de la Coalición pujará por una banca en la Ciudad. Pero su proselitismo envenenado puede estar en Buenos Aires, para cotejar contra Cristina.

Después de haber llegado al punto que llegó, la ex presidenta carecería, desde un cristal lógico, de retorno. La deserción podría asemejarse demasiado y peligrosamente a un suicidio político. Su improbable –no imposible-- declinación dejaría la tierra dinamitada en la geografía de la oposición. Significaría también un servicio político invalorable para el macrismo que asegura combatir. Y transformaría en vulnerable, desde todos los planos, su propia personalidad. Incluso para muchos ciudadanos comunes que, como se observó ayer, la siguen elevando hacia un firmamento de dioses imaginarios.

Aquella vulnerabilidad tendría, sobre todo, efectos concretos. ¿Podría conformar a gusto suyo las listas de candidatos si decidiera ser prescindente en octubre?. Sería el primer golpe para La Cámpora, Nuevo Encuentro y Compromiso Federal, las vigas del Frente Unidad Ciudadana. No es la tendencia que los alcaldes perciben por ahora. La mujer indica cada nombre de los senadores y diputados que desea. Incluso mete mano en la nómina de concejales, la articulación que más preocupa a los alcaldes. Que les permite subsistir.

El pejotismo también podría ir por la revancha contra la mujer que terminó de condenarlo a la diáspora en Buenos Aires. Por lo menos ocho gobernadores del PJ hicieron conocer en los últimos días el descontento. La posible intemperie política de Cristina, por otra parte, sería una señal nunca desdeñada por el Poder Judicial. La ex presidenta tiene seis causas judiciales en tres de las cuales ha sido procesada. Su no incorporación al Congreso la privaría de fueros y debilitaría, tal vez, el sistema defensivo que supo montar antes de retirarse del poder. En el ojo de la tormenta quedarían, definitivamente, la Procuradora General, Alejandra Gils Carbó, y el lote de los fiscales kirchneristas.

Cristina no reapareció con demasiadas novedades. Hasta el teatro elegido tuvo correlación con el pasado. Allí mismo el matrimonio Kirchner puso en el 2007 fin a las conjeturas sobre si jugaría por la reelección o prestaría el sillón por cuatro años a su mujer. Eso fue lo que ocurrió y abrió un ciclo impensado de la historia, después del repentino fallecimiento de su esposo.

La ex presidenta volvió a brindar una demostración de poder interno. Armó el espectáculo únicamente en torno a ella. Un escenario pelado, apenas con el micrófono. Los dirigentes fueron desplazados a otro lugar del estadio de Arsenal. Entre ellos, el numeroso grupo de intendentes. También los inclaudicables, donde no fue posible advertir un solo rostro nuevo respecto de la década pasada. Daniel Scioli, Aníbal Fernández, Daniel Filmus, Carlos Tomada, Mariano Recalde, Axel Kicillof. Por citar algunos.

La mayor sorpresa consistió, quizás, en el formato que tuvo la celebración. Un discurso mucho menos fogoso de Cristina que lo habitual. Un contenido casi monotemático enfocado en la crisis económica y social. Una interacción deliberada con un grupo de asistentes cuidadamente seleccionados para corporizar el padecimiento de este momento argentino.

Aunque pueda caer mal al paladar kirchnerista, aquel menú pareció poseer una inconfundible impronta macrista. Se trata de un recurso de campaña que inauguró hace mucho Mauricio Macri. Que incorporó Cambiemos y que, incluso, ha sabido prolongar en los 17 meses de gestión. Los timbreos, las entrevistas personales o con grupos de familias. Bastante de eso sobrevoló la puesta en Sarandí.

Ese parentesco se hizo más intenso por la simultaneidad de situaciones. Macri presidió en Rosario, ayer muy temprano, el acto por el Día de la Bandera rodeado por severas medidas de seguridad. Se retiró discretamente. Al rato apareció con Juliana Awada en el sudoeste de la ciudad para visitar a una pareja, emprendedores de una Pyme, que le había enviado una carta hace un mes a la Casa Rosada. Aprovechó también para codearse con otros vecinos de la zona. Escuchó elogios y críticas. Pero brindó proximidad. Un ensayo similar al de Cristina.

Tal comunión de la ex presidenta sirvió para desempolvar el perfil de candidata que supo moldear en el 2011. Cuando enhebró a la perfección su ingrata condición de viuda con un mensaje apacible. Después que triunfó, vale recordarlo, le brotó con espontaneidad aquel “vamos por todo”. En Sarandí, Cristina detuvo cada uno de los cánticos hostiles contra el macrismo que surgieron de la multitud. Y hasta aconsejó dejar “los insultos y los reproches” para ellos. Fue una versión diferente de la que acostumbra a irrumpir en las redes sociales.

También se encargó de bordear nada que no tuviera relación con la realidad económico-social. Cargó todos los padeceres actuales en los hombros de Macri. Como si la inflación, entre muchísimas cosas, no fuera una cuestión estructural incubada y disparada por su gestión. De esa agenda surgió la invocación más fuerte de la tarde: “Hay que ponerle un límite al ajuste del Gobierno”, arengó.

Cristina prefirió omitir, en cambio, otros asuntos que siempre hace circular en sus intervenciones en las redes. No mencionó ningunas de las oscuridades que atribuye al Gobierno. No habló de las incompatibilidades de ciertos funcionarios públicos con sus intereses privados. Como lo hizo en la declaración fundacional del Frente de Unidad Ciudadana. La corrupción resultó para ella una cuestión tabú.

Motivos le sobran en la Justicia. Pero también en la calle. Sin maquinarias de movilización, a la misma hora de la exhibición en Sarandí, una masiva concurrencia se congregó en Comodoro Py para reclamar por un Poder Judicial eficiente. Que no demore el avance de las causas de corrupción. La mayoría de las pancartas, no por casualidad, aludieron a la figura de Cristina.

Algunas de aquellas numerosas omisiones de la ex presidenta podrán formar parte de la campaña de Cambiemos. Casi todas, engrosarán con seguridad los discursos de Randazzo y de Massa. Ambos se disponen a transitar la amplia avenida del medio. A igual distancia de Cristina que de Macri. Sólo deberían cuidarse, quizás, de alguna eventual y nociva superposición.  

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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