Miércoles, 28 Junio 2017 00:00

La mira de Cristina apunta hacia Vidal - Por Eduardo van der Kooy

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Nada de lo que sucede resulta ya imposible observarlo soslayando el cristal de la campaña electoral.

 

El cierre de las listas, el sábado pasado, constituyó la última formalidad de la política. Un montón de organizaciones sociales y de izquierda (Barrios de Pie, Movimiento de Trabajadores de la Economía Popular, Movimiento Aníbal Verón, entre otros) volvieron convertir ayer el centro de la Ciudad en un pandemonio. Reclamaron con piquetes y marchas un salario mínimo que oscile en los $15 mil.

Las movilizaciones coincidieron con la negociación del Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el salario mínimo, vital y móvil. Una cita que congregó al Gobierno, los empresarios y la CGT. Aquel espectáculo callejero promete repetirse con la asiduidad que no se vio en los últimos meses. Por lo menos hasta octubre. Por tres motivos: las organizaciones y la izquierda suelen dar mayor visibilidad a su existencia en la calle que en las urnas; hay una situación social objetiva grave expresada en los índices de pobreza (32.9%) y desempleo (9.2% en el primer trimestre del 2017); se advierte también una pérdida de densidad política dentro del sindicalismo tradicional.

Esa debilidad contó con un alerta. Pablo Moyano, cegetista crítico, hijo del líder camionero, anticipó una jornada de protesta contra el gobierno de Mauricio Macri para julio. Se desconoce el formato. Se desconoce incluso si, en efecto, llegará a concretarse. Pero los sectores duros del gremialismo sienten la amenaza de que aquellas organizaciones sociales terminen ocupando lugares públicos que les corresponderían por historia. El otro síntoma de la debilidad sindical emanó del cierre de las listas. La representación general del sector puede estimarse pobre.

De hecho, ninguno de los tres secretarios generales de la CGT logró colar con una candidatura. Juan Carlos Schmidt bajó su postulación en Santa Fe donde pensaba competir contra el ultrakirchnerismo de Agustín Rossi, el último ministro de Defensa, y la jueza Alejandra Rodenas, que representa al PJ. El líder del gremio de Dragado y Balizamiento se encontró con una desagradable sorpresa. Recibió poco aliciente de sus pares para embarcarse en la aventura.

Héctor Daer había dejado a Sergio Massa para encolumnarse con Florencio Randazzo. Le ofrecieron un incierto cuarto lugar en la nómina de diputados. Prefirió desistir y encontró para justificarlo un argumento elegante. Sostuvo que el movimiento obrero será muy bien representado por Oscar Romero, del SMATA. Pero ese gremio no se alinea con la central obrera. Carlos Acuña, el otro integrante del triunviro cegetista, identificado con el Frente Renovador, tampoco consiguió la chance de intentar renovar su banca en la legislatura bonaerense.

La contracara aconteció en el campamento de Cristina Fernández. Allí la víctima restallante fue Omar Plaini, del sindicato de canillitas, pese a su ostensible identidad kirchnerista. El dirigente fue alguna vez mano derecha de Hugo Moyano. Quizás un antecedente suficiente para que la ex presidenta le bajara el pulgar. En cambio habilitó pista electoral a Hugo Yasky, de la CTA, a Vanesa Siley (Sindicato de Trabajadores Judiciales) y Walter Correa (Curtidores). Ambos integran la Corriente Federal de Trabajadores que conduce el titular de la Asociación Bancaria, Sergio Palazzo.

Esa línea sindical del kirchnerismo podría transformarse en un incordio potencial para el Gobierno. Aquellas dos agrupaciones de trabajadores (CTA y CFT) tienen puentes tendidos con varias de las organizaciones sociales que activan la calle. Incluso con el Movimiento Evita, de Emilio Pérsico y Fernando Navarro, que sostienen la precandidatura de Randazzo. Quizás la campaña pueda separarlos. Aunque temporariamente.

El problema no sería exclusivo de Macri. Abarcaría también, y sobre todo, a María Eugenia Vidal. Roberto Baradel, de SUTEBA, el poderoso gremio docente bonaerense, también adscribe a la CTA. El conflicto de los maestros continúa sin solución definitiva –la gobernadora otorga aumentos a cuenta del cierre de la paritaria-- y Baradel advirtió sobre nuevas medidas de fuerza. Sería un verdadero contratiempo para Vidal que cargará en el principal distrito electoral con el peso de la campaña. De esa forma diseñó el macrismo su estrategia cuando resolvió empinar a Esteban Bullrich y Gladys González como candidatos a senadores de la Nación.

La gobernadora tiene por delante otro par de problemas. O de desafíos. Cristina integró las listas provinciales con los halcones kirchneristas. Para trabarle, según sean los resultados de octubre, aspectos clave de su gestión. La ex presidente sabe bien que zamarreando a la Provincia también sufrirá la administración de Macri.

La otra cuestión que debe atender Vidal será la suerte del Frente Renovador. ¿Por qué motivo? La organización de Massa, ahora devenida con el nombre de 1País, fue determinante en estos 17 meses para la gobernabilidad de Buenos Aires. Colaboró con la aprobación del Presupuesto y también con la toma de deuda para atenuar el elevado déficit dejado por Daniel Scioli.

Las realidades de esas tres fuerzas políticas asoman disímiles. Habría que recordar que en Buenos Aires –también en el país-- se renovarán las bancas de la elección del 2013. Fue cuando Massa, en su momento de auge, derrotó a Cristina y cortó el sueño de intentar permanecer en el poder otro período. En ese entonces el macrismo estuvo fuera de la escena en territorio bonaerense. Y el FPV, después de la caída, empezó a sufrir el mismo desgajamiento que en el plano nacional.

Cambiemos tiene entonces muy buena expectativa de engrosar su número actual de legisladores. El kirchnerismo atesora un diagnóstico parecido. También porque Cristina eligió solo fieles y se ocupará, sobre todo, de la conducción en esa geografía. Queda claro que terminó por desentenderse del resto. La tarea ardua le queda a Massa. La posible pérdida de su influencia en la legislatura representaría una pésima noticia para Vidal.

La gobernadora está obligada a resguardar a su gobierno y al de Macri. Una derrota abriría incertidumbres por la composición de la Legislatura y por la inevitable onda expansiva política. Nada indica, menos el armado de sus listas, que Cristina esté dispuesta a conceder alguna tregua.

Las dos mujeres se enfrentan a revalidaciones imprescindibles. Vidal debe demostrar que el batacazo del 2015 se legitimó durante este año y medio. Y que no respondió sólo al espanto que causó su contrincante, Aníbal Fernández, en aquella oportunidad. La gobernadora podría, además, consumar una marca histórica: propinarle al peronismo su cuarta derrota consecutiva en el bastión inexpugnable de otros tiempos.

Cristina estaría forzada a detener esa tendencia si pretende conservar un liderazgo y una autoridad que están bajo la lupa. Aquel ciclo de tres derrotas seguidas ocurrieron durante el kirchnerismo. La primera en manos de Francisco De Narváez, un empresario hoy desaparecido de la política. Que pudo incluso contra las candidaturas testimoniales de Néstor Kirchner, Scioli y Massa. La segunda corrió por cuenta del diputado tigrense. La última fue por obra de Vidal.

Una más no sólo menguará la figura de Cristina. Abrirá también el interrogante sobre si algún cambio cultural, político y social, que en superficie aún no se avizora, no estaría disparando silenciosamente en Buenos Aires una metamorfosis peronista. 

Eduardo van der Kooy

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