Martes, 01 Agosto 2017 00:00

Una mente atribulada e insondable - Por Carlos Mira

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Como decíamos hace unos días en estas mismas columnas, el país vive colgado de una brocha; con la angustia de no dar por concluida aun una de las etapas más oscuras de su historia, simplemente porque una parte minoritaria de la sociedad aun respalda y procura el regreso de su torturador, la vuelta de la psicópata que la hundió en una  miseria completamente incompatible con la potencialidad argentina.

 

La situación, sencillamente, no puede entenderse; no se puede creer. El país evolucionó -sin dudas- y ese fanatismo ya no podrá alcanzar, en una elección presidencial, el 49% de los votos como ocurrió en 2015. Pero aún conserva un núcleo duro que impide que la sensatez y la racionalidad perforen su piso del 30%.

La situación podría compararse con la que atraviesa la mujer golpeada que insiste en volver con quien la está destruyendo. Esa especie de síndrome de Estocolmo que se apoderó de esas mentes y que las inclinan a votar por el regreso del secuestrador.

Se trata sin dudas de un comportamiento enfermo que abarca a todo el país .No se trata aquí de acusar de una psicosis maligna a una porción de la sociedad y exculpar a la otra.

Existe, sin dudas, mucha explicación de diván en lo que le sucede a la Argentina, un país que no logra distinguir lo urgente de lo importante y lo que diferencia el goce explosivo del momento del disfrute duradero de lo permanente.

Una de las manifestaciones más claras de ese síndrome de inmediatez (que el populismo rapaz explota como nada ni nadie) es el constante sonsonete que centra su reclamo en la “caída del consumo”. Hay muy pocos que están fijando su atención en el cambio de hábitos que puede estar ocurriendo en la Argentina y en lo saludable que eso puede significar.

Por ejemplo, la persecución ciega de la satisfacción inmediata del placer que durante la década “ganada” tuvo su emblema en la compra de las últimas “llantas” (zapatillas) o en el último celular, puede estar variando hacia el compromiso económico, por ejemplo, con una institución financiera para obtener un crédito hipotecario.

Naturalmente que si los recursos -que siempre son escasos- se dedican a pagar la cuota de un crédito para el futuro, es probable que el consumo de zapatillas o de celulares baje. Pero en lugar de hacer ese análisis, la Argentina se autoflagela y pretende regresar a las manos de un amo nacionalista-autoritario que les arruine el crédito pero que les dé las zapatillas.

Se trata de un temor paralizante al cambio y a no poder trocar el presente por el horizonte. La mujer golpeada también está acostumbrada a que la castiguen: ese es su hábitat, su vida, su manera de entender el mundo.

Es más, cuando ese complejo se profundiza, nos encontramos frente a casos en los que la mujer justifica a su golpeador o el secuestrado a su secuestrador: “yo me lo merezco”, “fui yo la que causó todo…”

Parecería que al menos parte de la sociedad está atravesando esa distorsión cuando perdona al peronismo kirchnerista y cuando admite que son unos ladrones pero no le importa (el 78% por ejemplo de los kirchneristas encuestados admiten que De Vido es un ladrón corrupto que se enriqueció con su paso por la función pública, pero aun así lo defienden y respaldan su banca en la Cámara de Diputados)

¿Qué se puede hacer frente a una víctima que tiene a su victimario con el arma humeante delante de sí misma y aun así lo niega o lo perdona?

Pese a que las encuestas en una elección tan reñida (en el populoso conurbano bonaerense, porque en el resto del país la opción de la corrupción será derrotada categóricamente) no logran establecer hoy en día una diferencia clara entre los votos a Cambiemos y los votos a Fernández, el solo hecho de que esta señora -cuyo objetivo es transformar a la Argentina en una Venezuela del Sur- concite la intención de voto que esas proyecciones pronostican es, de por sí, un síntoma muy preocupante para el futuro.

Cristina Fernández reúne  en su mismísima humanidad todos los ingredientes que se precisan para que los países fracasen y sus pueblos vivan en la miseria, mientras una elite de castas privilegiadas (que en nuestro caso ella presidiría, naturalmente) se enriquece obscenamente.

Resentimiento, odio, ignorancia, escasa o nula formación, procacidad, malicia, primitivismo cultural, venganza, ambición, falta de respeto y decoro, mal gusto, antigüedad mental… Todos esos son los componentes de la persona “Cristina Fernández”. Ella es el resultado de la mezcla tempestuosa de todos esos “atributos”.

Es como si alguien hubiera tomado cada uno de esos ingredientes, los hubiera volcado en una coctelera previamente llena de un bilioso líquido verde y los hubiera batido con fuerza: el cuerpo y la mente de Fernández son el metafórico vaso que recibió ese brebaje.

Ahora, con su camuflaje de mujer que anda en calzas -como las señoras que hacen las compras en el barrio- se esconde detrás del silencio. No aparece en los spots publicitarios, su estridente y melosa voz de actriz frustrada no se escucha, porque cada vez que habla espanta a miles de las urnas.

Ese es un detalle que  -con todos los problemas que su mera presencia causa- abre una esperanza: si la psicópata golpeadora es la primera consciente que la mujer golpeada puede huir para siempre de sus garras si se hace notar mucho, quiere decir que ella misma sospecha que causa un rechazo solo disimulable por esas inmaterialidades de la mente humana, pero que a poco que intente ensayar una nueva paranoia saldrá eyectada del sillón que tanto anhela.

Faltan apenas quince días para la primera ronda de esta votación crucial. Dios quiera que la mujer golpeada tome consciencia los golpes, de su vida miserable, de su humillación. Dios quiera que el Bien hunda al Mal. Dios quiera que no triunfe en la Argentina lo peor de nuestra atribulada e insondable mente.

Carlos Mira

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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