Domingo, 13 Agosto 2017 00:00

Claves de un pasatiempo - Por Eduardo van der Kooy

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La Argentina se enfrenta a otro de sus absurdos políticos. La sociedad es convocada a votar no se sabe muy bien para qué. Las PASO de hoy casi no definirán cosas importantes. Salvo en las internas que se celebrarán en Santa Fe. O en la disputa dentro del peronismo y kirchnerismo porteño. O en la simbólica Santa Cruz.

 

Servirán, sin embargo, como una foto sobre el humor colectivo respecto del Gobierno y de la oposición. De Mauricio Macri y Cristina Fernández. Un anticipo aproximado también de las legislativas de octubre. Un lujo oneroso para un país que tiene perforadas sus cuentas.

El problema no radica en la idea de las PASO, aunque su invención haya tenido un origen tóxico. No fueron pergeñadas por Néstor Kirchner y Cristina, como proclamaron, para democratizar la vida de los partidos. Respondió a una reacción visceral después de la derrota en las legislativas del 2009 para encorsetar al PJ. Con sus colectoras en Buenos Aires había perjudicado al matrimonio y posibilitado la victoria de Francisco De Narváez.

El problema está en que sin la existencia de partidos aquella práctica se vacía de incentivos y sentido. Cambiemos posee con exactitud tres años de vida. Es todavía una coalición débil que funciona sólo como herramienta electoral. El peronismo atraviesa una crisis de tal magnitud que se refleja en los dislates para las legislativas. Cristina formó el Frente de Unidad Ciudadana en Buenos Aires para despegarse del PJ y dejar aislado a Florencio Randazzo. Pero en su lista de diputados figuran Daniel Scioli, vicepresidente del partido, y Fernando Espinoza, titular del peronismo en el orden provincial.

Tan ajena resulta aquella idea de la competencia interna que Cristina, en una de sus pobres autocríticas, confesó a Randazzo que uno de los motivos de la derrota del 2015 había sido la puja bonaerense entre Aníbal Fernández y Julián Domínguez. El desgaste, argumentó. No reparó en el significado del candidato final ni en la pésima administración de Scioli en sus ocho años.

La solución no estaría en eliminarlas. Quizás la dirigencia debería plantearse antes de qué modo empezar a regenerar un sistema de partidos o coaliciones estables. Como en Chile o Uruguay. El Gobierno, en varias cosas, exhibió una conducta oscilante. Que desnuda también la falta de convicción o de entendimiento sobre la raíz del asunto. Gabriela Michetti, la vicepresidenta, y Marcos Peña, el jefe de Gabinete, plantearon durante la campaña la necesidad de revisar las PASO. Afirmaron que no sirven para nada. Pero rebobinaron frente al primer síntoma: la apatía y el desinterés popular que trasuntaron todas las encuestas. El temor a una merma en la asistencia a la votación obligó a los dirigentes de Cambiemos a terminar hablando a coro sobre la importancia de estas internas.

Las PASO pueden remitir a otro laboratorio fallido en el país. La reforma constitucional de 1994 fue presentada también en su época como piedra refundacional. Su verdadera razón escondida en la hojarasca fue habilitar la reelección de Carlos Menem. A ese juego se prestó Raúl Alfonsín. Las frustraciones están a la vista: no mejoró la federalización (con el voto directo y el aumento del cupo de senadores); tampoco garantizó la estabilidad del sistema (con la creación del Jefe de Gabinete, barrido en la crisis del 2001); ni hizo más eficiente y menos opaco al Poder Judicial (con la creación del Consejo de la Magistratura).

La descompensación del sistema político brinda otras referencias en estas elecciones. Cambiemos es la única representación que competirá en 23 de los 24 distritos. De allí que la proclama anticipada del Gobierno acerca de que cosechará la mayor cantidad de votos a nivel nacional perdería consistencia. En todo caso competiría simbólicamente contra sí mismo. Podrá calibrar si ha perdido, aumentado o conservado el volumen de sufragios (34%) que Mauricio Macri obtuvo en octubre del 2015. Que le permitió abordar luego con éxito el balotaje.

Aquella foto explica con claridad otro asunto. La construcción político-partidaria en la Argentina sólo sigue siendo posible a partir del anclaje en el Estado. El estirón de Cambiemos lo demuestra tanto como el deflecamiento kirchnerista y del PJ. Algo similar les ocurrió al PRO, a la UCR y la Coalición Cívica cuando estuvieron en el llano.

Otro aspecto que habrá que observar es si las PASO pueden ahora recuperar algo de su esencia o, como vino sucediendo desde el 2009, repiten su condición de mecanismo de doble vuelta. Es decir, si aquellos que quedan mejor posicionados en el primer acto terminan por despegarse del resto. Le ocurrió a Sergio Massa contra Martín Insaurralde en el 2013. Lo repitió Macri en el 2015 relegando entonces a Massa. Se trata de una deformación que puede resultar más perversa en una elección legislativa. En Buenos Aires, el principal distrito electoral, los grandes competidores que encabezan las listas bregarán sólo por tres bancas en el Senado. Si dos de ellos quedan despegados del resto, el examen de octubre resultará árido para aquellos que compitan sólo por los diputados.

El Gobierno y la oposición enfrentan dilemas y desafíos que se empezarán a revelar con la foto de hoy. A Macri le toca la primera elección de medio término con un ciclo económico desfavorable. Recién en las últimas semanas se conocieron datos sobre la posibilidad de una reactivación. No tendrán registro en la votación de hoy. Se verá en octubre. Los antecedentes no resultan auspiciosos: Cristina perdió dos legislativas por esa razón (2009 y 2013); para Carlos Menem fue el epílogo de su ilusión re-reeleccionista (1997); a Fernando de la Rúa le sobrevino el abismo (2001). Como verdaderas contracaras, Kirchner consolidó su poder en 2005 con la economía en vuelo; Menem salió del marasmo en 1993 por la convertibilidad; Alfonsín enderezó el rumbo con el Plan Austral y volvió a vencer al peronismo en 1985.

La declinación económica ha sido general. Pero la batalla política quedó circunscripta a Buenos Aires. Allí se concentra el 40% de los pobres de la Argentina. Que la “década ganada” no modificó. Allí mismo Cristina resolvió plantar bandera. Los candidatos de Cambiemos que recorrieron palmo a palmo la provincia –en especial María Eugenia Vidal-- tomaron nota del impacto económico. Más en el conurbano que en el interior. Entre el cúmulo de quejas (falta de empleo, inflación, inseguridad) una pareció atravesar de modo vertical la pirámide social: el aumento de las tarifas. Tan inevitable como llevado a cabo con una notoria mala praxis.

Cristina se ha encargado de espolear esas molestias. Su campaña no se apartó de la agenda económico-social. Tampoco tuvo otro margen. La acechan seis causas en la Justicia, cinco ellas por corrupción. El Gobierno se ocupó de tapízar la campaña para las PASO con dichos símbolos. Estuvo en la escena el escándalo por la expulsión de Julio De Vido del Congreso, frustrada por la resistencia kirchnerista. La semana pasada cayó detenido su cuñado, Claudio Minnicelli, nueve meses prófugo, ligado a la mafia de los contenedores en la Aduana. Tampoco la ex presidenta deslizó una palabra sobre la violencia y los centenares de muertos en Venezuela.

Las percepciones económicas suenan más relevantes para el común de la gente que la corrupción. Esa constituye una constancia que dificultó la campaña de Cambiemos en Buenos Aires. Que contó con un escollo adicional: la virtual desaparición física de Cristina. Por eso el oficialismo trasuntó tantas contramarchas. Primero elevó la figura de la ex presidenta. Luego la olvidó. Volvió a retomarla sobre el final. También ensayó una nacionalización de la campaña. Después la limitó a la provincia. Al inicio descartó el protagonismo de Elisa Carrió. Terminó por darle un sitial de relevancia. La diputada fue un eje en los dos distritos más grandes del país.

Cambiemos requiere, por un montón de razones, la victoria en Buenos Aires. Si eso ocurre, sería la cuarta derrota al hilo del peronismo en el distrito. Con sus imprevisibles consecuencias. Robustecería la figura de Vidal, la dirigente más popular de Cambiemos. Abriría el horizonte de Macri: la posibilidad de continuar en el 2019 ya no representaría una quimera.

Aquella victoria empezará a develarse qué cerca o lejos está con las PASO de hoy. Cambiemos se entusiasma, incluso, con una desventaja corta. Suponen que en octubre podría torcer la balanza. Apuntan a lo sucedido en 2015. Vidal cosechó en aquellas PASO el 29% de los votos contra el 40% en conjunto de la interna entre Aníbal y Domínguez. Trepó 11 puntos dos meses más tarde y consumó el batacazo electoral.

Cristina necesita tanto o más el triunfo que Cambiemos. No sólo para convertirse en senadora, que difícilmente no lo sea. Le interesa, sobre todo, un doble correo: a los jueces que indagan su oscura fortuna y al peronismo, que atisba un cuestionamiento a su liderazgo.

La figura de Cristina mantiene una controversia en el peronismo. Que no se extinguirá así nomás. Una buena noticia, quizás, para Macri. El PJ, salvo Juan Schiaretti y Juan Manuel Urtubey, carece de conductores de talla. Continúa además envuelto en una confusión que le impide observar con perspectiva. Salió en masa a defender a Menem, condicionado por la Cámara Nacional Electoral para ser candidato. Es por la condena firme a siete años de prisión a raíz de la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador. Que lleva un recorrido de 22 años. Aquella postal peronista habla por si sola.

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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