Lunes, 14 Agosto 2017 00:00

Tres vigas que explican una victoria - Por Eduardo van der Kooy

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La foto de la votación de ayer en la Argentina resultó, al final, tan nítida como inesperada. El gobierno de Mauricio Macri recibió un espaldarazo. De una magnitud muy extendida.

 

Valdría unir tres polos simbólicos: Cambiemos superó al kirchnerismo gobernante desde 1989 en Santa Cruz; María Eugenia Vidal pudo en Buenos Aires con Cristina Fernández; la coalición oficialista también triunfó en Jujuy, cuna de la gran batalla del gobernador radical, Gerardo Morales, con la dirigente piquetera Milagro Sala.

Aquella foto ha dejado de paso desairada a Cristina. La ex presidenta ni siquiera logró igualar en Buenos Aires los guarismos de Aníbal Fernández del 2015, cuando fue vencido por Vidal. En aquel momento trepó al 35%. Su liderazgo ha quedado vapuleado después de inclinarse formalmente ante Esteban Bullrich. Abre también un ciclo revulsivo en el peronismo que ve caer su principal territorio electoral por cuarta vez consecutiva. Es algo histórico. Habrá que auscultar cómo lo procesa.

Ese retrato de Macri robustecido y Cristina ajada, probablemente en el inicio de su crepúsculo político, deberá ser revalidado el próximo 22 de octubre. Cuando se elijan, en efecto, 127 diputados y 24 senadores. Mucha agua tiene que circular hasta entonces. El Gobierno se enfrenta como nadie a un doble desafío: la gestión que suele incurrir en errores recurrentes; la continuidad de la campaña que, por los resultados a la vista, resultó acertada. Aunque tal vez, bajo una óptica más severa, no sea tan así.

Cristina deberá atravesar en estos 60 días un auténtico desierto. ¿Cómo se reacomodarán los intendentes del Conurbano que la acompañaron? ¿Por qué razón en lugares clave, como la Tercera Sección Electoral, La Matanza, no obtuvo la diferencia esperada? ¿Cómo reaccionará la liga de los gobernadores del PJ? Sergio Massa y Florencio Randazzo, a lo mejor, empiezan a participar de dicho juego. Quedó claro que ambos estuvieron lejos de sus expectativas. El diputado del Frente Renovador, como le sucedió en el 2015, volvió a trastabillar en su afán de transitar por la “amplia avenida del medio”. Que nunca ha sido tal. El ex ministro del Interior y Transporte podrá reprocharle a la ex presidenta el egoísmo y la soberbia por apartarlo de la interna en la que pretendió participar. Pero tampoco se puede exhibir, al menos hasta ahora, como futuro eje de una reorganización pejotista.

El Gobierno basó su éxito en tres vigas maestras. La polarización funcionó. No sólo en Buenos Aires. Tanto, que terminó dando un sesgo nacional profundo a las PASO, como el Presidente había asegurado en su acto de cierre en Córdoba. El último soporte resultó el voto en masa del campo a favor de Cambiemos. La carta que había permitido a Macri acceder en el 2015 a la Casa Rosada.

Desde las épocas de Raúl Alfonsín, una administración de identidad no peronista no lograba una victoria electoral tan diseminada. Aunque se trate todavía de una valoración parcial. El fenómeno incluyó Buenos Aires, la Ciudad, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. Hay una enorme mancha amarilla en la región Litoral y Centro del país que envolvió históricos bastiones peronistas: La Pampa y San Luis, el feudo de los Rodríguez Saá. Pero manchó también el Sur y el Norte.

Aquellas tres vigas de la victoria tuvieron ingenieros. Macri trae ese título desde la Facultad. Vidal es, en cambio, licenciada en Ciencias Políticas. Pero fue determinante en la campaña, más que por la gestión en un territorio que Daniel Scioli dejó devastado. Su protagonismo de los últimos diez días sirvió para inclinar la decisión de miles de ciudadanos bonaerenses que estuvieron indefinidos hasta último momento. Hay episodios que las redes sociales, en tiempos de la modernidad, miden mucho mejor que la calle o las encuestas. Su vehemente intercambio del jueves con un periodista del programa de TV “Intratables”, por el canal América, tuvo más de un millón y medio de visitas. En un puñado de días. A ella podría adjudicarse, además, el repunte en lugares inhóspitos del Conurbano. En La Matanza Cambiemos sumó alrededor de 10 puntos más que la elección del 2015. La gobernadora, en la intimidad, adjudica también ese progreso al trabajo territorial de Alejandro Finocchiaro, su ex ministro. Actual reemplazante de Bullrich en la cartera nacional de Educación.

La tercera artífice fue Elisa Carrió. En la Ciudad hizo una votación récord que le permitió al Gobierno superar su propio desafío: no demostrar que fue la agrupación política más votada en el país, casi una obviedad, sino llegar a superar bien el 34% que Macri arañó en octubre del 2015, cuando forzó al balotaje a Scioli. La diputada encontró terreno fértil en la valoración social sobre la gestión de Horacio Rodríguez Larreta. Algunos de sus emprendimientos pueden ser cuestionados. Pero zamarrearon bastante el envejecimiento y abandono de la geografía porteña.

Carrió demostró además la generosidad que le faltó otras veces. Pese a la disidencia inicial con Vidal, que prefirió que no fuera candidata a senadora en Buenos Aires, se sumó a la campaña en Provincia. Recorrió ciudades clave del interior. Más que barrios porteños. Sabía que su aporte en Buenos Aires podía servir para una carambola: la derrota de Cristina, el afianzamiento de Vidal y la seguridad de un horizonte para el gobierno de Macri.

La victoria de Cambiemos debe aún ratificarse. Pero puede llegar fortalecido a octubre. No se trata de un detalle menor si se considera que el éxito global y, sobre todo en Buenos Aires, se produjo en contra de la mayoría de los pronósticos. Por una razón: la realidad social y económica es magra. Podría ser el primer gobierno que gana una elección de medio término sin favorecer los bolsillos populares. Hasta los Kirchner supieron sobre eso: perdieron en el 2009, luego del conflicto con el campo, y en el 2013, cuando irrumpió Massa.

Esta excepción pudo haber contado con otro condimento. Una mayoría de la sociedad se expresó por frenar la posibilidad de cualquier intento del retorno al pasado. Eso no implicaría sólo las causas de corrupción que acechan a Cristina y a decenas de ex funcionarios de la “década ganada”.

Castigaría complicidades donde no las puede haber: el kirchnerismo defiende al régimen venezolano de Nicolás Maduro que, en pocas semanas, acumula cerca de 150 muertos. Pero a la vez se escandaliza por la desaparición del artesano Santiago Maldonado, ocurrida en Chubut. Tanta hipocresía tiene finalmente su precio. Aunque el Gobierno tenga la obligación irrenunciable de aclarar aquel episodio.

El kirchnerismo le hizo el juego a la polarización de Cambiemos. Tampoco podía ser de otro modo porque el extremo sectarismo forma parte de la esencia de Cristina. Sus estrategias de campaña parecen haberse agotado. Pocos creen ya en sus disfraces de humildad y comprensión. Macri tendría que reparar, a propósito, en otra cosa. Más del 45% de la sociedad no votó en sintonía con la idea de mantener la grieta. Esas representaciones políticas diversas poseen un valor si el Presidente desea continuar gobernando el par de años que le resta con una base de apoyo más amplia. Imprescindible, tal vez, para afrontar en el 2018 los serios problemas estructurales que mantiene la Argentina.

Esos problemas son de toda índole. En mayor medida económicos. Los ha venido sorteando o postergando por motivos, en parte, atendibles. Recibió una herencia desastrosa. Gobierna con clara minoría en Diputados y el Senado. Cambiemos no ha logrado evolucionar de herramienta electoral a mecanismo de gestión.

Si revisara sus papeles y reorientara algún rumbo, Macri podría empezar a soñar, quizás, con transformarse en más que un mandatario de transición. Y en no ser sólo el primero en la historia democrática del no peronismo en completar su ciclo como se debe. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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