Martes, 22 Agosto 2017 00:00

Avanza en el país una rebelión antipopulista - Por Fernando Iglesias

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El gran derrotado de las PASO no fue el peronismo, sino el populismo enquistado en la política argentina

 

Un fantasma recorre la Argentina. Es el fantasma de la rebelión antipopulista. Cuando el viento barra la hojarasca de última hora y quienes saquearon el país renuncien al ridículo de denunciar un fraude electoral inexistente, el saldo de las PASO 2017 quedará escrito en la historia: la rebelión antipopulista sigue avanzando hacia la liquidación del medievo en que los argentinos hemos vivido cincuenta años, cuando la última Argentina moderna y razonable fue derrocada junto a Illia por el Partido Militar, con el apoyo de los sindicatos y Perón.

El saldo para el kirchnerismo es catastrófico: pérdida rotunda -acaso, definitiva- de su carácter nacional; menos votos que Aníbal; desplome en el feudo santacruceño, y papelón insuperable a las cuatro de la mañana. Al resto del peronismo no le fue mejor: derrotas epocales del feudalismo ilustrado de los Verna y los Rodríguez Saá, fracaso de todos sus referentes presidenciables y retroceso general en los bastiones donde la dependencia del empleo estatal y los punteros sustentan aún a los creadores de la fábrica de pobres; desde el Norte feudalizado hasta el sometido conurbano, donde el Partido Justicialista empeoró su peor performance, de dos años atrás. Que el Pejota bonaerense responsable de la destitución de dos presidentes constitucionales haya quedado reducido a menos del 6% del electorado denota un punto de inflexión. O el peronismo se transforma de verdad en un partido republicano con dirigentes nuevos e ideas renovadas o deja de ser alternativa de poder. Cualquiera de estas opciones es una excelente noticia para la República.

Pero focalizarse en el peronismo es reductivo: el gran derrotado del domingo, el que si se repiten los resultados dentro de dos meses será desterrado del rol hegemónico que ha desempeñado en la política nacional desde hace medio siglo, no es el peronismo, sino el populismo en general. Así lo demuestra la pésima performance de quienes -Massa, Lousteau, Stolbizer, los herederos de los Sapag, Schiaretti y el socialismo santafecino- proponen un populismo de buenos modales; una renovación del modelo estatista-proteccionista-industrialista-mercadointernista con menos autoritarismo y corrupción. Otro factor de desmembramiento del populismo es tanto o más potente que el anterior: a pesar de que el segundo semestre se demoró más de un año, Cristina fracasó en el conurbano bonaerense, obteniendo menos votos que Aníbal en 2015 en el distrito que durante 2016 sufrió las peores consecuencias de la salida del default, del cepo cambiario y del Modelo de Acumulación de Matriz Diversificada con Inclusión Social, que dejó a millones de bonaerenses haciendo sus necesidades en pozos y cargando baldes para poder lavarse y cocinar. A su vez, Cambiemos mejoró en la primera y la tercera sección, con aumentos de más del 2% en La Matanza, Lanús, Lomas, Merlo, Morón, Ituzaingó, Moreno, San Fernando y José C. Paz; más del 4% en Tigre, Hurlingham y Florencio Varela, y más del 8% en Malvinas y San Miguel. Es ésta la gran derrota, la decisiva, del populismo y su subestimación de los pobres: quienes en 2015 dejaron a un tercio de los argentinos en la pobreza y en 2017 usaron su miseria como único argumento de campaña acaban de descubrir que los pobres, como todos, no votan solamente con el bolsillo. Que les importa que la gobernadora se haya metido con las mafias policiales, que la ministra de Seguridad haya allanado La Salada, que sus hijos tengan agua potable y cloacas, y que los gobierne un gobierno y no la mafia.

Es la última fase, la más difícil dada la condición frágil y dependiente de su sujeto político, de la rebelión antipopulista que recorre el territorio nacional. Las victorias en Córdoba, Mendoza, Neuquén, Entre Ríos, Corrientes, San Luis, La Pampa, Capital Federal y el empate virtual en Santa Fe señalan que la mancha central del mapa electoral de la Argentina se agranda con cada acto eleccionario. Contenía sólo a Mendoza y la Capital en las PASO 2015. Forman parte de ella hoy unos diez distritos provinciales que, sumados a Santa Cruz y Jujuy, reúnen la mitad de las provincias. Se trata de la Argentina que, con sus errores y defectos, se ha incorporado exitosamente a un siglo XXI determinado por la sociedad global del conocimiento y de la información. Es la Argentina viable del centro del país; la del campo, las industrias avanzadas, la producción de servicios, las clases medias urbanas y rurales, los medios de comunicación. Es la Argentina productiva que persiguieron los Kirchner con ese exacto instinto que les permitió entender que la perpetuación del poder populista exigía ponerlos de rodillas. Es la Argentina que concentra más de la mitad de la población y dos tercios del PBI nacional, la que después de medio siglo de fracasos parece haber encontrado en Cambiemos una dirección política a la altura de las circunstancias. Es también la Argentina que con su sacrificio impositivo sostiene al resto del país. Pero es una Argentina que no ha vuelto a entrar en la historia con deseos de venganza ni voluntad de persecución, sino con la aspiración generosa de rescatar a sus compatriotas de la opresión y la miseria, extendiendo su desarrollo a todo el territorio nacional y ayudando a alcanzar sus niveles de vida a todos los argentinos. Allí están el Plan Belgrano, el Plan del Agua, la Revolución de los Aviones y el programa de obras públicas más ambicioso de la historia nacional para probarlo. Y allí está también la línea deslumbrante del Metrobus penetrando en la noche de La Matanza, que es su emblema mejor.

Fue un amistoso, no un partido completo ni un primer tiempo. Se recomienza mañana, cero a cero. Pero, suceda lo que suceda en octubre, no se puede entender lo sucedido en estas PASO sin comprender la rebelión antipopulista que se extiende por la Argentina. Paso a Paso. Elección tras elección. Cambiemos no es su inventor, sino su herramienta; como lo fueron otros en otras elecciones victoriosas y se creyeron los protagonistas, y así les fue. La rebelión tuvo su episodio fundacional en 2008 con la lucha del campo por su subsistencia como sector productivo independiente del Estado. Tuvo su 17 de octubre en 2012 con las marchas contra el plan Cristina Eterna y el proyecto de reformar la Constitución que produjeron las mayores movilizaciones de la historia de este país. Tuvo su apogeo en la Marcha de los Paraguas que a inicios de 2015 desbordó las calles pidiendo justicia para Nisman. Se expresó en los resultados electorales que pusieron en el gobierno a Cambiemos. Y se prolongó en dos episodios que acabaron con el programa destituyente del Club del Helicóptero: la contundente movilización del 1° de abril de 2017, que convirtió el marzo de fuego pergeñado por el populismo en un cajón de Herminio, y las recientes PASO, cuyo resultado repetido en octubre significará el fin de la maldición que reina sobre la Argentina desde 1928, año en que el último presidente civil no peronista logró completar su mandato constitucional. De ese octubre victorioso, soñado, puede emanar un veredicto republicano inapelable: la derrota definitiva de la hegemonía populista; la seguridad de que a este país, y para siempre, todos los partidos lo pueden gobernar.  

Fernando Iglesias
Foto: Eulogia Meale

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