Miércoles, 23 Agosto 2017 00:00

Paso en falso que agradece Macri - Por Eduardo van der Kooy

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La Confederación General del Trabajo (CGT) volvió a dar otro paso político en falso.

 

La movilización de ayer para reclamar por la situación económico-social pudo servir para certificarlo: compuso una fotografía general, a nueve días de realizadas las PASO y a dos meses exactos de las legislativas de octubre, que el gobierno de Mauricio Macri no hubiera hecho mejor. Sobre todo, en su afán de remitir siempre al pasado para afianzar el presente.

La Ciudad quedó colapsada por la infernal maquinaria a la cual apelaron los dirigentes sindicales para asegurar la concurrencia. Se reiteraron además incidentes con piedras y botellas como aquellos de marzo. Esta vez, protagonizados sólo por militantes del gremio de los camioneros, de Hugo y Pablo Moyano. Paradoja: eran los responsables de garantizar la seguridad. Por esa razón se anticipó el acto una hora y detonó otro absurdo: se observaron columnas que llegaban a Plaza de Mayo cuando otras ya salían. Todo había concluido. El broche correspondió a Juan Carlos Schmid, uno de los miembros del trío cegetista, convertido en el único orador. Anunció que el 25 de septiembre será analizado un plan de lucha y la posibilidad de un paro general. Quedó mal a dos bandas: muchos gremios importantes (UOM, Mercantiles, UPCN, UOCRA) no avalan una medida extrema. Ni siquiera estuvieron previamente al tanto de la novedad que lanzó Schmid. Los sectores radicalizados (las dos CTA, los movimientos piqueteros y la izquierda) tampoco lograron ser contenidos. Opinaron que estirar una decisión hasta fines del próximo mes sólo denotaría la escasa vocación sindical por apremiar a Macri.

La revelación de Schmid colocó a la CGT ante una encrucijada. También a buena parte del arco político opositor. Concretar una huelga en medio de la campaña electoral sería como un plato servido al Gobierno en bandeja de plata. No hacerlo resultaría funcional a las CTA, del kirchnerista Hugo Yasky y de Pablo Micheli, y a los movimientos sociales. Se verá cómo el sindicalismo se las arregla para salir de esa trampa.

Tanto desenfoque podría ser explicado a partir de la crisis interna que atraviesa la central obrera. Tuvo reflejo nítido también en el acto de ayer. Los gremios de Héctor Daer, Carlos Acuña y Schmid, secretarios cegetistas, movilizaron cada uno por su cuenta. El jefe de Sanidad no quiso estar en el palco. El que quería, pero no lo dejaron, fue Yasky, el docente K. Varios ni siquiera se acercaron al palco de la Plaza. Antonio Caló (UOM) y Gerardo Martínez (UOCRA), entre otros. Los camioneros fueron, por robo, los que más aportaron a la movilización.

La fotografía del sindicalismo clásico contó con una compañía incómoda. El kirchnerismo fue la fuerza política que tuvo mayor presencia. Estuvieron Jorge Taiana, candidato a senador en Buenos Aires secundando a Cristina Fernández, Axel Kicillof, Héctor y Mariano Recalde, postulante a legislador porteño. Leopoldo Moreau no es candidato pero se ha transformado en nuevo portavoz de la ex presidenta. También merodeó la Plaza. El ex dirigente radical sería algo más que un simple comunicador. Constituye un enlace, por razones familiares, con Agustín Rossi, el ex ministro kirchnerista que ganó por un suspiro las PASO en Santa Fe. Ese es el engranaje del sistema K más preciado por Cristina.

El problema para la CGT sería el eje de campaña que podría articular Cambiemos. Ligar a la vieja corporación sindical con el kirchnerismo, a la luz de la tendencia de las PASO, podría representar una ecuación redituable. Difícilmente Jaime Durán Barba y Marcos Peña, el jefe de Gabinete, no se tienten con tal menú. En especial, teniendo en cuenta un precedente. La larga pulseada de María Eugenia Vidal con el titular de SUTEBA, Roberto Baradel. La gobernadora bonaerense terminó dando con su participación en el tramo final de la campaña un envión decisivo a la lista de Esteban Bullrich y Gladys González.

Los sindicalistas parecen trasuntar una incomprensión parecida a la que embarga al kirchnerismo. No terminan de compaginar lo que sucedió el 13 de agosto. Sobre todo en los sectores empobrecidos del Gran Buenos Aires. Donde se presumía que el ajuste salarial y el aumento de las tarifas iban a tener un efecto devastador para el Gobierno. La constatación en el conurbano no pareció dejar tales evidencias. Comparando las últimas PASO con las elecciones de octubre del 2015 para presidente, que forzaron el balotaje, la coalición oficialista sólo perdió votos en Avellaneda. Unidad Ciudadana sólo aumentó su caudal en Malvinas Argentinas. En el cómputo global de la zona, Cambiemos perdió 18.500 votos y el kirchnerismo casi 282.000.

La agenda de reclamos que presentó la CGT en la Plaza tampoco sonó acorde la excepcionalidad de la movilización o la amenaza de un paro próximo. Hablar sobre desempleo o desamparo de los jubilados suena desde hace décadas a lugar común y verdad en la Argentina. También durante la “década ganada”. Aunque en ese tiempo las voces sindicales resultaron morosas. Jorge Triaca se encargó ayer de desempolvar un recuerdo. Cuando Aníbal Fernández, entonces jefe de Gabinete, disparó que en Alemania había más desocupados que en nuestro país. “Fue curioso no escuchar un retruque de nadie”, afirmó el ministro de Trabajo en referencia a los gremialistas.

En un plano similar, el titular de la ANSES, Emilio Basavilbaso, repasó la actualidad de los jubilados. Dijo que en ocho meses 1.100.000 jubilados ya fueron comprendidos por la reparación histórica. Lejos está de significar una panacea. Pero se asemejaría cuando se lo contrasta con la foto kirchnerista. El gobierno de Cristina abonó sólo 40 mil juicios por reajustes de haberes y dejó apelados todos los demás. Utilizó esos fondos para objetivos políticos más provechosos.

Schmid también planteó el rechazo a cualquier reforma laboral o previsional y a la defensa del modelo sindical y las convenciones colectivas de trabajo. Queda la duda acerca de a qué modelo sindical se refirió. El exhibido ayer, quizás, no constituye la mejor muestra. Sobre las paritarias no existe ninguna duda. Los ajustes salariales de este año se hicieron sobre esa base. En algunos casos, obviando la posibilidad de salidas expeditivas. Vidal se negó a firmar por decreto el aumento a los docentes bonaerenses y demoró medio año en saldar las diferencias salariales.

Las prevenciones sobre las hipotéticas reformas laborales y previsionales también parecen sobredimensionadas. El gobierno de Macri, más allá de lo que suceda en octubre, continuará siendo minoría en Diputados y el Senado. Podrá mejor su situación. Pero no cambiar la relación de fuerzas. No habría tales reformas sin un obligado consenso.

El jefe de la Asociación Bancaria, Sergio Palazzo, advirtió sobre la idea de copiar la reforma laboral brasileña. Esa legislación surgió de la crisis del gobierno de Michel Temer para intentar sacar del estancamiento a la economía. Mezcla progresos interesantes (la reglamentación del trabajo desde el hogar, llamado home working) con otras flexibilizaciones inaceptables. Por caso, las condiciones laborales para la mujer embarazada.

Palazzo, integrante del Movimiento de Acción Sindical Argentino, paralelo a la CGT, apuntaló los reclamos de Schmid esgrimiendo una lectura de las PASO que anticipó el kirchnerismo. Aquella que señala que dos tercios de los argentinos no votaron por el Gobierno. Tan cierto como simplificador, tratándose de una elección legislativa.

Está claro que el sindicalismo –el arco opositor también-- pensaron en unas PASO que no sucedieron. Macri no sólo no tuvo una debacle: reunió la primera minoría. Con dos puntos porcentuales nacionales por encima del 2015. El Presidente trasunta esa realidad: habló del acto de Plaza de Mayo como una pérdida de tiempo. La CGT, en cambio, continúa confundida. 

Eduardo van der Kooy

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