Domingo, 27 Agosto 2017 00:00

El plan para vencer a Cristina - Por Eduardo van der Kooy

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El Gobierno calcula que Cristina Fernández quedará entre 0.5% y 1% por encima de Esteban Bullrich cuando concluya el escrutinio definitivo en Buenos Aires. Esa desventaja podría convertirse en ventaja, según el análisis paradojal que se realiza en Cambiemos.

 

Argumentan dos razones: activaría de nuevo el rechazo que la figura de la ex presidenta despierta en vastos sectores de la sociedad; impediría cualquier relajación en el oficialismo que recibió con alivio y sorpresa el desenlace de las internas. Aquel fenómeno sería posible, además, por la lógica distorsiva de las PASO. Funcionan en la práctica como la segunda vuelta de una elección general.

Mauricio Macri y María Eugenia Vidal concordaron un plan durante la cena que compartieron días pasados en el sur. Se vienen cuatro semanas, para ambos, de pura gestión. Ninguno se propone aparecer junto a los candidatos. Después volverá a mecharse la campaña. Llegado ese momento, no cabrán las improvisaciones. Porque el margen de maniobra para vencer a Cristina en Buenos Aires tampoco asoma extremadamente generoso. Cambiemos y el Frente de Unidad Ciudadana han cosechado el 70% de los votos. Existe un tercio que las dos fuerzas buscarán capturar. Nadie imagina un crecimiento en octubre que pueda estirarse más allá de los 5 puntos.

El plan maestro de la coalición oficialista contempla cuatro puntos cruciales en el principal distrito electoral. El primero de ellos consiste en aumentar la participación electoral respecto del 13 de agosto. En Buenos Aires orilló el 77%. En las provincias donde se registró mayor asistencia a Cambiemos le fue mejor. Fueron, entre otros, los casos de Neuquén, San Luis, Mendoza y La Pampa. La segunda meta apunta a trabajar sobre el 15% que han retenido Sergio Massa y Margarita Stolbizer. En tercer término, se intentará potenciar el voto en el interior bonaerense. Allí estuvo el secreto de la victoria de Vidal y la coronación de Macri como presidente en el balotaje. Por último, el Gobierno se propone un experimento: propiciar un quiebre del voto kirchnerista. Sobre todo, en los 69 municipios que Cambiemos administra en Buenos Aires. Sería otro síntoma de contagio peronista: hacer valer el peso del Estado, de la clásica maquinaria.

En la provincia hay aproximadamente 3.000.000 de personas que no votaron en agosto y podrían hacerlo en octubre. Pero aquella abundancia no debiera encandilar. Si se repitieran los índices de concurrencia del 2015 (alrededor del 81%) no habría disponibles mucho más de 450 mil sufragios. Cinco puntos de crecimiento potencial. Donde Cambiemos y Cristina, quizás, no influyan de modo similar: ¿alguien supone que una porción importante de kirchneristas no haya asistido en agosto por imposibilidad o indolencia?

Cambiemos posee certeza que eso ocurrió en contra de su suerte en el interior de Buenos Aires. Tal vez responda a cierto elector desencantado. Es el que se propone recuperar para octubre. Hubo en ese sentido constancias llamativas. En Tandil el Gobierno obtuvo un 1.23% menos que en el 2015. Se trata de la tierra natal de Macri. En General Pueyrredón (incluye Mar del Plata) tal descenso alcanzó el 0.09%.

Vidal tendrá mucha presencia en esos distritos. También en el conurbano duro. No hacerle asco, por ejemplo, a La Matanza, donde Cristina hizo una gran diferencia –aunque menos de la esperada-- que la colocó en la disputa contra Bullrich. La gobernadora, en aquella comida distendida, también coincidió con el Presidente en otro asunto: Cambiemos deberá hacer prevalecer su condición de gobierno nacional y provincial al mismo tiempo. Que tiene además el complemento y la vidriera que representa la Ciudad.

Cambiemos convive en ese terreno con un incordio. Vidal posee en Buenos Aires una ponderación popular bien encima de la de Macri. Esos valores deben encogerse en este par de meses para apuntalar la victoria deseada. La gobernadora juega con su imagen angelada. El Presidente carece de semejante virtud. Que podría compensar, a lo mejor, con decisiones de gestión. La semana pasada arrancó en Buenos Aires un seguimiento diario de la evolución de la figura presidencial. Sucedió después de la confrontación que acentuó con el sindicalismo. El ejercicio de la autoridad combinado con cierta audacia, podrían formar parte también del menú para activar al electorado desganado.

La Confederación General del Trabajo tendió a Macri una alfombra para que tradujera en hechos el espaldarazo que recibió en las PASO. La movilización del martes último resultó en todo sentido inexplicable. La oportunidad, el escenario y el mensaje. El Gobierno recién estrenaba su triunfo. La calle volvió a cubrirse con la foto de la vieja prepotencia gremial. El titular de la CGT, Juan Carlos Schmid, comunicó un plan de lucha que sería considerado en septiembre. Con la posibilidad incluso del llamado a una huelga. ¿En medio de la campaña?. Dirigentes de sindicatos importantes (UOM, UOCRA, UPCN, Sanidad) expresaron enseguida el desacuerdo. Habrá que ver cómo y a qué costo la central obrera enrolla ahora esa cuerda.

El Presidente aprovechó ese mal calculado atrevimiento y barrió las referencias sindicales en el gabinete. Nunca lo hubiera hecho sin aquel convite previo. Tampoco si las PASO no hubieran dado la sorpresa general que dieron. Corrió a Luis Scervino del manejo de la caja de las obras sociales sindicales. Se trata de un hombre ligado al titular de Obras Sanitarias, José Omar Lingieri. Su tarea había resultado elogiada salvo, en el último tiempo, por una cuestión. Empezó a funcionar el Observatorio de Precios para la compra de medicamentos que realizan las obras sociales de los gremios. Se detectaron brechas de un 30% a un 40% entre los valores del mercado y los que abonaban los distintos sindicatos. Al parecer, Scervino no fue expeditivo para indagar qué ocurría.

En su lugar fue designado Sebastián Taricco. Un técnico que inició su carrera en el PAMI, cuando estuvo a cargo de Graciela Ocaña. Pero que enhebró una excelente relación con Jorge Triaca. El ministro de Trabajo, antes que se consumara el relevo, hizo una consulta con la candidata a diputada bonaerense de Cambiemos.

La salida del viceministro de Trabajo, Ezequiel Sabor, contó con otros componentes. Se lo ligó a Hugo Moyano y Luis Barrionuevo. También al ministro Francisco Cabrera. Demasiados hilos. Lo cierto fue que el Presidente prefirió despejarle el paisaje a Triaca. Pretende que el ministro adquiera un papel relevante en el tiempo que viene. Donde estará replanteada la relación estratégica con la CGT y se inaugurará el debate por la reforma laboral. Triaca parece haber dado un salto en un gabinete horizontal.

Aquel desconcierto cegetista coincide con el que impera también a en la oposición por el saldo de las PASO. Sobre todo, en el segmento kirchnerista. Allí no terminan de entender por qué motivo el ajuste económico y el impacto de las tarifas no terminaron derrumbando a Macri. Puede que aquellas consecuencias sociales, que existen, hayan resultado sobredimensionadas por la necesidad política.

Para no estar ausente en el teatro, la oposición empezó a virar ahora su mensaje. Cristina se encargó de irrumpir por la desaparición de Santiago Maldonado, el artesano que fue visto por última vez el primer día de agosto en Esquel. La ex presidenta había invocado su nombre la noche de las PASO. Ahora cargó por el episodio contra Patricia Bullrich, la ministro de Seguridad.

El capítulo está cargado de un tinte político y una hostilidad sugerentes. Hay registrados, a propósito, 30 incidentes en el país. También en sedes diplomáticas argentinas en Bolivia y Perú. El albañil Julio Jorge López desapareció en Buenos Aires en 2006. Nunca más se supo nada sobre él. Era testigo en el juicio al ex comisario represor Miguel Echecolatz. Se vinculó su tragedia con esa causa. En 2003 había corrido la misma suerte, en Comodoro Rivadavia, Iván Torres Millacura, un joven chileno de 23 años. Intervino la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Después de 13 años resultaron condenados dos policías –otros 12 absueltos-- acusados por la “desaparición forzada”. Ni en el caso de López ni en el de Torres Millacura se planteó una batalla política.

El kirchnerismo, la izquierda y organizaciones de derechos humanos tienen apremiado al Gobierno. Pretenderían que se declare culpable por la desaparición. Para darle realismo al latiguillo fantasioso que vincula a Macri con la dictadura. Al Gobierno le cabe, sin ninguna duda, la responsabilidad política de Estado. Una testigo dijo que el artesano habría sido detenido y quizás baleado por Gendarmería. Aunque pareció no reconocer a Maldonado. En aquella fuerza de seguridad se realizaron 40 sumarios administrativos. No pudo recogerse una sola pista ni contradicción.

El malestar escaló hasta un punto tal que un encuentro entre Bullrich y Germán Garavano, el ministro de Justicia, con los organismos de DD.HH., derivó en bochorno. Los diálogos entre las partes fueron grabados clandestinamente y difundidos por los organismos en una radio. Al final, medió un gesto conciliador de Estela Carlotto, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo. En esa reunión, que debió ser cumbre, aparecieron además entidades de representación parcial. Como la APDH de La Matanza. La misma que manifiesta su defensa pública de la Procuradora General, Alejandra Gils Carbó.

Ese cuadro, tal vez, ilustre mejor que las elecciones la polarización argentina que subsiste. 

Eduardo van der Kooy

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Fundado el 4 de agosto de 2003

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